A estas alturas de la vida todavía hay gente que no se ha enterado de que las pantallas no son recomendables para los niños, y mucho menos para los bebés. Hay estudios, pediatras, psicólogos y hasta la Organización Mundial de la Salud diciéndolo a gritos. Y, aun así, siempre aparece alguien que decide plantarle el móvil en la cara a mi hijo.

Estamos tan acostumbrados a usar el móvil para todo, que nos parece una genial idea ponerle un video de Youtube a un bebé de meses. Y no hablo de los propios padres, que ahí no me meto, cada padre que haga con su hijo lo que crea conveniente.

Hablo de personas random que, sin preguntarte, le dejan tu móvil a tu hijo de veinte meses para que vea un rato La Patrulla Canina. Me da igual que me llaméis exagerada, pero para mí, ponerle delante de los ojos una pantalla con un video a un bebé, sin consultar a sus padres, equivale a darle de comer algo sin saber si ya lo ha probado antes, si puede comerlo o incluso si puede ser un alimento que le de alergia.

Es igual que darle un bollo de chocolate a un niño de menos de dos años sin preguntar a la madre. El azúcar es malísimo para los niños. Pues las pantallas, también.

Y cuando antes he dicho alguien random, me refiero a mi madre, mi padre, mi tía o cualquier familiar que se permite el lujo de ponerle videos a mi hijo en su móvil sin preguntar si pueden. Encima se sueltan el famoso “por un poquito no pasa nada”. Pues no, lo siento, sí pasa. Y no porque un minuto de pantalla vaya a destrozarle la vida a mi hijo (no dramatizo), sino porque es mi decisión como madre si quiero o no que tenga ese estímulo, igual que decido si come chuches, si bebe refresco o si se acuesta a las nueve o a las once de la noche.

Respeta mis límites (aunque no los compartas)

Aquí está la clave: no hace falta que estés de acuerdo con mis decisiones de crianza. Puedes pensar que soy una talibana de las pantallas, que soy una intensita o que me creo mejor madre porque no dejo que mi hijo vea vídeos. Me da igual. Lo único que te pido es que respetes mis límites.

Si te digo que no quiero que le des azúcar, no se lo des.
Si te digo que no quiero que lo cojas en brazos, no lo hagas.
Y si te digo que no quiero que le pongas vídeos en el móvil, respétalo.

No es negociable. Porque el respeto no va de si estás o no de acuerdo, va de aceptar que yo soy la madre y que yo tomo las decisiones. Y si no te gusta, lo siento mucho, pero es lo que hay.

Vivimos en una sociedad en la que las pantallas se han convertido en el nuevo chupete para que el niño no moleste. Un niño llora en el restaurante: móvil. Un niño se aburre en la sala de espera del médico: móvil. Un niño protesta en el coche: tablet con dibujos.

Y ojo, no juzgo. Que levante la mano la madre que nunca, jamás, en un momento de desesperación, haya tirado de YouTube o de Netflix para tener un momento de tranquilidad. Yo la primera.

La diferencia está en que yo, como madre, decido cuándo, cómo y por qué se usa. No me parece normal que alguien ajeno a mí coja su teléfono y se lo ponga en la cara al bebé.

Que conste que no soy la talibana de las pantallas

No me considero superior a nadie por no dejarle el móvil a mi hijo. En casa, tenemos móviles y ordenadores, pero, por ejemplo, no tenemos ni tablet ni ebook.

Yo leo mucho y siempre en papel. Y tenemos una biblioteca de cuentos infantiles que nada tiene que envidiar a las municipales. Además, tenemos los cuentos en el salón, a la vista, para que sean accesibles y mi hijo los coja cuando quiera. La verdad es que prefiero gastarme el dinero en cuentos y libros de papel que en una tableta. Prefiero que mi hijo se entretenga con un libro antes que con una pantalla.

 

Televisión tenemos, por supuesto. Y mi hijo ve la tele, no somos unos ogros. De hecho, ve la tele más tiempo del que debería, porque tenemos otro hijo de 6 años (que no tiene tablet, por cierto) y muchas veces se sienta en el sofá a ver la tele con su hermano. No podemos prohibir al mayor que vea la tele para que el pequeño tenga cero pantallas, pero ven programas adecuados para su edad y, por supuesto, controlamos el tiempo que la televisión está encendida.

En la vida de mis hijos hay pantallas, pero una cosa es que vea la tele un rato y otra muy distinta ponerle un móvil en sus manos para que no me moleste.  Hay cosas que no voy a hacer, como ir a comer a un restaurante y colocarle una pantalla a mi hijo a dos centímetros de su cara para que nos deje comer tranquilos. Y si yo no lo hago, solo pido que los demás tampoco.