Tenía yo veintidós años cuando conocí en la universidad a un chico que me volvió loca. Probablemente era la primera vez que me enamoraba de verdad. Esos ojos negros, esa piel morena, ese pelo largo. Resultó que a él también le llamé la atención yo y empezamos a tontear. Al final, entre tonteo y tonteo, acabamos saliendo juntos. A esas edades y en esas circunstancias (universidad, fiestas, erasmus, etc), las relaciones no siempre duran mucho, son muchas las que se tuercen. Pero la nuestra salió bien. Cuando nos dimos cuenta llevábamos juntos casi dos años.

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Mi chico ya había conocido a mis padres, yo vivía con ellos en la ciudad en la que estudiábamos, había crecido allí. Pero él era de un pueblo que quedaba a dos horas y pico en coche y sus padres no solían venir a verle, era él quien iba al pueblo a verlos a ellos. Vivían en zona de campo, su padre era agricultor. Entonces, llegó el momento en que me invitó a pasar unos días allí para presentarme a los suyos. Yo siempre me había resistido un poco, lo reconozco, me daba ansiedad. Pero comprendía que ya llevábamos bastante tiempo y que era un paso que había que dar.

Me recogió en coche y salimos para su pueblo. Estaba de los nervios, obviamente. Quería caerles bien. A veces mi novio se reía de mi y decía que yo era «más de ciudad que un rascacielos», y no quería que ellos pensasen lo mismo. Era importante para mí, estaba enamoradísima de mi novio. Así que decidí que una de las mejores formas era ofrecerme a echar una mano con todo lo que pudiera en el campo.

La llegada fue muy bien. Su madre nos recibió con una sonrisa de oreja a oreja y me dio un abrazo mientras decía que por fin nos conocíamos. Era una casa grande en un terreno con árboles, tipo chalet. En mi cabeza todo iba a ser más rústico, rollo cabaña, me avergüenza reconocer. Al parecer mi plan de «ayudar en el campo», pues lo había imaginado todo con mucha actividad, no iba a ocurrir. Aquella era una casa normal y corriente, preciosa, ordenada y decorada con muy buen gusto. No iba a tener nada que hacer, al parecer. Se sentaron en el patio a charlar animadamente. La mujer era encantadora y me sentí cómoda al poco de llegar. Entonces, a media mañana, nos dijo que iba a ir al gallinero y me ofrecí a ir con ella. Por fin algo de campo al uso, pensé. No sabía dónde me estaba metiendo. Ella aceptó encantada y salimos de la casa.

Fuimos por un sendero colindante y unos cinco minutos más tarde llegamos al gallinero, que estaba en una zona donde sí que había dos cabañas de las que yo esperaba encontrar. Me explicó que eran para los materiales del campo. Una vez junto al gallinero, la madre de mi novio recogió unos cuantos huevos. Había unas quince gallinas, pude contar. Y cuando ya creía que había acabado, agarró por las patas a una de las pobres gallinas y la alzó. «Esta nos servirá», anunció contenta.

Me guió entonces hasta una de las cabañas. Me dijo que si le sujetaba a la gallina, que estaba allí hecha una furia aleteando, intentando zafarse de la señora. Le dije que mejor no, que seguro que se me escapaba. Se rió y me dijo que todo era cogerle el truco. Entró con la gallina en la cabaña y salió con un hacha. Tal cual. Y entonces soltó que iba a enseñarme, igual que de niña la enseñaron a ella, a matar una gallina. Juro que no sé cómo aguanté sin desmayarme nada más oír aquello.

Le dije que no, que no necesitaba saber cómo se hacía eso, que no tenía intención de matar a ninguna gallina ni aquel día ni nunca. Me miró con el ceño fruncido y me dijo que entonces cómo iba a alimentar en condiciones a su hijo y a nuestra futura familia, que esto era conocimiento del que ya no se enseñaba y que era más que necesario. La miré con incredulidad, esperando que en cualquier momento dijera que estaba de broma. Pero no, iba muy en serio.

Entonces me di cuenta de algo. Aquello ya se había torcido del todo, no había forma de salir indemne de aquel atolladero. Quería ser encantadora y hacer todo por agradar a los padres de mi pareja, mis futuros suegros si todo iba bien, pero aquello superaba todos mis límites. Así que me vi obligada a aclararle que podía estar segura de que no iba a sacrificar jamás a ningún animal con mis propias manos, que hoy por hoy si querías carne ibas al supermercado y que le juraba que no íbamos a pasar hambre jamás. Y que, además, su hijo tenía manos y en su piso se cocinaba su propia comida todos los días.

Volvimos en silencio a la casa. La gallina se libró, porque le dije que me negaba presenciar eso. Creo que el pánico en mis ojos la disuadió, porque la devolvió al gallinero suspirando. Una vez en la casa no comentó nada de lo ocurrido a su hijo, y yo no pude quedarme a solas con él en ningún momento para poder contárselo. No quería hablarlo delante de ella. El ambiente se quedó enrarecido hasta que llegó el padre de mi novio. Fue entonces cuando la señora contó lo ocurrido esperando que se riesen los otros dos de mí, pero el hombre le dijo que se había pasado cuatro pueblos, que cómo se le ocurría. Y mi chico se enfadó muchísimo. Al final, se acabó disculpando conmigo por haberme hecho pasar por ese momento incómodo.

He de decir que los demás días que estuve allí el tema no volvió a sacarse y no ocurrió ninguna otra cosa desagradable. Ella empezó a hacer como si nada hubiera pasado y por tanto yo hice lo mismo. Al final, hasta me lo pasé bien.

Y menos mal que todo se fue suavizando y acabamos bien, porque ahora estamos recién casados, tres años después. Y la historia de la gallina se ha ganado ser mi anécdota estrella para todo lo que me quede de vida, aunque mi suegra no lo sepa.