Cuando mi hija falleció hace dos años mi mundo se vino abajo y desde entonces no hago  otra cosa que pensar en lo tremendamente injusta que es la vida. Mi hija se fue de este  mundo a causa de una larga enfermedad degenerativa, dejando a sus dos hijos  prácticamente huérfanos. Su padre siempre estuvo ausente la mayor parte del tiempo,  fingiendo reuniones de trabajo fuera de la ciudad cuando todos, incluida mi hija, sabíamos lo que realmente sucedía durante esas largas ausencias «laborales». Mientras la  enfermedad de mi hija avanzaba a pasos agigantados y su familia no se separaba de ella, tratando de aprovechar cada minuto a su lado, él se marchaba durante días sin  preocuparse de su mujer ni de sus dos hijos menores.

Unos meses antes de fallecer, mi  hija recibió un anónimo con fotografías incluidas, en el que se le informaba de que su  marido la estaba engañando con otra desde hacía bastante tiempo. A raíz de esa carta,  hizo cambios en su testamento legando todo a sus hijos: su marido recibiría únicamente la pensión de viudedad que legalmente le correspondía. 

Lo cierto es que el único motivo por el que aguantábamos los desprecios y la falta de  humanidad de esa persona era mi hija; no queríamos que sufriera más de lo necesario y  pensábamos que bastante tenía ya con lo suyo. Por eso, cuando ella se marchó para  siempre y él nos acusó de haber manipulado a su mujer para modificar el testamento a fin de que él no recibiera nada, rompimos toda relación con él. Desde entonces, no hemos  vuelto a hablar, si nos vemos por la calle no nos dirigimos la palabra y lo poco que  sabemos de su vida es a través de mis nietos. Meses después de fallecer su madre, me  contaron que su padre se había echado novia, aunque todo el mundo sabía que él había  rehecho su vida mucho antes de que mi hija hubiese muerto. Y es que, esa nueva novia,  era la chica que aparecía en las fotos del anónimo. Yo me moría de rabia, pensando una  vez más en lo injusta que es la vida, en cómo era posible que mi hija se hubiese ido tan  pronto mientras él era feliz, sin merecerlo, en cómo se había podido olvidar tan pronto de  ella. 

Por suerte, tenía el consuelo de poder disfrutar de mis nietos, que venían a verme y a  pasar algunos días con nosotros de vez en cuando. Yo no quería saber nada de su padre, pero lógicamente me interesaba por cómo era el día a día de mis niños, si estaban bien  en casa, si el instituto les iba bien, si su padre les trataba como debía o si les faltaba  alguna cosa. Ellos me decían que su padre a penas pasaba por casa, que trabajaba  mucho fuera y que los fines de semana se iba con la novia de viaje y les dejaba solos,  pero que ellos lo preferían así. Mi marido y yo nos mordíamos la lengua, no nos  queríamos meter y mucho menos volver a ponernos en contacto con ese infraser, pero  nos dolía en el alma ver cómo nuestros nietos estaban tan dejados, así que muchas  veces les invitábamos a casa a comer, a cenar, a pasar unos días, etc. Por supuesto, él  aprovechó para ausentarse mucho más, sabiendo que sus hijos estaban con nosotros; si  antes no le importaba irse, ahora mucho menos. 

Empezaron a irse de viaje todos juntos, a hacerse regalos en cumpleaños y fiestas  mientras a mí se me llevaban los demonios ante tal despliegue de felicidad. A la vuelta de  uno de esos viajes a París, Dubái o qué sé yo, mis nietos vinieron a visitarnos y, de  broma, les pregunté por mi regalo; ellos me dijeron que no habían comprado nada porque  no tenían dinero. En aquel momento, no le di importancia, eran dos críos de 14 y 16 años, seguramente se hubieran gastado su asignación mensual de orfandad en cualquier cosa.  Sin embargo, con el paso del tiempo, me di cuenta de que siempre estaban igual con el  dinero, incluso una vez mi nieta nos llegó a pedir a su abuelo y a mí para comprarse ropa  y algunas cosas para el instituto. Cuando le preguntamos qué hacía con su pensión, nos  dijo que su padre no le daba ni un céntimo. Con todo el dolor de mi corazón, tuve que  decirle a mi nieta que no le iba a dar dinero mientras su padre se gastaba todo el dinero  que llegaba a sus manos, que tendría que hablar con él y exigirle lo que por ley le  correspondía.

No es que mi ex yerno estuviese administrando el dinero de sus hijos para dárselo cuando fueran mayores, sino que se lo estaba gastando él mismo en regalos a su querida novia,  en viajes por todo lo alto. Por lo visto, no es que no tuviera suficiente con su propio sueldo y su pensión de viudedad, sino que además, dejaba sin un duro a sus hijos. Un día,  cuando nos enteramos de que se negaba a pagar un buen psicólogo a mi nieta porque  era muy caro, mi marido tuvo que tomar cartas en el asunto. Se presentó en la que fue la  casa de nuestra hija después de un año sin cruzar la puerta y le dijo a nuestro ex yerno  que si no le habíamos denunciado ya era únicamente por sus hijos, ya que no queríamos  causarles mayores trastornos, pero que si continuaba apropiándose de un dinero que no  era suyo o se enteraba de que a esos niños les faltaba cualquier cosa, nos veríamos las  caras delante de un juez. Como era de esperar, mi marido recibió insultos por doquier,  pero desde entonces mis nietos reciben su paga íntegra. 

Después de aquel enfrentamiento, mi ex yerno se dedicó a pasearse con su novia por  todos aquellos lugares donde sabía que cualquier miembro de la familia podía estar.  Incluso sabemos por mis nietos que alguna vez la ha llevado a casa, aunque la única  condición que puso mi hija antes de morir para que él tuviera el usufructo de la casa fuese que ninguna otra mujer pisara su hogar. No tengo nada en contra de esa chica, es más,  siento una pena terrible por ella. La vida me quitó a mi hija, lo único que me importa ahora es que a mis nietos no les falte de nada. 

*Relato escrito por Mar Martín basado en un testimonio real.