Nunca habría imaginado que el hecho de asistir a una boda fuera a ser el principio de una serie de eventos que pondrían a prueba mi paciencia, mis relaciones familiares y los lazos que me unían a algunos de ellos. Todo esto empezó con una simple invitación, la de la boda de mi prima.

No es que tuviéramos muchísima relación, pero nos llevábamos bastante bien. Nos veíamos unas cuatro o cinco veces al año y en la ultima quedada familiar nos dio la gran noticia: se casaba con su novio de toda la vida.

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Era algo que realmente no pensábamos que fuera a ocurrir. Llevaban viviendo juntos varios años ya y no parecían muy interesados en pasar por capilla ni ayuntamiento, así que dimos por sentado que en algún momento se harían pareja de hecho y arreglado. Al fin y al cabo llevaban tantos años juntos que ya ni recordábamos cómo era la vida cuando aún no salía con él. Eran un pack y como pack se habían asentado en nuestro cerebro.

Todos nos alegramos muchísimo por ella y nos dijo que en breves nos llegaría la invitación. Creo que nadie lo vio venir, pero esa invitación fue el asunto familiar más comentado de la historia de nuestra estirpe. 

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Me llegó por correo, en un sobre de papel beige precioso, un papel especial, de esos que seguro que tienen hasta nombre propio. La abrí y comencé a leerla: once de mayo (miré la agenda y lo apunté sobre la marcha), en la ermita de nuestro pueblo (apunté comprar el billete de bus), y posterior celebración en la finca de los abuelos, como toda la familia había hecho siempre. La finca de los abuelos se solía alquilar para eventos como bodas y comuniones con muchos invitados, era un entorno rural precioso y en la familia siempre se habían celebrado las cosas importantes allí, no había lugar mejor y por supuesto tampoco más económico. Hasta ahí, todo normal. Pero entonces leí el último párrafo, colocado bajo un numero de cuenta bancaria: «Hemos pensado que podríais echarnos una mano con los muchos gastos de este día y de paso ponéroslo fácil con el regalo para que no tengáis que pensar: 150 euros por persona. Podéis hacer el ingreso en la cuenta bancaria arriba reseñada o por bizum. Será también la confirmación de asistencia, a medida que recibamos el ingreso daremos por confirmado que nos acompañareis en ese día tan especial». Me quedé ojiplática perdida. 

excuse me

Los mensajes de WhatsApp y las llamadas telefónicas del resto de la familia no tardaron en llegar. Durante esa tarde aquello parecía una centralita de un call center. El espíritu general era de indignación. Habían tenido la poca vergüenza de poner un precio por cabeza y de usarlo como modo de confirmación, es decir, si no pagabas no ibas. Además, la mayoría ya tenía previsto regalarle eso como mínimo, pero el hecho de que nos «obligase» a hacerlo había calentado al personal. Era mi caso, por ejemplo, tenía previsto regalarle lo mismo que al resto de los primos en sus bodas, doscientos euros, pero ahora no me daba la gana ni de regalarle los ciento cincuenta estipulados en la invitación.

Pronto se crearon dos bandos: por un lado los que nos negábamos a ir a la boda después de ese gesto y por otro los que, aunque estaban de acuerdo con que habían hecho mal, preferían conciliar con la familia y evitar un drama por la boda. Al final los comentarios llegaron a mi prima, que dijo no entender de dónde venía tanto revuelo si al final en las bodas todo el mundo regalaba eso como mínimo. Estaba claro que no pretendía reconocer que habían metido la pata y por tanto muchos de nosotros, sobre todo los más jóvenes, decidimos seguir adelante con nuestra negativa a asistir a la boda.

nope

A dos meses del gran día, mi prima estaba que echaba chispas. Somos una familia enorme, podemos ser cerca de ochenta en familia relativamente cercana entre hermanos, tíos, primos, sobrinos, hijos y demás. Es lo que tiene que la bisabuela tuviera doce hijos y la mayoría de esos hijos, entre ellos mi abuela, hubieran tenido entre cuatro y diez. Pues imaginaos cuántos serían si os digo que al menos el 30% no pretendía asistir. Es cierto que el número de negativas bajaba, pues poco a poco los que sí iban estaban convenciendo a los que no. Ese fue mi caso, de hecho. Mi madre consiguió convencerme de que era una buena ocasión para estar todos juntos, algo que era muy difícil conseguir en los últimos tiempos, me hizo un poquito de chantaje emocional y al final cedí a regañadientes.

Pero al parecer mi prima vio la luz un mes antes. Bueno, yo tengo la teoría de que su pareja intervino antes de que aquello acabase provocando un cisma en la familia. Por lo que teníamos entendido, a la suya tampoco le había sentado nada bien el asunto y a sus amigos menos. Todos recibimos un mensaje diciendo que nos sería devuelto el dinero que habíamos enviado como regalo y que sentían haber puesto lo que pusieron en la invitación. Decían desear que todos compartiésemos ese momento especial con ellos y nos rogaban que les disculpásemos por su error y acudiésemos a la boda.

sorry

Para mí, recularon demasiado tarde. Pero bueno, mejor tarde que nunca, dicen. La disculpa surtió efecto y apaciguó los ánimos. La boda se celebró tal y como estaba previsto y os aseguro que todos les hicimos un buen regalo, cada cual lo que vio oportuno, pero el hacerlo sin la presión y la obligatoriedad que se nos había exigido hizo que el desembolso doliese un poco menos.

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