Víctor no era el típico tío al que se le ven las intenciones de lejos; desde que le conocí y antes de empezar a salir con él, yo le tenía por un chico formal, serio, un buen tío en el que se podía confiar en todos los sentidos. Pero vaya si me equivoqué con él. Nunca pensé que sería de los que van por la vida cogiéndote de la mano con dulzura mientras que con la otra le tira la caña a todo lo que se mueve esperando que algo pique.
Le conocía de toda la vida, él y mi hermano mayor siempre han sido amigos y Víctor se pasaba más tiempo en mi casa que en la suya; se podría decir que mi madre le aguantó más que la suya, porque el pobre siempre estaba solo y mi familia le tenía bajo su ala. Por supuesto, desde que era una cría, estaba enamoradísima de él y me ponía roja como un tomate cada vez que me gastaba alguna broma o me llamaba “enana” con cariño.
Los años fueron pasando y la niña pequeña que fui pasó a convertirse en una chica de diecinueve. Víctor ya era un tío hecho y derecho y, por suerte para mí, todavía seguía viniendo por casa. Por aquel entonces, ya me daba cuenta de que me miraba con otros ojos, que para él ya no era un bebé y que cada vez que venía a mi casa se tiraba más tiempo hablando conmigo que con mi hermano.
Era innegable que había cierta tensión entre los dos, que terminó por hacerse evidente del todo una noche que, volviendo con mis amigas de fiesta, nos encontramos con él y me acompañó a casa. Nada más quedarnos solos, en la oscuridad de mi portal, Víctor y yo nos enrollamos.
No hace falta que diga que a mi hermano no le hizo ninguna gracia que su mejor amigo se hubiera liado con su hermana pequeña. Sin embargo, cuando vio que seguíamos juntos y que no nos importaban las consecuencias, se dio cuenta de que aquello no era un simple polvo, sino que ahí había algo más. Con la bendición de mi hermano, todo fue mucho mejor y cuando quisimos darnos cuenta, ya había pasado casi un año.
Por la diferencia de edad de casi siete años, él tenía amistades y círculos distintos. Mientras yo empezaba en la universidad, él ya tenía un trabajo estable. Por eso, cuando me decía que tenía comidas de trabajo o reuniones, no me pareció raro en absoluto. Hasta que un día, estando en su casa, se dejó el móvil en el salón mientras se duchaba y aparecieron varios mensajes en la pantalla.
Eran de una chica y decían que se excitaba sólo de pensar en lo que habían hecho la noche anterior y que se moría de ganas de repetir. En ese momento se me paró el corazón. Cuando salió de la ducha, corrió a por su teléfono, pero ya era tarde. Le dije que sabía que estaba con otra. Lo negó, diciendo que sólo habían sido “tres o cuatro besos” y que estaba borracho. Me fui hecha un mar de lágrimas.
Dejé a Víctor e ignoré todas sus llamadas durante meses. Mi hermano nunca supo que su mejor amigo me había sido infiel. Pero, después de insistir y pedirme perdón mil veces, jurando que no volvería a hablar con ninguna otra, le perdoné y volvimos.
Como suele suceder, me volví celosa y paranoica. Todas las chicas de su entorno me parecían una amenaza. Y aunque él me reprochaba que no lo hubiera superado, yo empezaba a sentirme culpable.
Hasta que una madrugada recibí un mensaje de una chica desconocida. Me dijo que era amiga de otra con la que Víctor llevaba liándose dos meses y que se reían de mí porque yo no me daba cuenta. Me envió capturas de pantalla con conversaciones en las que él me llamaba “la tonta de su novia” mientras presumía de follar con la otra por toda la ciudad.
Aquello me destrozó. Llamé a Víctor, le leí parte de las conversaciones y le dije que no quería volver a verle nunca más. Esta vez mi hermano sí se enteró y, aunque costó que no le partiera la cara, rompieron su amistad.
Me costó muchísimo olvidarle, porque había estado presente en mi vida desde siempre. Pero al final, entendí que había que cerrar esa puerta para poder empezar de nuevo.
Escrito por Mar Martín basado en un testimonio real.
