Llevo un tiempo dándome cuenta de que no quedo tanto con mis amigas desde que han sido madres.

No hablo de que ellas no tengan tiempo o cueste cuadrar un día, sino de que no me apetece.

No es ningún secreto que las cosas han cambiado y que ahora es imposible estar tranquilas charlando, o que les explique algo sin que tengan que interrumpirnos treinta veces, ya sea por baba, vomito, pañal, caídas o llantos, pero pensaba que encontraríamos la manera de encajarlo.

Ninguna queremos ser “esa amiga” de la que tanto se ha leído por aquí. Esa amiga que desaparece, que de repente no te llama o no te contesta, que hace sus planes y no te tiene en cuenta. Yo me juré que no lo sería, pero ahora que lo soy, vengo a decir que no me siento mal.

Le he dado muchas vueltas, porque antes me sentía culpable y me forzaba a verlas, lo intentaba de todas las maneras, pero es que no, no me sale, lo siento. Y no quiero intentarlo más.

Me sabe mal por ellas, pero al final cada una toma sus propias decisiones. Ellas decidieron tener hijos y cambiar su vida, yo elegí no tenerlos y conservar la mía.

No quiero hijos, precisamente para evitar esas cosas. No quiero hablar de bebés, no quiero ajustar mi horario a nadie, no quiero sujetarlos, limpiarlos o cuidarlos, no quiero tener que hacer favores derivados de la maternidad y, por supuesto, no quiero hacer planes completamente aburridos en los que la madre solo está de cuerpo presente, porque está pendiente de que el niño esté entretenido, pero no se acelere, esté tranquilo, pero no se aburra y se eche o no su siesta.

 

 

Yo quiero mi vida. Quiero hacer planes ruidosos o movidos, quiero ir al cine, salir a cenar y todas esas cosas que ahora ellas no pueden hacer. Su compañía ha quedado reducida a vernos en una cafetería o casa de alguien, siempre en horario de mañana para que al menos uno de los hijos esté en la guardería o colegio y dedicarnos a hablar mientras ellas miran el reloj para saber cuando se tienen que ir o aprovechan la quedada para poner lavadoras “ahora que están tranquilas”.

De verdad que las entiendo, es solo que yo no he escogido eso para mí. Y como no quería vivirlo, no me apetece vivirlo de rebote.

Soy consciente de la matrescencia y de como cambia la mente materna, su vida, su cuerpo, su relación y sus prioridades, pero de la misma manera que se entiende que a las madres ya no les apetecen según qué planes y los cancelen o dejen de ir, creo que se es más injusto con las amigas que de repente su círculo de amistades cambia y se ven metidas en algo que no les apetece.

Y yo he sido una de ellas eh, yo he crucificado a esas amigas que pasaban de ser íntimas a desconocidas en el momento en el que había un bebé, pero ahora las entiendo tanto. No es que no nos importen nuestras amigas, es que la compañía que nos ofrecemos ya no es óptima. Yo no me lo paso bien y ellas tampoco tienen la atención que les gustaría, por tanto, la mejor opción es retirarse.

Todo esto lo he hablado con una de ellas y al principio se sintió atacada, pero luego lo entendió.  Porque yo me he sentido como si se me impusiera un cambio de dinámica del que no quiero formar parte.

No descarto que en un futuro recuperemos el contacto. Pero ahora mismo, con la situación de ellas, es impensable vernos cada semana como hacíamos antes. Y creo que es algo totalmente respetable.

Ojalá todas las madres entendieran que para nosotras tampoco es fácil y no podemos cambiar como nos sentimos.

 

Anónimo

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