Yo tenía 28 años. Los 30 estaban a la vuelta de la esquina y necesitaba experimentar.

Tras muchas conversaciones con mi marido, habíamos llegado a la conclusión de que queríamos ir a un intercambio de parejas (simplemente por curiosidad) y de que queríamos hacer dos tríos, uno con un hombre (“elegía” yo, en mayor medida) y otro con una mujer (“elegía” él, en mayor medida).

El tema de los tríos, lo omitimos, pero lo del intercambio lo comentamos con un amigo muy extrovertido, con el que tenemos mucha confianza y sabíamos que no había estado, pero desconocíamos si quería ir.

Por aquella época, él estaba liado con una chiquita joven (unos 23 años), que era clienta asidua de varios y, claro está, le molaba el rollo. Era nuestra oportunidad.

Hablamos varias veces de cómo, cuándo y con quién podíamos ir. Llegamos a la conclusión de que iríamos las dos parejas, para no ir en modo excursión con otro amigo, al que había que buscarle acompañante y se complicaba más de la cuenta.

Cerca de casa había uno con muy buenas calificaciones y por las fotos se veía muy limpio y lujoso. El problema es que la familia de la chica esta eran amigos de los dueños y, evidentemente, no quería ir.

Un día cenando los cuatro, nos propuso ir a otro más céntrico y “familiar”. Como llevábamos unos vinos, lo vimos como el plan perfecto y la oportunidad de nuestra vida.

La calle era un callejón, el local por fuera, nada del otro mundo. Ella iba delante y llamó al timbre, nosotros nos quedamos un poco rezagados (por si había que salir corriendo, supongo). La puerta se abrió y se escuchó un amistoso grito “¡Shiva! Cuánto tiempo, ¿vienes con unos amigos? Qué bien, pasad, pasad… la señora no tenía desperdicio, era como mi madre en ropa interior.

Nos dio la bienvenida, un abrazo y dos besos.

El espectáculo acababa de empezar, en la barra había un señor finito en tanga que hacía de dj y camarero (el marido de la recepcionista). Yo de verdad, me imaginaba otra puesta en escena, no aquello, que venía a ser la familia en su casa. Nos enseñaron las instalaciones y nos invitaron a “cambiarnos de ropa”, pero nos dio miedo, a todos. El ambiente era muy respetuoso, pero al ser los nuevos y encima con la famosa Shiva, generamos una expectación en el local, que vaya tela.

Mi marido aparentaba normalidad (como siempre), el otro amigo se bebió el Ballantines en dos minutos, se mareó y quería irse. A mi no me entraba ni una gota de ron. Ante semejante panorama y vergüenza, nos fuimos, alegando que “necesitábamos tomar un poquito el aire”.

Meses después fuimos al otro sitio, y mucho mejor, pero los inicios… ¡eso no se olvida!

MAGA