Tengo que reconocer que lo mío con mi cuñada fue odio a primera vista. No es que me hiciera nada en concreto, simplemente no me cayó bien. Fue correcta y educada conmigo, pero había algo en su forma de hablar, en su forma de moverse y de dirigirse a los demás que hizo que no me agradase.

Después de aquella ocasión, la cosa no mejoró. Fui observando que era una persona muy directa, con pocos filtros, siempre decía lo que pensaba pero no siempre pensaba antes en lo que iba a decir. Tan segura de sí misma que casi me intimidaba. Además, solía ir maquillada y arreglada como si tuviera un evento especial todos los días del año. Eso contrastaba conmigo radicalmente. Soy una persona bastante introvertida, en ocasiones no hablo por no ofender e intento ser siempre políticamente correcta. Además, soy amiga de lo sport y el maquillaje casi me da alergia, me siento cómoda con mi cara lavada. Digamos que, de algún modo, todo el pack de lo que ella representaba me hacía sentir una mezcla de rechazo y desconfianza. Iba por la vida como si de verdad no necesitase caerle bien a nadie, mientras que yo siempre he vivido pendiente de agradar a los demás. Para mí, su actitud era incluso ofensiva.

No obstante he de decir que esto solo me ocurría a mí. Ella siempre acababa cayendo bien, en realidad. A lo largo de los primeros años de relación coincidió con mis amigos y mi familia en más de una ocasión y, aunque me reconocían que era una persona peculiar, a todos les agradaba al final.

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Llegué a hablarlo con mi pareja. Tardé mucho en hacerlo, porque al fin y al cabo era su hermana y él la adoraba, pero fue bastante comprensivo. Me estuvo escuchando y me pidió que le diese una oportunidad, que estaba dejando que me condicionasen mis ideas preconcebidas y eso me impedía conectar con ella. Y sí, os aseguro que era así, aunque entonces no lo supe ver.

Nos casamos, tuvimos un hijo y aprendí a tolerarla. Intentaba no hablar mucho con ella y cuando surgían planes en común cruzaba los dedos para que se marchase pronto. Mi marido incluso había asumido que eso no iba a cambiar, cosa que le dolía. Hasta que un día, la vida me obligó a verla de forma diferente.

Tras una mala racha laboral, mi marido consiguió trabajo en Madrid, a casi cuatrocientos kilómetros de casa. Decidimos aceptar el reto, puesto que más adelante podría acogerse a teletrabajar, pero no fue nada fácil. El vivía en Madrid de lunes a viernes y yo hacía malabares en casa para conciliar mi trabajo con criar a nuestro hijo de cuatro años. Irnos todos a Madrid era inviable, así que tocaba aguantar el tirón. Y de repente la vida se puso aún más patas arriba.

Mi hermana tuvo un accidente. Un atropello que, por suerte, no fue fatal, pero sí lo bastante grave como para dejarla pendiendo de un hilo durante varios días. Todo se convirtió en un caos. Mi madre desbordada por la situación, mi padre deprimido y temiendo lo peor, y yo intentando hacer malabares entre el trabajo, los turnos en el hospital y el cuidado de mi hijo. No éramos más que nosotros tres y una amiga de mi hermana, sin más ayuda de nadie.

Y fue entonces cuando sonó mi teléfono. Era mi cuñada, preguntando por mi hermana y por todos nosotros. Le conté un poco por encima, no tenía ganas de darle demasiadas explicaciones, aunque no pude evitar echarme a llorar mientras hablaba. Apurada, le dije que tenía que dejarla porque llegaba tarde a recoger al niño y no me dejó acabar la frase para ofrecerse a ir por él y quedárselo en casa el tiempo que fuese necesario. Me sorprendió pero, agradecida, accedí.

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Cuando fui a recoger al peque al final del día ella me abrazo nada más abrir la puerta y yo lloré desconsoladamente sobre su hombro. Me hizo pasar y me preparó algo de cena a pesar de que yo insistía en que no quería molestar más. Pasamos un par de horas hablando de todo un poco. Cuando salí de allí, la losa que sentía en el pecho al llegar era un poquito menos pesada. Y yo iba cargada de gratitud, con ese sentimiento que te inunda cuando tienes la sensación de que alguien te ha salvado sin tú siquiera pedirlo.

Durante las cuatro semanas que mi hermana estuvo ingresada, ella estuvo ahí para echar una mano en todo. Con sus pocos filtros, sus frases directas, sus tacones de aguja y sus labios rojos, todo eso que me había chirriado durante años ahora me daba exactamente igual.

Cuando pasó esa etapa tan dura, decidí quedar con ella para sincerarme. Sentía que le debía una disculpa. Nunca había sido descortés o maleducada con ella, pero era evidente para todos que no era precisamente mi persona favorita sobre la faz de la tierra. Y, como era de esperar, no se sorprendió cuando le dije lo que había sentido hacia ella durante años. Me dijo que lo sabía pero que le daba igual, y que tampoco lo había hecho para que yo cambiase mi opinión hacia ella, sino porque, aunque me sorprendiese, me apreciaba y sabía que necesitábamos ayuda en esos momentos tan complicados. Me sentí una imbécil. Había sido una capulla integral los últimos años y no me merecía la comprensión y bondad que ella estaba mostrando hacia mi persona.

Acabé comprendiendo que yo había creado en mi cabeza una idea sobre mi cuñada en base a mis propias inseguridades y complejos. Yo, que siempre me creía justa con los que me rodeaban, había descargado todas mis frustraciones ocultas sobre ella y su forma de ser, creando una imagen mental que no se correspondía con la realidad. Me había comportado como una idiota inmadura durante años.

Rectifiqué por completo y hoy puedo decir que mi cuñada es uno de los apoyos principales que tengo en mi vida. Y tengo claro que jamás podré agradecerle lo suficiente lo mucho que hizo por mí y mi familia durante aquellas durísimas semanas. Estaré en deuda con ella de por vida, y juro que no me pesa en absoluto.

Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo.