¿Sabéis esa época pre-navideña, cuando comienza a hacer frío y sacamos del armario el primer abrigo? Esa en la que los viernes después del curro ya da pereza salir y los sábados de lluvia se convierten en tardes de peli y manta en el sofá. Y te ha pillado soltera, la cama está helada y te entran ganas de compartirla con alguien. Exactamente esa era mi situación aquella tarde de noviembre en la que me descargué Tinder.

Tinder siempre me ha parecido una app bastante divertida, al menos la parte previa a quedar con un extraño y salir de mi zona de confort. Eso de mover a izquierda o derecha según si te gusta o no el chico en cuestión me hizo la tarde súper amena. Hice unos cuantos match y empecé a charlar un rato con ellos, a ver si daba con algo por lo que mereciese la pena salir a pasar frío.

tinder

Entre ellos apareció Alberto. Sinceramente, me pareció el más normal de todos y el que no parecía estar allí para echar un polvo de veinte minutos y salir corriendo. Ya que estábamos, por lo menos buscaba que se quedase el resto del invierno a hacerme compañía.

Quedamos al día siguiente para tomar unas cañas. En estas situaciones siempre tomo las mismas precauciones: pasar la ubicación a una amiga, cuadrar con ella una palabra de seguridad que le mandaría por WhatsApp si quería que viniese a buscarme y quedar en un sitio céntrico y público con el susodicho. Así que allí estaba yo un sábado a la una de la tarde camino de nuestro encuentro. Resultó ser el mismo que en la foto y respiré aliviada (una ya no sabe con qué va a encontrarse, todo puede pasar). Era guapete, con el pelo rizado, alto y corpulento. Mi tipo, la verdad.

La conversación fluía bien y me encontraba bastante a gusto. De las cervezas pasamos a tomar unas tapas y, viendo que seguíamos bien, acepté también ir al cine. Y en el mismo cine nos dimos nuestro primer beso. Después me acompañó a casa y me gustó ver que no intentaba ir más allá en la primera cita. Llamadme tradicional, llamadme precavida, llamadme puritana si queréis, pero en la primera cita no me gusta dar ese paso.

cita

Pero el tercer día sí lo invité a ver una peli en casa. Y a partir de ahí todo fue rodado. Era bastante casero y le gustaba pasar los domingos retozando en la cama conmigo. Y fue precisamente el tercer domingo cuando pasó algo que me puso un poco tensa. Estábamos en pleno arranque de pasión cuando me susurro al oído dos palabras que me dejaron noqueada: te quiero. Reconozco que hice como que no lo había oído y gemí lo más fuerte que puede. Lo di todo, a ver si se le olvidaba. Pero no dio resultado y al terminar me lo volvió a decir. Llevada por la presión del momento y para evitar la incomodidad que supondría no decirlo, respondí que yo también. Y de repente él empezó a decirlo a todas horas.

Me considero una persona cariñosa y me encantan los «te quiero», pero creo que son palabras importantes que hay que decir cuando pasa cierto tiempo y la pareja está consolidada. Y nosotros ni siquiera habíamos tenido la conversación del «qué somos». Además, creo que abusar de ellas hace que pierdan valor. No me gusta estar todo el día diciendo te quiero, al final se convierte en una muletilla y le resta significado.

Quería comentárselo, pero siempre me acababa dando apuro y no lo hacía. Así que allí estaba yo, recibiendo su metralleta de «te quiero» y respondiendo sin mucha convicción «y yo a ti». Decidí restarle importancia. El resto parecía ir bien, me sentía cómoda con él y lo pasábamos genial, qué más daba un poco de cariño extra.

love

Pasaron un par de meses y una tarde me dijo que quería llevarme a hacer un plan especial. Me pareció genial y no hice más preguntas. A las 20:30 pasó a recogerme. Caminamos unos veinte minutos y paramos frente a un restaurante precioso que alguna vez le había comentado que quería probar. Había reservado mesa para esa noche por sorpresa. Me encantó la idea, y que lo hubiera hecho por su cuenta me pareció interesante, porque significaba que me escuchaba cuando le hablaba y tenía en cuenta las cosas que le decía. Sin duda, el chico de los «te quiero» había ganado muchos puntos esa noche para salir victorioso de la conversación del «qué somos». Quizás podríamos formalizarlo pronto. Al fin y al cabo llevábamos una relación muy parecida a un noviazgo, ¿Por qué no ser novios oficialmente?

Pero entonces llegó el postre. Sacó una cajita del bolsillo y la depósito en la mesa frente a mí, sonriendo, sin decir nada. Fruncí el ceño, extrañada. ¿Me había comprado un regalo? Parecía una caja de joyería y desde luego era muy pronto para hacer regalos de ese calibre. Entonces abrió la cajita, cogió lo que había dentro y me tomó de la mano mientras decía: «¿Te quieres casar conmigo?»

wtf

Casi se me salen los ojos de las órbitas. De la impresión, me levanté de golpe, soltando su mano lo más rápido que pude. Supongo que mi cara debió ser un poema, porque él se puso rojo y ya no sonreía. Me volví a sentar rápidamente. Lo último que quería era que alguien en el restaurante se diese cuenta de lo que estaba pasando.

Le dije que guardase el anillo inmediatamente y que hablaríamos de eso fuera del restaurante. La vuelta a mi casa fue silenciosamente incómoda. Una vez llegamos a mi portal, le dije que no podíamos seguir viéndonos. Me sentía abrumada por todo lo que había pasado, pero traté de explicarle por qué era una locura lo que acababa de hacer. No sé si compartía o no mi argumento, porque apenas me hablaba. Estaba visiblemente enfadado. La despedida fue fría, pero cuando entré por fin en mi casa y cerré la puerta a mis espaldas, me inundó el alivio.

Alberto no volvió a escribirme, cosa que agradecí. No tenía intención de volver a verle jamás y lo último que necesitaba era que insistiese. El vértigo de la pedida de mano me duró como una semana, me dejó hasta mal cuerpo. El resto del invierno lo pasé sola. Y la mar de tranquila. Sin duda, había tenido suficiente amor forzado por una larga, larga temporada.

Escrito por Carol M., basado en un testimonio real anónimo.