Hace cinco años conocí a un hombre maravilloso. El principio fue un cuento de hadas y la verdad es que me sentí muy afortunada porque, tras muchos desengaños, sentía que por fin comenzaba a compartir mi vida con alguien que merecía muchísimo la pena.

Me dijo que era policía nacional y que aparte era responsable de una especie de equipo o algo así, lo que le hacía estar en un grado superior y ser un funcionario reconocido con un buen sueldo, entre 2500 y 3000 euros al mes, me dijo. A veces llegaba de su turno y me contaba las anécdotas del día, de sus compañeros y de las cosas que se traían entre manos en su grupo, a veces cosas supuestamente confidenciales.

A los pocos meses decidimos irnos a vivir juntos, la relación iba viento en popa. Yo en ese momento tenía un sueldo normalito pero teniendo en cuenta su capacidad económica, no escatimó en buscar un piso de alquiler, en una zona súper buena, que no tenía nada de barato.

Frecuentemente salíamos a cenar, de viaje, le gustaba montar a caballo y vestir de marca. Era súper espléndido en sus regalos, súper amoroso conmigo, sentía que me amaba y que era un hombre muy completo. Todo siguió su curso y decidimos tener un bebé, quizás era pronto, pero así lo sentíamos. Me quedé embarazada y al poco me pidió la mano, anillo mediante, uno precioso con un pedrusco. Yo vivía feliz, contenta y enamorada, todo era un sueño.

El embarazo seguía adelante y de pronto empecé a ver cosas extrañas. Como que le pillaba en mentiras tontas que no entendía.

Otra cosa que me mosqueaba era que no conocía apenas a nadie de su entorno, sólo a sus padres y a su hermano. Recibía llamadas de números que no conocía y colgaba muchísimas veces cuando lo llamaban.

Empezó a hacer cosas raras con el dinero, del tipo decirme que no había cobrado este mes (¿un funcionario?) y preguntarme si podía pagar yo los gastos de mis pequeños ahorros, ya que mi dinero era el que pagaba el alquiler. Si salíamos, siempre se dejaba la cartera y me tocaba pagar y si tenía que ir a sacar dinero, iba, pero se volvía sin el dinero porque el cajero no funcionaba unas veces, otras se había encontrado a alguien y se le había olvidado… y así siempre.

Estando de 6 meses, y ya con la mosca detrás de la oreja, decidimos empezar a comprar las cosas de la niña, la cuna, el cambiador etc. Todo era un problema porque yo no quería escatimar en mi bebé y él de pronto me decía que tenía problemas para cobrar. Yo le confrontaba y le decía que qué me estaba contando, que qué se traía entre manos. Otras veces era problema del banco o eran errores y confusiones, pero la cosa es que siempre encontraba una historia súper afinada y cuadrada para excusarlo todo.

Mis ahorros se consumieron por completo y llegó un punto en el que le insistí en que me enseñase una nómina, pero me decía que no se las daban. Increíble de nuevo. Ese mes tuvimos que pedirle dinero a mi madre para terminar de pagar gastos y vivir.

Concerté una cita en el banco y allí que me presenté con él, obligado, claro está. Recuerdo ese momento, yo con mi barrigota, con la cara blanca como la pared, pidiéndole a la señora del banco que me revelase el misterioso enigma de las cuentas de mi prometido y padre de mi bebé. Le pregunté que por qué siendo funcionario se le retenía el dinero y que por qué estábamos teniendo esos problemas.

Sinceramente a estas alturas ya sabía que me mentía, era obvio, pero nunca imaginé lo que esta señora me iba a decir. Me miró fijamente (mientras él seguía, allí sentado a mi lado, manteniendo su versión) y me dijo que qué funcionario, que mi pareja era un vigilante de seguridad de un parking, que ganaba alrededor de 900 euros al mes y que tenía deudas para empapelar una habitación. Que el banco le retenía una proporción porque tenía deudas con ellos pero también con incontables empresas que conceden créditos rápidos. Las deudas ascendían en total a más de 100.000 euros.

Yo quise morirme en ese instante. ¿Con quién había engendrado una hija? Él, mentiroso patológico, le decía a la mujer del banco, con toda su cara, que eso tenía que ser un error, que él era funcionario y que disponía de una buena economía.

Le tocó la moral a la señora del banco y ésta empezó a nombrarle los créditos y a leerle los apuntes de los gastos que había hecho con ese dinero. Después me enteré de que era un profesional de los créditos, que solía lidiar con cobradores y que su vida, y la mía a su lado, era una mentira completamente. Se trataba de un tío loco fantasioso que se creía sus propias mentiras y las llevaba a sus últimas consecuencias. Pero nuestra bebé… sí era una realidad.

Intenté seguir unos meses con esa relación, mi niña nació, pero nada mejoró. Seguía con sus mentiras incontables, su intento de vivir extremadamente por encima de sus posibilidades, sus historias de un mundo paralelo y sobre todo no admitió en ningún momento que era un embustero y que me había engañado, seguía intentando hacerme lo blanco, negro. A veces venía contando historietas de película y yo ya llegó un momento en el que dejé de confrontar con él y lo trataba como lo que era, una persona que no estaba bien.

Intenté ayudarlo, pero no quiso dejarse, no reconocía que necesitaba ayuda de un profesional. Terminé dejándolo y con los meses dejó también de tener relación con mi hija, cosa que agradezco, porque es una persona enferma que no se trata y que en un momento dado te puede arruinar la vida.

Hace algunos años que no sabemos nada de él, mi niña no recuerda ni su cara, y ojalá que nunca vuelva a aparecer en nuestras vidas.

 

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