Llevo muchos años dedicando tiempo al voluntariado. He hecho diferentes cosas que no vienen al caso, pero vengo a hablaros de la realidad de la reinserción.

Hace un par de años estuve un tiempo de voluntaria en una organización que se dedicaba a la acogida y rehabilitación de personas drogodependientes. Desde el principio me llamó la atención la de gente que vivía allí y que a priori, nadie hubiera dicho que eran personas con problemas importantes de adicción. Cada uno tenía su historia de vida, casi todas aterradoras, pues caer en el pozo de las drogas es un pasaporte seguro para sufrir un infierno.

Uno de mis compañeros, un chico doce años mayor que yo, me llamó la atención por la dulzura con la que trataba a los internos y por el discurso tan motivador que tenía.

Hicimos muy buena migas. Un día tomando un café me contó su historia de superación y no pude más que quedarme maravillada de la capacidad de resiliencia que hay que tener para conseguir estar en el punto en el que se encuentra ahora habiendo estado en el mismo infierno.

De muy jovencito cayó en el mundo de las drogas, primero los porros y demás y poco a poco, y rodeándose del círculo de amigos que eran el caldo de cultivo perfecto, llegó a engancharse de una de las drogas más destructivas, aunque todas la sean. Eso unido a un desengaño amoroso, hizo que tirase su vida entera por la borda.

Su familia en un primer momento intentó ayudarlo, pero el desconocimiento de ellos y la falta de interés de él, desembocó en que terminasen tirando la toalla y dándolo por perdido. Él les robaba para poder conseguir su dosis, así que con el tiempo terminaron echándolo de casa, por lo que durante nueve meses vivió en la calle literalmente.

Me contó, llorando, que pedía por las esquinas. Que era un harapiento y que lo único que llevaba con él era una mochila y un par de prendas que conseguía lavar como podía en un centro de acogida. Allí no tenía cama pero sí comía a veces y otras veces se aseaba un poco. Hizo de un cajero su casa, su cama. La gente que lo veía por la calle le temía, lo evitaba, y no era para menos, porque cometió muchos delitos buscando poder comprar droga.

Tocó el fondo más oscuro cuando, tras una sobredosis, lo trajeron al centro donde lo conocí. Tardó mucho tiempo en dejar de ser drogodependiente, pero se propuso estudiar y después comenzó a trabajar. Se convirtió en voluntario del mismo centro que a él le había tendido la mano, para devolver de alguna manera tanto esfuerzo y cariño.

Sigue siendo voluntario y cada día ayuda a personas que se encuentran como él se encontró y os puedo decir que es una de las personas con el corazón más limpio que conozco.

Hoy por hoy somos pareja y me hace muy feliz compartir mi vida con él. Es un hombre nuevo, completo y lleno de sabiduría y agradecimiento.

Me siento tan orgullosa de él que me apetecía compartir su historia.

Anónimo

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