Me casé hace exactamente un mes. El día de mi boda fue precioso, estuve rodeada de mi familia, di el «sí, quiero» al hombre que amo y, de cara a la galería, fui la novia más inmensamente feliz del mundo. Sin embargo, bajo esa imagen de sonrisas, lágrimas de felicidad, brindis y baile, y aunque el día fuese uno de los más bonitos de mi vida, algo le dio un toque amargo. Llevaba clavada una espina que aún ahora me sigue escociendo por dentro. Una decepción tan profunda que ha conseguido enturbiar lo que debería haber sido una de las mejores etapas de mi vida. Estoy profundamente resentida con mis tres mejores amigas, porque me tiré esperando que me dieran alguna sorpresa como despedida de soltera hasta el último puto momento antes de caminar hacia el altar. Y esa sorpresa jamás llegó.

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Seguro que podéis llegar a pensar que soy una exagerada. Veamos. Para entender la magnitud de mi decepción, os pondré en antecedentes. Somos, o éramos hasta ahora, un grupo de cuatro amigas inseparables. Fui la última de todas en casarme, la que cerraba el ciclo de soltería del grupo. Y en las bodas de todas y cada una de ellas, fui yo la que se encargó de organizarles sus respectivas despedidas de soltera, dejándome la piel, el tiempo y la cabeza para que tuvieran unos recuerdos imborrables de aquel momento.

A la primera de ellas que pasó por el altar, le organicé un viaje espectacular a Ibiza. Recuerdo haberme pasado meses enteros pegada a la pantalla del ordenador, buscando los mejores vuelos, actividades, hoteles y además cuadrando calendarios para encontrar una fecha en la que pudiéramos ir las cuatro todo un fin de semana. No fue nada fácil, porque siempre había alguna que tenía algún compromiso, un turno de trabajo difícil o un problema de cualquier tipo. Pero lo logré. Compré los disfraces que íbamos a llevar durante la despedida para que fuéramos a juego, reservé los restaurantes con mejores reseñas, busqué los reservados de las mejores discotecas y, como sabía perfectamente que a mi amiga le encantaría y le haría muchísima gracia, también contraté un stripper. El acuerdo tácito era que lo pagábamos entre todas menos la futura novia, como debe ser, pero en realidad yo no les cobré muchas de las cosas. Compré adornos, accesorios y encargué detalles por mi cuenta porque quería que todo fuera perfecto, y sencillamente no me parecía bien andar pidiéndoles dinero por cada pequeña tontería. Lo hice con todo el amor del mundo.

Salió todo tan sumamente perfecto que, cuando la segunda del grupo anunció que se prometía, todas mis amigas coincidieron en que yo tenía que organizar la despedida de nuevo. Era como si me hubieran colgado la medalla de planificadora oficial. El listón estaba alto, así que preparé un viaje de tres días a París, Disneyland incluido. Fue mágico. Como era de esperar, volvió a salir todo absolutamente genial y lo disfrutamos muchísimo, exprimimos cada minuto en aquel viaje.

Y entonces se prometió la tercera. Para ese momento, aquello de ser la organizadora oficial del grupo ya se había convertido en una tradición. En esta ocasión, el destino elegido fue Múnich, coincidiendo en pleno mes de octubre durante el Oktoberfest. A la novia le flipaba la cerveza, así que no pudo haber una idea mejor ni más acertada para ella. Y como podéis imaginar, de nuevo esta despedida fue un éxito rotundo.

Aproximadamente un año después de aquel último viaje, por fin me prometí yo. Estaba pletórica. Una de las cosas que más ilusión me hacía, más allá de la boda en sí, era ver a dónde me iban a llevar a mí de despedida. Después de cómo me había volcado en organizar las suyas, estaba segura de que mi despedida sería increíble. Ahora me tocaba a mí dejarme llevar y ser la sorprendida.

Pero el tiempo pasaba y no ocurría absolutamente nada. Nadie me decía nada. Si el tema salía en nuestras conversaciones, era exclusivamente porque yo lo sacaba a relucir, intentando pillar alguna pista. Sus respuestas siempre eran evasivas: me decían que aún no había ocurrido porque estaba siendo súper difícil cuadrarlo todo, que no me preocupara, que ya me enteraría, que no decían nada más para no estropear la sorpresa y rápidamente cambiaban de tema de forma descarada. Ya llegaría, pensaba yo.

Y al final, de forma inexorable, llegó el mes de la boda. Y no había ocurrido nada aún. Me parecía rarísimo que hubieran esperado tanto. Me agobiaba muchísimo que la fecha fuera tan próxima al enlace, porque siempre habíamos hablado entre nosotras que el último mes era el más estresante para una novia y que hacer la despedida ahí era un rollo. Y las semanas de ese último mes fueron pasando, cayendo una tras otra en el calendario, y no llegó ninguna despedida de soltera. Fui bajando mis expectativas drásticamente: ya no esperaba un viaje a otra ciudad, me conformaba con una cena sorpresa, con una tarde en un spa todas juntas, con un simple brindis. Pero nada.

La bofetada final me la dieron la misma semana de la boda. Me dijeron que mi despedida «quedaba pendiente». Me soltaron que no habían podido cuadrar nada, que todas habían estado especialmente ocupadas y que había sido sencillamente imposible organizarse. Me quedé muerta. Me callé porque la boda estaba a escasos días y no quería amargarme más, pero os aseguro que me rompieron el corazón.

Ha pasado un mes desde que me casé y el rencor aún me reconcome las entrañas. He decidido alejarme un poco de ellas, poner tierra de por medio y enfriar el contacto, porque me he dado cuenta de que no me siento valorada ni querida en absoluto. Me han demostrado que no les importo lo suficiente. Yo estuve dispuesta a mover cielo y tierra por cada una de ellas, por celebrar su felicidad, su compromiso, su futuro, pero ellas no fueron capaces de encontrar ni una triste tarde para celebrar la mía. Supongo que cuando las aguas se calmen en mi cabeza y yo me sienta menos dolida, si es que ese día llega a pasar alguna vez, pienso sentarme a hablarlo cara a cara con ellas. Y tengo muy claro lo que les voy a decir: que han sido unas amigas de mierda.