Si alguien me hubiera contado años atrás la historia que os voy a relatar, jamás me la habría creído. Probablemente habría dicho que este tipo de cosas solamente pasan en las telenovelas más enrevesadas y en los dramas poco creíbles de las pelis de sobremesa del domingo. Pero me temo que, en ocasiones, la realidad supera a la ficción. Por desgracia para mí.
Llevábamos juntos siete años, casados tres de ellos. Nuestro matrimonio no era perfecto, pero iba considerablemente bien, o eso pensaba yo. Había amor, cariño, respeto y confianza, habría asegurado. El sexo había decaído bastante, pero lo consideraba normal. Ya no éramos tan jóvenes, el tiempo juntos nos hizo entrar un poco en la monotonía y además trabajábamos mucho, cada uno en una oficina ocho horas al día. No obstante, una o dos veces en semana me parecía suficiente. Pensaba que a él también, de hecho no mostraba ningún signo de que no fuese así. Quién me iba a decir que mientras yo vivía en mi burbuja de felicidad, noches de manta y Netflix y domingos de desayuno en la cama, mi marido estaba siendo protagonista de un reality show digno de la isla de las tentaciones.

El fatídico día en que todo se destapó lo llevaré grabado a fuego en la memoria el resto de mi vida. Estaba en la oficina revisando los mails cuando vi uno que me llamó la atención. El asunto decía «Me temo que tenemos algo importante en común». Ese click supuso un antes y un después en mi vida, después de ese momento no hubo marcha atrás. Decía llamarse Laura y adjuntaba fotos en las que se la veía con mi marido en lo que parecía un viaje. Salían besándose, desnudos en la cama, posando con el mar de fondo, y demás fotos íntimas propias de una pareja enamorada. Me quise morir. Todo empezó a girar a mi alrededor, me dolía el pecho y creía que iba a darme un infarto. Me levanté de la silla y corrí al baño. Estaba tan impactada que al principio ni siquiera lloré y entré en fase de negación. Seguro que todo era mentira y esas fotos estaban manipuladas. Tenía que ser una broma. O quizás alguien quería hacernos daño, hacerme daño. Quizás esa tal Laura estaba enamorada de él y quería que yo le dejase. Quizás lo conocía del trabajo, o del gimnasio y esta era su estrategia para robármelo. Traté de calmarme, salí del baño y me excusé en el trabajo. Necesitaba irme y descubrir qué estaba pasando.
Ojalá hubiera sido mentira, ojalá Laura hubiera manipulado las fotos, pero cuando las abrí de nuevo al llegar a casa, supe en el fondo de mi corazón que aquello era real. Le respondí pidiéndole hablar por teléfono y dándole mi numero. A los pocos minutos sonó mi móvil. Allí estaba, la amante de mi marido, la mujer con la que me había puesto los cuernos, en la pantalla de mi teléfono. No podía imaginar que aún me quedaba mucho por descubrir.

Ella vivía en Portugal, y se habían conocido por una app de citas hacía unos meses. Él le dijo que estaba de viaje y que buscaba a alguien que le hiciera el favor de mostrarle los lugares más hermosos de la ciudad. Se acostaron ese mismo fin de semana y desde entonces seguían en contacto. Le pedí que me dijese la fecha de aquel viaje, y lamentablemente coincidía con el primer viaje de trabajo a Portugal que él hizo un año y medio antes. Después de aquel, hizo unos pocos viajes más a Portugal, supuestamente de trabajo, aunque ella me desveló que no lo eran. La realidad había salido de su escondite y me había pegado una torta en toda la cara. Pero esto solo era la punta del iceberg. Al parecer nosotras dos no éramos las únicas. En su última visita lo había notado distante y muy distraído y, escamada por su actitud le miró el móvil en un descuido de él. Fue ahí cuando descubrió mi existencia, y no solo eso, además de nosotras había dos mujeres más con las que hablaba y se estaban intercambiando fotos íntimas mientras pasaba el fin de semana con ella. Sintiéndose traicionada, copió los datos que encontró de nosotras en el móvil de mi marido, nos rastreó por redes y nos mandó el mail a las tres.
Cuando colgué me hundí en la miseria. Mi marido no tenía una amante, como pensaba, tenía cuatro contando conmigo. No me sentía con fuerzas para afrontar todo aquello aún, así que le llamé y le dije que iba a pasar la noche en casa de mi madre para cuidarla porque había pillado un virus. Y allí, tendida en la cama de mi infancia, en casa de mis padres, lloré hasta quedarme seca.

Confrontarlo al día siguiente fue lo peor de todo. Quería mantenerme digna y no mostrar debilidad, pero fue imposible. Pensé que al menos tendría el valor de reconocerlo todo, pero lejos de aquello lo negó todo. Así que me vi obligada a sacar las fotos que tenía en mi poder y, viéndose acorralado, tuvo la poca vergüenza de intentar engañarme diciendo que ellas no significaban nada y que me amaba solo a mí. Perdí los nervios, grité, lloré. No contento con la traición, ahora me trababa como si fuese imbécil. Aquello era imperdonable y así se lo hice saber.
Durante mucho tiempo repasé obsesivamente nuestra vida, nuestro día a día, buscando algún detalle que hubiese pasado por alto, alguna pista de todo aquello que ocurrió a mis espaldas. Pero no encontré nada. Su capacidad para ocultarlo me resultó incluso aterradora. Sentía que había pasado siete años junto a un hombre al que en realidad no conocía. Mi vida se había derrumbado y mi corazón estaba hecho trizas.
No mentiré, esto ocurrió hace dos años pero el dolor aún vive conmigo. Y dudo que se vaya a ir nunca. Pero una vez que nos divorciamos oficialmente pude centrarme en ir recomponiendo mi vida. Porque aunque esté claro que este suceso me dejará marca para siempre, no estoy dispuesta a dejar que el recuerdo de aquel error me arruine la vida que me queda por delante.
Escrito por Carol M., basado en un testimonio real anónimo.