Mi suegra es mala. Y no es mala “por suegra”. Es mala madre, mala hija, mala hermana… Mala persona. Lo sabemos todos, pero no todos han metido distancia con ella. Mi marido y yo, sí. Ha sido una cuestión de salud mental, aunque ya supere los límites de lo físico también.
Cuando se dice “mi suegra es una bruja” suele tener una connotación metafórica. En mi caso, es más real de lo que me gustaría reconocer. Al principio no relacioné sus comentarios con las acciones que se iban produciendo. Hasta hace relativamente poco mi cabeza no hizo “click” y vinculó palabras con hechos.

Contexto
Con la “excusa” de la pandemia y el teletrabajo, mi marido y yo nos cambiamos de Comunidad Autónoma. Nos marchamos a la otra punta de España. Había ganas de cambio, pero sobre todo necesidad de “huir” de la influencia de su madre. La distancia, lejos de diluir los problemas, los ha acrecentado y hemos tenido que cortar radicalmente con ella. No es la situación ideal, en absoluto. No tengo familia “propia” y me hubiese gustado abrazar a la política, pero hay que aceptar la realidad y conformarse.
Mi familia son mis gatos. Soy la loca de los gatos. Los recojo de la calle con intención de acogerlos un tiempo y buscarles una familia, pero termino quedándomelos. Por fortuna, mi pareja me apoya. No es que se responsabilice él de los gatos, pero los quiere y colabora en todo lo que puede. Eso sí, insisto en aclarar que mis gatos son míos. Son mi debilidad y mi suegra lo sabe.
La primera víctima
Mi marido y yo decimos casarnos a los cinco meses de conocernos. En plan locura, sí, pero era nuestro problema. Nuestra locura. Ella se opuso. ¿Por qué? No lo sé porque decía de todo y a todos. Desde tonterías como que buscaba ser una mantenida (siempre he trabajado, jamás he estado en el paro) hasta que me había agarrado a su hijo porque se me iba a pasar el arroz para ser madre (tenía 28 años y sin instinto maternal). También llegó a decir que tenía problemas mentales y por eso acogía animales abandonados.

Fue entonces cuando encontró dónde hacerme daño. El mes en el que anunciamos nuestro compromiso, recogí una camada de gatitos de un container de basura. Ella, quedándose sin recursos, llegó a decirme: “Si seguís adelante con la boda, los cachorros lo pagarán”… Los regalé, pero me quedé uno. Y murió. Por supuesto, intentas no parecer una paranoica y consideras que se trata de una casualidad.
Una bronca por enfermedad
Por cada enfrentamiento, alguno de mis gatos enfermaba. Que si nos pedía dinero y no se lo dábamos, vómitos; que si no contestaba lo que ella esperaba, infección de orina. Vuelvo a repetir, estuve años sin relacionarlo.
La última amenaza
Hacía más de tres años que no volvíamos “a casa”. Yo estaba desesperada por volver, pero tenía miedo de la suegra. Lo juro, miedo real. Dejé a mis gatos bajo el cuidado y la supervisión de unos amigos, y me fui unos días de vacaciones con mi marido. Él me dijo que no tenía ganas de verla, que viajaba para disfrutar y quería evitar movidas. Ella se enteró de que estábamos en la ciudad e intentó ponerse en contacto con nosotros. Fue su hermana la que nos advirtió que mejor la veíamos o pasaría algo malo.

Y pasó.
De mis gatos, tengo uno “favorito”. Está mal elegir, pero fue una víctima de atropello que pensé que no recuperaría. Estuvo muy malito y he puesto todo mi amor y cariño por su vida. En cuestión de 24 horas, el gato no reaccionaba. Mis amigos tuvieron que hospitalizarlo y por más pruebas que le hacían, no dieron con lo que tenía. Hasta que no volví, no se recuperó. Adelanté el vuelo y me quedé sin vacaciones. Aún no sabemos lo que pasó, pero ahora -sí que sí- estoy segura de que mi suegra y sus malas vibras tuvieron algo que ver.