Hay una cosa que pasa en las parejas: el deseo sexual no siempre va sincronizado.
Más testimonios hot en whatsapp, pincha aquí, es gratis y totalmente privado
Es como el WiFi de casa. A veces funciona perfecto y otras veces uno está en cinco rayitas y el otro en “sin conexión”.
En mi casa, por ejemplo, mi novio tiene siempre cobertura total y yo tengo días de modo avión.
No porque no me guste él, ojo. Pero hay una pequeña diferencia logística entre nuestras vidas: yo llego a casa después de un día de trabajo infernal, con la cabeza llena de correos, reuniones, listas mentales y la sensación de haber sobrevivido a tres guerras administrativas.
Él llega cansado también, sí. Pero curiosamente su libido llega fresca como una lechuga.
Entonces empieza el ritual: Estamos en el sofá, viendo cualquier cosa en Netflix, y él me mira con esa cara que ya conozco.
La cara de: Cariño… ¿Me das una chupadita?
Y claro. Aquí es donde yo tengo que hacer una reflexión importante. Porque una cosa es el deseo… y otra cosa es la logística de la higiene.
Cariño mío. Amor de mi vida. Compañero de hipoteca. No puedes sugerir alegremente que alguien te chupe el mendrugo si huele a marisco gallego.

No funciona así. Claro luego llegan las quejas a cuenta de que «ya no se la chupo»
Hay unas condiciones mínimas de consumo: Es que a veces parece que algunos hombres piensan que el pirulo es como una barrita energética: lo sacas del envoltorio y listo.
Pero no: Hay una pequeña cosa llamada ducha, otra cosa llamada jabón. Y un concepto revolucionario llamado empatía nasal.
Porque además hay un fenómeno sociológico fascinante: hombres y mujeres tenemos percepciones muy diferentes sobre la higiene corporal.
A nosotras, desde pequeñas, nos han educado para estar perfectas: Depiladas, olor a vainilla, pelo limpio, piel suave y el aliento digno de anuncio de pasta de dientes.
Mientras tanto, algunos hombres viven en una realidad paralela donde parece perfectamente aceptable presentarse al encuentro romántico con:
Pelusas en el ombligo, pies con aroma a camembert madurado y más carácter en el aroma de su paquete que en el de su personalidad.
Entonces no, cariño. No es que yo no quiera: Es que la propuesta, tal y como viene presentada, es muy poco gastronómica.
Porque una cosa es la pasión… y otra muy distinta es enfrentarse a un pichorro que parece haber desarrollado vida propia.
Así que la moraleja es sencilla: Si tu mujer ya no te la chupa, prueba a meterte en la ducha.