Me quedé embarazada a los treinta y nueve años, cuando ya prácticamente había dado el tema por perdido. Llevábamos más de cuatro años intentándolo. Cuatro años de control hormonal, calendarios marcados, de test que salían siempre negativos, de ilusiones marchitas. Aquello no cuajaba. El tiempo pasaba y simplemente empecé a aceptar que no iba a existir, al menos no de forma natural. Como límite, a los cuarenta empezaríamos a plantearnos la reproducción asistida.

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La falta me llamó la atención porque yo siempre he sido regular en todas mis reglas. Un retraso no entraba en lo normal. Aun así, me hice la prueba como quien cumple un trámite, sin expectativas. Estaba demasiado acostumbrada a ese proceso. Hasta que vi el positivo.

Me hice otro. Esta vez con el corazón latiéndome a mil por horas y un nudo en la garganta. Volvió a salir positivo. Estaba embarazada. Me eché a llorar, emocionada.

Se lo conté a mi pareja, todavía en shock. Su cara fue un espejo de la mía: incredulidad primero, después una risa nerviosa y, finalmente, una alegría que nos desbordó a los dos. No lo esperábamos. Ya casi lo habíamos dado por perdido. Quizá por eso llegó, son muchas las que se quedan embarazadas cuando bajan la guardia y dejan de buscar conscientemente, o eso dicen.

Lo supimos a finales de noviembre y aquello convirtió las navidades en una celebración doble. Todos brindábamos por ese bebé. Nuestros padres, nuestros amigos, compañeros de trabajo. Todo el mundo conocía nuestra historia, los años de espera, las consultas médicas, las ilusiones frustradas, las decepciones. Parecía un pequeño milagro. Nuestro bebé milagro. Pero la calma duró poco.

En una revisión me dijeron que tenía que guardar reposo. Era un embarazo de riesgo. Me dieron la baja inmediatamente y me explicaron que debía minimizar cualquier esfuerzo. Recuerdo haber pensado que, al menos, era funcionaria, lo cual suponía un alivio dentro de lo que cabe. No tendría que pelear por mi puesto como le pasó a mi hermana, que acabó en los tribunales tras un despido improcedente por haber necesitado pedir la baja. Años de papeleo y desgaste, hasta que ganó. Nos venden que esas cosas ya no pasan, pero desde luego que sí que ocurren.

Yo, en cambio, podría centrarme solamente en proteger a mi futuro hijo para que todo fuese bien. Quizá me obsesioné con ello, lo reconozco. Pero es que tenía mucho miedo. Después de tanto tiempo deseando ser madre, ahora que se me brindaba esa oportunidad me decían que si me pasaba de esfuerzo algo podría salir mal, y la simple idea de perderlo me paralizaba. Cualquier molestia me parecía una señal de alarma. Me pasaba el día controlando la tensión, leyendo sobre el tema hasta acabar sobre-informada, evitando movimientos innecesarios. A veces me aburría o me impacientaba, pero me decía a mí misma que todo lo hacía por su futuro y eso me consolaba.

Pero mi pareja empezó a ponérmelo difícil. No llevaba bien que yo no pudiera encargarme de la casa como habitualmente. Decía que ahora todo recaía sobre él mientras que yo me pasaba el día tumbada en casa, que trabajaba fuera y al volver se tenía que encargar de todo. Insistía en que yo podía hacer algunas tareas, aunque fuera despacio. Al principio intenté explicarle mi miedo, las cosas que leía, lo que advertía el ginecólogo. Pero más pronto que tarde empezaron las discusiones. Simplemente, no quería entender.

Empezó a dormir en el sofá algunas noches. A quedarse callado durante días, hablándome solo lo imprescindible, como si yo fuese culpable de mi estado. No entendía que yo tampoco quería estar guardando reposo, que lo hacía por el bien del niño que siempre habíamos deseado. Llegaba cada vez más tarde con la excusa de que había más trabajo. Yo no sabía si creerle, pero lo que sí sabía era que me sentía profundamente sola y triste. Sola en aquel piso, sola con mis miedos, abandonada en los cuidados y cada vez más grande. Semanas sin un gesto de cariño del que iba a ser el padre de mi hijo. Me sentía ignorada.

Y entonces, un día volvió a casa y me dijo que teníamos que hablar. Estaba en el séptimo mes de embarazo. Dijo que no podía más. Que la situación lo estaba superando y que si seguía así acabaría perdiendo la cabeza. Que necesitaba pensar en él porque yo no lo estaba haciendo. Me culpó, básicamente, de su desgaste emocional.

Insistí en saber si había otra persona. Lo negó con rotundidad, pero tiempo después la verdad salió a la luz: estaba con una compañera de trabajo a la que le sacaba ni más ni menos que nueve años. Yo en casa, embarazada, agobiada, sola y sintiéndome fatal por la situación que estábamos atravesando, y él tirándose a otra mientras tanto. Me engañó, diciendo que necesitaba espacio para estar bien cuando naciera el niño y que alejarse era lo mejor para su salud mental. Recuerdo mirarlo y no saber si reír o llorar ante lo absurdo del argumento. Me estaba abandonando en el momento más vulnerable de mi vida y lo envolvía en un discurso de autocuidado. Podéis imaginar mi reacción cuando finalmente supe que era porque había otra, mi indignación extrema.

Después de aquello terminé mi embarazo en casa de mi hermana y mi cuñado. Allí todo fue radicalmente diferente. Supe lo que era estar cuidada, apoyada física y emocionalmente. Mi cuñado se preocupaba de que estuviese a gusto. Mis sobrinas llenaban las tardes de risas. Mi hermana vigilaba que no me levantara más de lo debido. Él llamaba cada tres o cuatro días preguntando por el embarazo, frío, distante. Si yo rompía a llorar, suspiraba y me decía que si no me calmaba, me colgaría. Me sentía como una incubadora, yo le daba igual.

Así que cuando me puse de parto, no lo llamé y pedí que no le avisasen hasta que pudiera hacerlo yo misma tras parir. Quien me acompañó en todo el proceso fue mi hermana. Me sostuvo la mano, me habló cuando el dolor aumentaba, me animó y lloró conmigo cuando me dijeron que tenían que hacer cesárea porque venía de nalgas. Pero mi pequeño nació sano y fuerte. La calma inundó mi pecho cuando me lo pusieron en brazos. El esfuerzo por mantenerlo a salvo había dado sus frutos.

El padre se enteró por amigos en común. Apareció en el hospital furioso, acusándome de haberlo apartado, de ningunearlo como padre. Montó tal escena que el personal sanitario tuvo que pedirle que se calmara o abandonara la planta. Solo entonces bajó el tono.

Nos separamos oficialmente poco después. Tenemos custodia compartida sobre el papel, pero en la práctica mi hijo pasa la mayor parte del tiempo conmigo. Él siempre tiene algo urgente: trabajo, compromisos, planes. Mil excusas. Pero a mí ya no me duele. El día que me dejó durante aquel embarazo supe que no iba a ser precisamente el padre del año. Y también supe algo más importante: que yo podía con esto sola.

Después de tantos años esperando a ese hijo, de tanto miedo, de tanto reposo y tantas lágrimas, lo único que tenía claro era que no necesitaba a nadie para quererlo y cuidarlo. Porque si fuera por mí, sería solo mío.

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Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo.