No, mis hijos no volverán a ser tan pequeños como hoy
Hace unos meses leí que “Los únicos que se van a acordar dentro de 20 años de todo lo que has trabajado son tus hijos”. Esa frase ha cambiado mi forma de ver mi día a día y, por supuesto, mi manera de tomarme la maternidad. ¡A saber dónde estoy yo en 20 años! Pero, seguro que, esté donde esté, mis hijos me rondan, pero quizás no mi jefe.
¡La de veces que he tenido que pedir ayuda para poder hacer cosas del trabajo fuera del horario laboral! El año pasado fue de locura y tenía casi de interna a mi madre. Todas las tardes, al volver de trabajar y recoger a los niños del colegio, tenía algo que hacer: preparar presentaciones, corregir, releer algo… Y apenas veía a mis hijos con 2 y 4 años. Su abuela, para la que mis hijos son un chute de vida, estaba encantada y aprovechaba para venir más de lo necesario: así me ayudaba y yo así siempre “aprovechaba”: si no era del trabajo, eran lavadoras, cenas, cambios de armario…
He de admitir que, a veces, me sentía mal. Sin embargo, otras me creía una súper-woman que trabajaba como la que más, que cuidaba de sus hijos, que tenía familia preciosa y mucho que hacer (sí, como todas nosotras, lo sé. Ahora lo sé). Y esa sensación de tener que estar a mil historias era un tanto ambigua y me hacía ser un dependiente del trabajo para pensar que ya no sólo era madre.
Y leí la maravillosa frase. La leí y me planteé que mis hijos no volverán a ser tan pequeños como hoy. No volverán a llevar pañal, ni babero, ni a pedirme que les ayude con la comida. Pero yo sí volveré a tener tiempo de sobra para aburrirme cuando sean adolescentes y pasen olímpicamente de mí. Entonces, cuando llegue ese momento, estoy segura de que me tiraré de los pelos por no haberme sentado a merendar con ellos tranquilamente o de no tumbarme en su cama cuando me piden con esas vocecitas “quédate conmigo un poquito”. Son pequeños y lo son de verdad. No puedo asumir que son adultos en miniatura porque son niños. No tienen que saber lavarse los dientes y, a veces, necesitan ayuda para cosas tan simples para un adulto como vestirse, peinarse o echarse un vaso de agua. Y, esas “minucias” me ponían de los nervios porque necesitaba tiempo para otras. “¿Cómo no te vas a saber lavar los dientes si tienes ya 2 años?”. Pues eso, que tiene sólo dos añitos.
Cambié el chip. Rebajé mis obligaciones en la medida en la que pude, me quité de algunas historias que eran una carga y decidí vivir la slow life, como la llaman ahora, que se resume, a grandes rasgos, en estar con ellos, en disfrutar cada segundo y en exprimir al máximo los años que me van a necesitar para recordarlos cuando no me quieran ni ver.
Ahora por las tardes los recojo y vamos a merendar, al parque, a jugar dentro de casa si diluvia (como pasó durante más de un mes), nos duchamos juntos cantando y, a veces, tiene que venir mi madre a echarme una mano porque tengo algo de trabajo. Pero en la mayoría de ocasiones, cuando su abuela se viene con nosotros, es para estar todos juntos y disfrutar. Porque ni mis hijos volverán a ser tan pequeños, ni mi madre tan joven. Y eso ya es harina de otro costal.
