No es la primera vez que os comparto historias para no dormir protagonizadas por mi suegra. Pertenezco al club de las «suegras odiosas», y espero que la vida, con su habitual ironía, no termine convirtiéndome en una de ellas. En esta ocasión, os voy a contar sobre uno de los pocos favores que me he visto obligada a pedirle. No fue por voluntad propia, sino porque mi marido, que sigue creyendo en ella contra toda lógica, insistió en que podíamos confiarle esta tarea. Quiero que quede claro: yo hubiera preferido buscar cualquier otra alternativa, pero él parecía empeñado en tropezar con la misma piedra… otra vez.

Hace un tiempo, a mi marido le ofrecieron la posibilidad de crecer profesionalmente si se marchaba unos meses -que podría extenderse al año- a otro país. Yo acababa de dar a luz a nuestro segundo hijo y, si bien entendía su deseo de avanzar carrera, tampoco me gustaba la idea de quedarme sola con los dos niños a miles de kilómetros. Así que, después de varias conversaciones, le propuse irnos todos.

Mi situación laboral en España no era un impedimento inmediato: estaba disfrutando de la baja por maternidad, las semanas de lactancia y las vacaciones acumuladas, lo que me daba hasta seis meses para estar fuera. Si necesitábamos más tiempo, tenía la posibilidad de pedir una excedencia temporal. Sonaba arriesgado y un poco loco, pero nos lanzamos a la piscina con la idea de afrontar esta experiencia en familia.

Una mudanza que parecía un plan perfecto

En España, aunque vivíamos de alquiler, teníamos muchísimos enseres que no podíamos llevar con nosotros a la mudanza. Entre ellos, los muebles. Mi primera idea fue venderlo todo y empezar de cero al regresar, pero mi marido insistió en que más pronto que tarde volveríamos y necesitaríamos nuestras cosas. Así que decidió pedirle un favor a su madre: que nos guardara algunas cajas y la mayoría de los muebles en un piso que acababa de heredar de una tía recientemente fallecida.

Ese piso, según se acordó, iba a permanecer vacío hasta nuestro regreso. Incluso se planteó dejárnoslo alquilado a un precio simbólico cuando volviéramos. Aunque no estaba convencida, cedí. Pensé: “¿Qué podría salir mal?” Dejamos todo allí y nos sumergimos de lleno en la aventura de vivir en otro país, con otro idioma y otras costumbres.

Lejos de agobiarme, la experiencia me conquistó desde el principio. Me adapté rápido y, para mi sorpresa, comencé a disfrutar de la vida en un lugar completamente nuevo.

Aún sin fecha de retorno, llegaron las fiestas navideñas. Mi marido, después de meses de trabajo intenso, consiguió cogerse vacaciones para los días festivos, así que decidimos pasarlas en casa de su madre. Todo parecía ir bien, dentro de lo que cabe, hasta que llegó la Nochebuena. Fuimos a casa de uno de los hermanos de mi marido para la cena, y allí, en el salón, me encontré con una visión surrealista: mi mesa de centro, decorada con una corona de adviento y llena de canapés.

No podía ser. ¿Sería una casualidad? Aquel mueble era idéntico al mío, aunque mi marido ni se había dado cuenta. Decidí no decir nada en ese momento; no quería que me tildaran de paranoica. Pero al día siguiente, el misterio se volvió más evidente. Visitamos a un primo por Navidad, y cuando fui al baño, ahí estaba: mi mueble del baño, el que usaba para guardar mi secador y las compresas.

En ese instante, supe que no podía ser casualidad. Había algo raro, y la única que parecía notarlo era yo.

De sospechas a certezas: el rastro de nuestros muebles

Lo hablé con mi marido, pero él rechazó por completo la idea de que su madre nos hubiese hecho algo así. Ya sabía que iba a reaccionar de esa manera, por eso me había quedado callada la primera vez. Sin embargo, los días pasaban y él no se molestaba en investigar mi sospecha, lo que me llevó a sugerirle una alternativa: que no confrontara directamente a su madre, pero que al menos le preguntara a su hermano de dónde había sacado la mesa o a su primo sobre el mueble del baño.

Él temía quedar como un paranoico, pero ese complejo se esfumó en Nochevieja, cuando fuimos a casa de su otro hermano y allí, justo frente a nosotros, estaban nuestras cosas otra vez: las uvas se las comieron viendo a Broncano y Lalachus en un televisor apoyado sobre nuestro mueble del salón. Esa fue la gota que colmó el vaso. Por fin, mi marido decidió hablar con su madre.

La explicación de mi suegra no pudo ser más frustrante. Resulta que, de repente, había decidido alquilar el piso que nos prometió guardar vacío para nuestro regreso. Los nuevos inquilinos no querían todos los muebles, así que los distribuyó alegremente entre familiares y amigos sin informarnos. ¿Y los muebles que sobraron? Están ahora dentro del piso alquilado, por lo que no tendremos acceso a ellos durante los próximos cinco años.

Un desastre que nos hace replantearnos todo

Pero no solo fueron los muebles. También había cajas con platos, vasos, cubiertos, juguetes de los niños y objetos de colección. No tenemos ni idea de dónde estarán ahora ni si los recuperaremos alguna vez en la vida. Es una auténtica faena.

Este desastre no solo nos ha hecho replantearnos muchas cosas sobre nuestra relación con mi suegra, sino también nuestra idea de regresar a casa. Por primera vez, nos estamos planteando seriamente quedarnos en el extranjero, lejos de dramas y de promesas rotas.

 

Relato escrito por una colaboradora basado en la historia real.