Cuando empecé con Álvaro, no sabía que llevaba una mochila tan pesada a sus espaldas. Quiero decir, todos traemos una maleta emocional a cuestas cuando llegamos a una nueva relación, pero en este caso no me refiero a traumas ni heridas emocionales, sino concretamente a una persona en sí: su ex. Clara.

Habían tenido un noviazgo largo, estuvieron cinco años juntos. Se conocieron en la universidad y terminaron ya en plena vida adulta, para sorpresa de todo el mundo, especialmente para mi suegra. Y ocho meses después, nos conocimos.

Congeniamos bastante rápido. Nos conocimos en el cumpleaños de un amigo en común. No diré que fue amor a primera vista porque no creo en esas cosas, pero ambos notamos cierta chispa y antes de irnos intercambiamos nuestros teléfonos. Pronto empezamos a vernos a menudo y lo que comenzaron como cafés se convirtieron en citas y las citas en algo más. Fue todo tan natural y nos sentíamos tan cómodos el uno con el otro, que cuando formalizamos oficialmente la relación en realidad no cambió nada porque ya llevábamos un tiempo viviendo una relación tipo noviazgo. Parecíamos hechos el uno para el otro, como cosa del destino.

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Al cabo de un tiempo, conocí a su familia y dentro de ella, a la persona más importante en la vida de Álvaro, su madre. Isabel tenía esa elegancia serena que algunas mujeres desprenden casi sin esfuerzo, esa forma de hablar que sienta cátedra y ni siquiera se te ocurriría ponerlo en duda porque suena a ley, y esa capacidad de decir cualquier cosa y que todo sonase correcto aunque te estuviera criticando. Siempre bien peinada, siempre oliendo a perfume, siempre bien vestida y con esa voz calmada que hacía que una se sintiera como una niña pequeña y nerviosa sentada en un salón lleno de lujosos objetos de porcelana.

La primera vez que me habló de Clara me pilló por sorpresa. Estábamos merendando en su casa y, mientras me ofrecía un pedazo de bizcocho, me dijo: «Clara siempre decía que este era su favorito, mi bizcocho de limón», con una sonrisa enorme. Casi me atraganto. Álvaro no dijo nada y yo respondí con un tímido «ah, qué bien, sí que está rico». Se me hizo extraña la situación, pero como todo quedó en eso decidí hacer como que no había pasado nada.

Hasta que una tarde cualquiera de compras me crucé con ella al salir de una tienda. Iba acompañada por una chica rubia mucho más joven que ella. No me di cuenta de quien era hasta que dijo su nombre al presentármela: Clara. Por si tenía alguna duda, me fijé en la mirada aguda que ambas intercambiaron frente a mí: era ella. Iban hasta cogidas del brazo, como si fueran madre e hija. Me sentía completamente fuera de lugar y ver lo guapísima y sobre todo altísima que era Clara no me ayudó demasiado (yo, que apenas mido 1,55).

Aquella noche se lo conté a Álvaro esperando que se sorprendiese, pero lejos de ello me dijo que no era nada raro, más bien al contrario. Al parecer, su madre había cogido mucho cariño a Clara durante su relación y se llevaban a las mil maravillas. Por eso, pese a que ellos dos habían cortado, su madre y ella seguían igual de unidas. «Se ven de vez en cuando, hablan, van de compras… Son amigas. Ten en cuenta que Clara fue parte de nuestras vidas muchos años».

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Juro que intenté entenderlo. Al fin y al cabo, mi relación era con él y era quien debía importarme. Pero al cabo de los meses, empecé a notar cómo el tema de Clara seguía flotando levemente alrededor de nuestra relación. Porque su madre la mencionaba, y demasiado a menudo para mi gusto. Tanto que, a veces, mi pareja se revolvía un poco, incómodo, e intentaba cambiar de tema para que yo no me sintiese mal. Pero Clara siempre tenía buen gusto eligiendo ropa, siempre encontraba los mejores chollos en las rebajas, siempre le recomendaba esto o aquello que era maravilloso, y un largo etcétera. Y a mí cada vez que oía su nombre se me hacía más insoportable. Era como una pequeña herida infectada que no terminaba de curarse.

La gota que colmó el vaso llegó el día en que quedé con Isabel para ir a comprar un regalo para Álvaro y apareció con Clara. Deseé que me tragase la tierra en cuanto la vi. Según mi suegra, la invitó porque hacía mucho que no se veían y así yo también la conocería un poco. Y al parecer «ella sabría encontrar el regalo perfecto porque siempre acertaba con él». Quise integrarme, de verdad, pero cuando no pude soportar más el sentimiento de impotencia y de sobrar allí, dije que me encontraba mal y me fui. Reconozco que lloré en el coche. Me sentía una intrusa, una sustituta, alguien que intentaba llenar un espacio que era imposible de llenar, porque sencillamente yo no era Clara.

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Lo hablé con mi pareja y se sintió fatal por todo lo ocurrido. Me dijo que hablaría con su madre, que odiaba que yo me sintiese así. Pero le dije que no, que sí que había que hablar con su madre, pero que lo haría yo misma.

Al día siguiente fui a hablar con Isabel. Le pedí un café a solas y decidí se sincera. Le dije cómo me sentía respecto a la presencia de Clara en su vida, que entendía que la apreciase, que fueran amigas, que yo no pretendía borrar a nadie del pasado, pero que a veces su presencia en nuestras conversaciones era tan constante que me hacía sentir insuficiente y pequeña. Que quería construir una relación con ella pero que sentía que era imposible competir con la omnipresencia de Clara y su adoración por ella. Y que eso provocaba que me sintiera también insegura en mi relación con su hijo, pues no podía evitar compararme con ella también en ese ámbito.

Ella me escuchó en silencio, serena, como siempre. Reconozco que esperaba que se pusiera a la defensiva, pero no fue así. Me tomó la mano y me dijo que lo sentía muchísimo, que no sabía que me hacía sentir así. Me explicó que Clara se había convertido en una persona importante en su vida debido a la relación que mantuvo con su hijo, y que al romperse esta relación ambas decidieron que eso no significaba que tuvieran que perder la suya propia, porque se tenían mucho cariño. Pero que eso no significaba que quisiera que volvieran juntos o algo similar, aclaración que me dejó bastante tranquila. Me confesó que le afectó mucho que rompiesen, que incluso intentó mediar entre ambos al principio para que no lo dejasen, pero que pronto comprendió que ahí se había acabado el amor y que esas cosas no se pueden forzar. Y que ahora estaba yo en la vida de su hijo, y por tanto también en la suya, y que eso la alegraba muchísimo, porque veía a Álvaro más feliz que nunca.

El cambio no fue inmediato, pero poco a poco las cosas empezaron a cambiar. Por un lado, mi suegra dejó de mencionarla tanto y además me consultaba si me parecía bien su presencia antes de invitarla a algún evento, como por ejemplo cuando llegó su cumpleaños. Pero por otro lado, lo más efectivo fue afrontar esa conversación cara a cara con ella, porque poner las cartas sobre la mesa y la sinceridad que ambas mostramos hizo que Clara dejase de ser para mí un fantasma amenazante y pasase a ser solo lo que verdaderamente era en el presente: la amiga de mi suegra.

Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo.