Si hace unos años alguien me hubiera dicho que mi vida social dependería de a qué colegio iba a llevar a mis hijos o de con quien jugaran en el recreo, me habría reído en su cara.

Canal de mamis en whatsapp, vente!

Más que nada porque yo tenía amigas. Amigas de verdad. De esas con las que quedas para irte de escapada a la playa, con las que improvisas unos vinos un jueves por la tarde después del trabajo, te vas de brunch, de concierto o al fin del mundo si hace falta.

Amigas que me conocían mucho antes de ser madre. Algunas nos conocíamos desde el colegio, eran amistades de años. Fantaseábamos con quedarnos embarazadas a la vez para que nuestros hijos tuvieran la misma edad, jugaran juntos y fueran al mismo colegio.

Pues resulta que nuestros hijos ni son amigos, ni van al mismo colegio, en algunos casos, ni se conocen.

Porque la vida a veces te lleva por caminos distintos. No hubo sincronización mágica de óvulos ni embarazos a la vez. Algunas tardaron más, otras menos. Algunas decidieron no ser madres. Otras se mudaron. Y sin darnos cuenta, nuestros destinos se separaron.

Algunas seguimos siendo amigas, pero sólo nos vemos cuando se alinean los planetas y podemos quedar. Pero claro, ni nuestros maridos son amigos, ni nuestros hijos tampoco. Somos mujeres con horarios complicados, rutinas distintas y cada una tiene su vida.

¿Y que pasa? Pues que al final las circunstancias te obligan a hacer nuevos amigos, y sin darte cuenta, un buen día estás tomando café, después de dejar al niño en el cole, con la mamá del compañero de tu hijo.

He de decir que yo al principio me resistía a entablar nuevas amistades. Cuando mi hijo empezó la escuela infantil, yo aún quedaba con mis amigas de toda la vida, aunque eso me supusiera tener que desplazarme a mi antiguo barrio, que está a media hora en coche, para tomar un café. O quedar un domingo en el centro para cenar con ese grupito de amigas que aún no han sido madres. Que está muy bien de vez en cuando escaparate de cañas al centro, pero cuando tienes hijos tus horarios y prioridades cambian.

Por eso, lo más cómodo es hacer nuevas amigas, y ¿dónde vas a encontrar amigas? Pues en la puerta del cole de tu hijo. Son madres como tú, agotadas veinticuatro siete, y con ganas de ir a desayunar al bar y despellejar a los maridos.

Todo empieza con un “hola, ¿tú eres la mamá de Fulanito?” y terminan siendo las personas con las que compartes confidencias mientras vigilas que tu hijo y el suyo no se peleen en el parque.

Al final son personas que están en el mismo momento vital que tú. Ellas saben lo que es salir de casa por las mañanas sin haberte lavado la cara. Saben lo que es discutir con tu hijo, a las ocho de la mañana, porque se quiere poner una sudadera que ya se puso ayer y está para lavar. Saben lo que es sentir culpa por trabajar, o por no trabajar; por gritar, o por no gritar. No necesitas contextualizar nada. No necesitas justificarte. No necesitas explicar por qué llevas tres días con el mismo suéter.

 

De repente, esas mujeres que veías cada mañana en la puerta del colegio se convierten en tu red de apoyo. Y te descubres a ti misma pidiéndole a una de ellas que te recoja a tu hijo a las cuatro porque hay tráfico y llegas tarde. Le confías lo que más quieres en el mundo, que es tu hijo a una de esas mujeres que, hasta hace poco tiempo, eran unas perfectas desconocidas. Pues ahora son las que te echan una mano con los niños. 

Y celebran tus logros, como cuando consigues que tu hijo pequeño se vista solo por primera vez. Ellas te aplauden y se siente orgullosas de ti, como si hubieras escalado el Everest.

Pero la amistad maternal también tiene su lado surrealista. Porque muchas veces no eliges a estas personas. Te tocan. Son las mamás de los niños que van a la misma clase que tu hijo. Y te puedes llevar genial con una mamá, que como cambie al niño en Primaria y lo lleve a un cole distinto, se acabó esa amistad para siempre.

A veces también pasa que la mamá con la que tú más congenias, esa con la que te llevas de perlas porque tiene un carácter que cuadra con el tuyo, pues tu hijo y el suyo no se soportan. Tu hijo prefiere ser el mejor amigo de la mamá siesa que no te cae mal, pero tampoco vas a convertirla en tu amiga y confidente.

Quizás dentro de unos años, cuando los niños crezcan y dejen de necesitar que organicemos su vida social y los llevemos al parque, muchas de estas amistades se diluyan. O quizá no. Algunas desaparecerán, otras se transformarán y unas pocas se quedarán para siempre.

Pero, de momento, son las que están. Las que comparten contigo el caos cotidiano de criar a un mini ser humano.