Llevábamos juntos aproximadamente cuatro años cuando mi novio me hizo la petición que menos me esperaba: quería que ese año le regalase por su cumpleaños la oportunidad de hacer un trío.

Después del shock inicial, le dije que me dejase pensármelo. Es cierto que siempre nos hemos confesado nuestras fantasías y hemos puesto en práctica todas las que hemos podido. Y ya sabía que una de las suyas era hacer un trío con dos mujeres, cosa que, en principio, no entraba dentro de las mías. Siendo sincera, imaginarme teniendo que atender a las necesidades de dos personas a la vez en la cama me abrumaba un poco, directamente no me veía capaz de desenvolverme correctamente. Pero, tras mucho meditarlo, al final decidí concederle su deseo y lanzarme a la piscina, aunque, para no engañaros, con ciertas reticencias y un poquito de miedo.

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Así que nos descargamos una app de citas y comenzamos con la búsqueda. El trato era que nos pareciese atractiva a los dos y que antes quedásemos con ella para conocerla un poco y confirmar que a ambos nos apetecía seguir adelante con el plan.

Así conocimos a Claudia. Era una chica divertida y que buscaba experiencias nuevas después de haber estado encerrada en una relación tóxica durante mucho tiempo. Me pareció atractiva al instante. Toda ella era sensualidad, parecía casi sobrehumano ese halo sexual que la envolvía, os lo juro. Habíamos quedado para un café, pero estábamos los tres tan a gusto que cuando nos dimos cuenta era la hora de la cena. Se notaba a leguas que había química y tensión sexual entre los tres. Así que pusimos día y hora para nuestro «menage a trois».

Estaba nerviosísima y la sombra de la duda se asomaba por debajo de la puerta. ¿Y si me superaba la situación? ¿O si no soportaba verle con otra mujer? Intentando apartar estos pensamientos, quité la etiqueta a un conjunto lencero negro que me había comprado para la ocasión y me lo puse bajo un ligero vestido con transparencias. Me miré al espejo y me sentí tan poderosamente sexy que conseguí relajarme y abrir un poco la mente a lo que iba a pasar.

Ella llegó justo a la hora acordada. Le abrimos la puerta y la hicimos pasar al salón. Abrí una botella de vino y charlamos un poco mientras bebíamos para relajar el ambiente. Aunque a ella no se la veía nada nerviosa. Su forma de mirarnos era tan intimidante como seductora, y me di cuenta de que no podía apartar los ojos de su boca cuando hablaba. Y en una de esas veces en que miraba con deseo sus labios, ella se me acercó y me besó. Una oleada de adrenalina sacudió mi cuerpo cuando su lengua húmeda se abrió paso entre mis labios, y todas las inseguridades que había sentido hasta entonces se fueron de golpe. Me abandoné a sus cálidos labios y me dejé llevar por sus manos, que recorrían mi cuerpo haciéndome estremecer. Mi novio nos miraba sonriendo, y pude ver a través de su pantalón lo excitado que estaba. Ella le agarro de la camisa para atraerlo hacia nosotras y le besó sensualmente mientras me miraba a los ojos. Y en lugar de sentir celos, eso me hizo volverme loca de deseo. Quería más, más de ella, más de él. Y lo tuve absolutamente todo.

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Cuando acabamos, después de un par de horas de la lujuria más extasiante, ella se vistió, nos dijo que había sido una de las mejores noches de su vida y que si en algún momento queríamos repetir, estaría encantada. Se despidió besándonos a ambos en los labios y salió por la puerta sonriendo con ese aire misterioso y sensual que la caracterizaba.

El mes que viene es mi cumpleaños, y os aseguro qué tengo muy claro lo que voy a querer.

Escrito por Carol M., basado en una experiencia real anónima.