En una carrera de ciencias parecía complicado encontrar gente apasionada de la escritura. Pero estaba completamente equivocada. Nos juntamos un grupo con inquietudes literarias y ganas de compartir lo que escribíamos.

Creamos una revista y yo estaba muy ilusionada.

En paralelo, conocí a un chico con el que fui conectando poco a poco. Le hablé de mis sueños, de querer publicar una novela algún día, de cómo me consideraba una aspirante a escritora. Parecía entenderme. Le dejé algunos relatos y le encantaron. Sin maldad, me dijo que tenían algunas pequeñas erratas y que me podría ayudar a corregirlos.

Así empezó a revisar todo lo que escribía. Detectaba fallos, me recomendaba donde añadir puntos y comas, si veía algo que no quedaba claro me lo decía y siempre me hacía sus comentarios personales sobre lo que le había parecido la historia.

Parecía enamorado de mis relatos y así era, tanto que acabó enamorado de mí y yo de él. Empezamos a salir juntos y sinceramente, no podía ser más bonito todo. Compartíamos clases, comentábamos mis relatos, hablábamos de la vida, de nuestros sueños y de nuestros miedos y nos besábamos con la urgencia de que el mundo se fuera a acabar.

Algunos de mis relatos empezaron a alterarle de más. Le costaba separar realidad y ficción y le agobiaba saber de mis historias pasadas. A veces sus comentarios parecían más interrogatorios que análisis literarios.

Llegó una época de exámenes en la que él estaba especialmente estresado y yo especialmente inspirada para escribir.  No quería enviarle relatos pero necesitaba que alguien los revisara. Se me ocurrió utilizar la Inteligencia Artificial.

Me llevé una gran sorpresa cuando vi que me corregía erratas, errores gramaticales, me sugería tiempos verbales y además me hacía comentarios sobre la calidad de mis textos. Por supuesto, no me juzgaba ni me preguntaba qué había de realidad.

No lo pretendía pero me acabé enganchando a que la IA me ayudara.

Cuando pasaron los exámenes, mi novio me preguntó por mis relatos, que había visto algunos publicados en la revista que él no había corregido.  Le conté la verdad, y que así ya no tendría que molestarle más. Se enfadó, me dijo que le estaba quitando su lugar, que le estaba eliminando de su vida, que qué iba a ser lo siguiente, si me acabaría comprando un vibrador y le dejaría fuera de todo.

No esperaba esa reacción y me dejó sin palabras. Tanto que ni fue capaz de decirle que ya tenía un vibrador y que menuda tontería pensar que eso le quitaba el puesto, al igual que la IA no le iba a sacar de mi vida. En cambio, le abracé y le dije que no se preocupara.

Han pasado las semanas y de vez en cuando me pregunta qué tal va mi relación con la IA, que si ya me he cansado de ella y quiero volver a sus revisiones.

Seguimos juntos y todo parece que va bien pero yo le noto celoso con la IA. Y la verdad, no sé si es motivo para reírme o debería considerarlo una bandera roja.