No sé en qué momento la sociedad decidió que un hombre que cambia pañales es poco menos que un héroe. Mi marido no me ayuda con los niños, hace lo que tiene que hacer porque es el padre. No está colaborando, está ejerciendo su paternidad. Y me da una rabia tremenda tener que explicarlo una y otra vez, sobre todo en mi propia familia política, donde parece que los hombres aún viven en los años 60 y las mujeres estamos para servirlos y ocuparnos de la casa.
Mi suegra me suelta cada dos por tres frases tipo “¡qué suerte tienes con mi hijo!”.
Y en cierto modo es verdad que tengo suerte porque mi marido es una persona maravillosa, pero eso no quiere decir que yo tenga que estar agradeciéndole todos los días que friegue los platos o que vista a sus hijos para ir al cole por las mañanas.
Son cosas normales, que debería hacer cualquier padre normal. El problema es que en este país parece que no hemos avanzado nada, y que los padres normales son los que no hacen nada, mientras que los que se ocupan de sus hijos son especímenes raros.
Desde que nos fuimos a vivir juntos, ya empecé a escuchar lo afortunada que era porque su hijo me limpiaba la casa y me hacía la comida. Pero es que desde que nació nuestro primer hijo, parece que le tengo que poner a mi marido un monumento al padre del año por cambiar pañales y dar biberones.

“Ay, qué apañado es, si es que tienes un tesoro”
Recuerdo un sábado por la mañana que ya no me pude callar. Ella había venido a ver a los niños y se encontró a su hijo en el salón, peinando a la niña mientras yo preparaba el desayuno. “Ay, qué apañado es, si es que tienes un tesoro”, me dijo, con una sonrisa orgullosa. Yo respiré hondo para no contestar lo que realmente pensaba, pero no pude quedarme callada.
—Pues sí, es un tesoro, pero vamos, que está peinando a su hija, lo que hace cualquier padre normal… — Le dije.
Y ya empezó ella con lo de siempre, que si un padre normal no era, que en su época los padres no hacían nada más que traer el dinero a casa, pero que de los hijos no se ocupaban, que si ahora somos muy modernas porque nuestros maridos nos ayudan en casa y con los niños…
“Ayudar no, se llama coparentalidad” pensé yo. Pero ya no quise echar más leña al fuego.
El problema es que mi suegra (y muchas mujeres de su generación) no conocen otra forma de amor que la renuncia. Les enseñaron que cuidar era su obligación, y que los hombres estaban para “ayudar” si quería, pero que no era su deber. Así que cuando ven a un hombre implicado, les parece como un milagro y nos sueltan aquello de que tenemos mucha suerte.
Y yo sé que ella no lo hace con maldad, es una mujer de otra generación y tiene otra mentalidad. Mi suegra siempre cuenta que mi suegro jamás cambió un pañal ni preparó un biberón, que trabajaba mucho fuera de casa para poder mantenerlos.
Y claro, yo entiendo que si ella hizo todo sola, ver a su hijo bañando a sus nietos le parece casi revolucionario.
Pero claro, la vida cambia. Ahora un padre no ayuda: cría, educa, limpia, organiza, y se implica porque también es su vida y son sus hijos.

“Pobrecito, siempre liado con los niños”
Lo más curioso de todo es que sé que mi suegra presume de hijo. Se siente orgullosa y se cree que su hijo es así gracias a ella, que lo ha educado bien. Cuando en realidad, su hijo no es más que una persona adulta funcional que actúa en consecuencia a su madurez.
Es la típica que luego va diciendo por ahí que su hijo cambia pañales, que sabe cocinar y les prepara la comida a los niños, que los baja al parque por las tardes, que ayuda a la mayor con los deberes del cole, y encima, trabaja fuera de casa y trae un sueldazo a fin de mes.

Pobrecito su hijo, como si criar a tus propios hijos fuera una tarea opcional. Como si fuera un favor que me hace a mí, que soy la madre y debería ocuparme yo de los niños casi exclusivamente.
¿Y yo? ¿Quién me compadece a mí cuando llevo tres noches sin dormir, cuando organizo las vacunas, los menús, las mochilas, los disfraces, las citas médicas, los cumpleaños y los calendarios escolares?
Porque la carga mental sigue recayendo sobre nosotras, incluso cuando ellos “ayudan mucho”.
Y no, no es una competición de quién hace más. Es una cuestión de equidad, de reconocimiento, de dejar de tratar la implicación masculina como un acto de heroísmo.
A veces pienso que, si las madres de su generación hubieran tenido la oportunidad de vivir la maternidad de otra forma, no tendrían esa mirada tan inquisidora hacia nosotras, las madres de ahora. Ellas también se sintieron muchas veces solas, agotadas y sin apoyo, pero nunca se atrevieron a decirlo. Era su deber, su rol, su carga.
Nosotras somos la generación que está rompiendo eso. La que ya no acepta que la paternidad sea opcional ni que los hombres sean “ayudantes” en su propia casa. La que se atreve a decir: no tengo suerte, tengo pareja.