Hace poco se generó un revuelo considerable porque una chica joven, con miles de seguidores en redes sociales, anunció que se mudaba a París a cursar estudios relacionados con las artes. Un hito académico del que todo el mundo quiso opinar por un hecho excepcional en el testimonio: la chica es madre de un niño de unos 5 o 6 años, se iba a mudar sola e iba a dejar a la criatura con sus abuelos maternos.

Todo el mundo escogió un bando de inmediato: quienes consideraban que no podía abandonar así a su hijo, y que tenía que ser consecuente con su condición de madre; y las que la animaban a perseguir sus sueños porque la vida no termina con la maternidad. [Luego están las que andan diciendo a todas horas que qué nos importa a nosotras las vidas de los demás, que pueden ignorar este post directamente].

Tu hijo por encima de todo

La chica recibió mensajes muy duros que una no sabe si nacen de valores muy férreos, de envidia pura o de una mezcla de ambas. ¿Quién no querría formarse en una universidad de prestigio europea y una ciudad cosmopolita que es capital cultural?

En su cuenta y en las cuentas de otras personas que opinaron sobre el asunto, le afeaban su egoísmo: que si el pobre crío ya le sobraba, que le iba a generar un trauma por abandono y que no tenía por qué renunciar a sus sueños, pero sí podía llevarse al niño con ella. Y ella explicaba que primero quería estabilizarse y que ni siquiera había encontrado piso en París.

Hay cosas ciertas en ese debate: el impacto emocional de la separación para el niño (sea muy leve o no), el cambio en la relación madre-hijo en un momento clave del desarrollo y la dicotomía estabilidad versus desarrollo profesional. Es frecuente que estas dos últimas no vayan de la mano, y muchas personas piensan que, con un hijo, hay que priorizar siempre el primer concepto.

Tú por encima de todo

En el extremo opuesto se ubicaron las mujeres cansadas de arrastrar el estigma de la madre que es cuidadora por encima de todo. Se quejaban de que se les atribuya ese papel que las despoja por completo de su personalidad y sus sueños, en favor de sus hijos.

Tampoco faltaban los testimonios de todas esas hijas de migrantes que, en su día, vieron a sus madres marchar en busca de un futuro mejor. Afrontaron lejos de sus familias las penurias de los nuevos comienzos, la incertidumbre y la precariedad hasta que se vislumbró un mínimo de prosperidad. Y, entonces, reunieron a la familia en el nuevo destino. “El día de mañana, tu hijo estará orgulloso de ti”, le decían algunas. De algún modo, se convertirá para él en un ejemplo de independencia y crecimiento.

Una versión honesta que me gustaría tener es la de los abuelos. Si los padres de esa chica que se marcha a perseguir sus sueños la animan encarecidamente, y están encantadísimos de quedarse con su nieto, el debate tiene poco recorrido. Ella se perderá muchos hitos importantes de la infancia de su hijo, una etapa corta que ya no vuelve, pero con viajes frecuentes y contacto diario se puede mitigar la ausencia.

Otra cuestión interesante es, como siempre, el maldito género. ¿Se hubiera montado debate alguno si el que se va a perseguir sus sueños es el padre de la criatura? Aventuro un rotundo NO. A él SÍ que se le hubiera catalogado como hombre valiente y decidido que busca la prosperidad de su familia, porque su rol tradicional es el de proveedor. Es más, en esta historia, tengo entendido que el padre del niño ni está ni se le espera, una cosa por la que nadie se ha puesto las manos en la cabeza.

El término medio

El sentido común tiene que primar en estos casos. Tendemos a posicionarnos con rapidez y a hacer bandera de nuestros argumentos, pero ni una cosa ni otra. Ni abandonar a tus hijos ni renunciar a tus sueños.

Siento especial admiración por mujeres como mi madre, que, teniendo dos niños aún en primaria, se quedaba dormida con la lamparita encendida y su manual de las oposiciones en la mano. Estaba rendida por el cansancio del trabajo, la casa y los niños, pero, con ayuda de su marido (mi padre) y sus padres (mis abuelos), logró obtener su plaza en la sanidad pública sin dejar de ocuparse de nosotros un solo día.

Pero no es cuestión de poner a nadie de ejemplo de lo que está bien o lo que está mal. Las cosas llegan cuando llegan, y muchas veces es el embarazo antes que la carrera o el puesto de trabajo de tu vida. Si encuentran la manera de hacerse presentes en las vidas de sus hijos, cualquier madre persiguiendo sus sueños es un desafío a este sistema anticonciliación y ante una sociedad moralista muy marcada por la tradición y los roles. Por ello, también tienen mi admiración.

Esse