La despedida de soltera es uno de esos momentos que una piensa que serán la bomba. Pasas días imaginando qué habrán planeado tus amigas para ese gran día y deseando que llegue el momento de pasarlo genial con todas ellas. Pero a veces las expectativas se vuelven demasiado altas y las cosas no salen exactamente como imaginábamos.

En mi despedida de soltera hubo un caballo de Troya. Mis amigas se organizaron para planear una despedida a mi medida. Ellas sabían que no quería ni grandes locuras ni ser secuestrada para un viaje. Solo quería que estuvieran las mujeres de mi vida pasándoselo bien, riendo y bailando, donde quiera que fuese, pero disfrutando. Por eso, me avisaron del día y la hora a la que pasarían a por mí, me pusieron una corona, una banda de novia, una capa blanca con luces y me vendaron los ojos.

sorpresa

Cuando me quitaron la venda, me encontré en una sala que habían alquilado, decorada con flores, globos y guirnaldas de luces, y allí estaban todas: mis amigas, mis primas, mi hermana y, para mi sorpresa, también mi cuñada. Me extrañó verla allí, pero en el fondo me alegré. Nuestra relación no era mala, pero tampoco habíamos tenido mucho feeling nunca. Verla allí me pareció una buena señal, un indicio de que quizás quería tener un poco más de relación conmigo ahora que me iba a casar con su hermano. Lo interpreté como una muestra de buena voluntad. Cuánto me equivoqué.

La fiesta estaba siendo genial, todo iba sobre ruedas. Mis amigas habían planeado juegos, habían contratado un Dj y habían preparado mis cócteles favoritos. Mojitos, música y mis chicas. ¿Qué más podía pedir? Estaba eufórica.

happy

Entonces mis amigas anunciaron un juego: cada persona debía decir en voz alta algo sobre mí, ya fuera un recuerdo, un sentimiento o una cualidad. Dijeron cosas preciosas, tanto que no pude reprimir las lágrimas. Entonces llegó el turno de mi cuñada. No era una persona muy alegre ni vivaracha, por lo que no interpreté su gesto serio como un avance de lo que iba a decir. Me miró y sin ningún tipo de emoción dijo: «Lo siento, pero yo no tengo nada bueno que decir. Realmente ni siquiera me caes bien».

Se hizo el silencio en el grupo, como si hubiese caído una bomba y hubiera arrasado con todo. De entrada fui a reírme, pensando que era una broma, pero su expresión me dejó claro que no lo era. Me levanté y me fui al baño. Necesitaba estar sola y respirar hondo. ¿Por qué me hacía esto? Si ni siquiera le caía bien, ¿para qué venir? ¿Por qué tenía que reventar mi despedida de soltera? Porque evidentemente había venido para eso, no podía haber otra lectura de lo ocurrido. Se me saltaron las lágrimas por mucho que traté de reprimirlas. No tenía a mi cuñada por una persona cruel, pero estaba claro que lo era. Y también mala. Me gustaba pensar que la gente, en general, era buena. Pero no pensaba excusarla después de ese comportamiento.

stupid

Entonces me miré al espejo: allí estaba yo, preciosa, con mi corona, mi banda y mi capa de lucecitas, con el rostro lleno de lágrimas provocadas por una imbécil que solo había querido hacerme daño. Y me di cuenta de que lo ocurrido no tenía por qué cambiar mi realidad. Había sido un momento muy desagradable, pero no iba a darle lo que quería. No permitiría que arruinase mi despedida de soltera. Iba a salir ahí fuera, le diría que se marchase y me lo iba a seguir pasando genial. Y después, me casaría con el amor de mi vida, por mucho que a ella no le gustase.

Volví a la fiesta y nada más entrar todas mis chicas corrieron hacia mí para abrazarme. Acabamos saltando al ritmo de la música y riendo, todas abrazadas. Mi cuñada ya no estaba, mi hermana la había echado en cuanto me fui. Y así, resurgida de mis cenizas, terminé la noche de mi despedida de soltera disfrutando como siempre había soñado, rodeada de las mías.

decission

Mi cuñada intentó fastidiarme un momento importante de mi vida de la forma más cruel posible, pero no lo consiguió. Sin embargo, al día siguiente, mi marido y mi suegra se le echaron encima cuando, de pasada y como sin darle importancia, comenté lo ocurrido durante el almuerzo familiar en casa de mis suegros. Jamás olvidaré su mirada de odio y el sentimiento de satisfacción que experimenté. Y se ve que aprendió la lección. Porque supongo que le sigo cayendo mal, pero no ha vuelto a tener la osadía de intentar arrebatarme la felicidad en ningún momento.

Escrito por Carol M., basado en un testimonio real anónimo.