La crianza: ese tema tan controvertido que parece que nos pone a las madres en el punto de mira de toda la sociedad y que jamás haremos bien a ojos del resto. Es un hecho eso de que cualquiera podría ser mejor madre de mis hijos que yo, pues todo el mundo te dice cómo no deberías hacer esto, lo absurdo que es esto otro que haces… Y así tomes las decisiones que tomes y con el motivo que sea, lo haces mal para casi todo el mundo. Es algo tan normalizado ya que no me parece casi ni relevante comentarlo.
Y así es como empezó la maternidad de S. Ella es una mujer adulta con una carrera profesional bastante relevante. Se casó hace ya más de una década y hace unos años que su marido y ella decidieron ser papás. Una alegría para toda la familia.

Durante el embarazo no tardaron en aparecer los “es que las madres de ahora…” cuando ella decía que no podía comer embutido o que prefería la carne más hecha. Su suegra simplemente ponía los ojos en blanco en un gesto de desprecio y devolvía el filete sangrante a la sartén, pero su suegro sentenciaba abiertamente lo absurdo de las cosas que se hacían ahora. ¿El argumento? El de siempre. El que todas las que hayáis tenido hijos posiblemente hayáis oído más de una vez “Antes no se andaba con estas tonterías y no pasaba nada”, “Tantos cuidados y tanta tontería y así salen ahora, que un soplido los pone enfermos” …
Su marido siempre intervenía y le pedía a su padre un poco de respeto. Al principio intentaba explicarle los avances médicos, las estadísticas de mortalidad prenatal con relación a la toxoplasmosis, las discapacidades sensoriales… Pero daba igual, como a él no le pasó, es mentira y punto. Al final ya simplemente le pedía que se callase un poco cuando se ponía muy pesado y ya está.

Pero claro, si el embarazo ya pintaba así, os imagináis cómo pudo ser el asunto una vez el bebé nació. ¡Los esfuerzos que hicieron porque entendiera que no podía llegar fumando a su casa! Antes les daba igual que algún invitado se fumase un cigarro en su casa, aunque ellos no eran fumadores. Pero ahora, con el bebé en casa, habían decidido que en su casa no se fumaba. Pues ahí estaba el suegro, de cada visita “se le olvidaba”.
Les contó que cuando él era pequeño su padre fumaba no sé qué cantidad de puros y que eso los había hecho muy fuertes a todos, muy resistentes. En fin, esas teorías que muchas conocemos.
Cada etapa que iba pasando y S creía que se acabaría su calvario con su suegro y las críticas, aparecía algo nuevo que la llevaba por la calle de la amargura.
Cuando el niño cumplió dos añitos, S y su marido le regalaron por navidad una cocinita de madera muy chula. Con sus fogones, sus sartenes… Su suegro casi colapsa cuando entró en aquella casa y se encontró a su nieto fingiendo batir unos huevos imaginarios y ofreciéndole una tortilla.

Ese día hubo una discusión bastante intensa. Él les dijo a su hijo y su nuera que no iba a permitir que “amariconaran” al niño llenándolo de juguetes de niña como si aquello fuera normal. Que tenía que jugar con coches, pistolas y pelotas, como se hizo de toda la vida.
Ellos no pretendían explicarle, a estas alturas y con su poca apertura de mente, lo de que los juguetes no tienen género. Simplemente le hablaron de la importancia del juego simbólico, de cómo aprenden jugando a imitar… Pero él cada vez de enfadaba más y más y decía que eso lo iba a solucionar él. Durante la conversación, ambos le explicaron bien clarito que no iban a permitir que su hijo (al menos por ahora y ya verían si más adelante si o no) jugase con pistolas, metralletas y demás armas de juguete. Pretendían educarlo de una manera diferente a la idea que él tenía y habían decidido no permitir ese tipo de juguetes en casa.

Ese mismo año, esa misma navidad, apareció la primera pistola. No vayáis a pensar que una pistola de juguete o de esas que lanzan balas de espuma. No. Una réplica a no sé qué arma de no se cual ejército… ¡Vamos! Que ni un juguete era, era un objeto de coleccionismo sin sentido alguno para una criatura de dos años.
Ellos se enfadaron mucho por la mala intención del regalo y metieron aquel despropósito en un armario. Ese año, por su cumpleaños, llegó la primera metralleta de juguete. Ellos pusieron mala cara y después, en privado, le dijeron que se estaban cansando ya de que hiciese ese tipo de cosas, totalmente a propósito. Le dijeron que si lo volvía a hacer no le dejarían que le llevase cosas al niño.
El niño fue creciendo y a su abuelo no le quedó otro remedio que asumir que no podía hacer aquello si quería seguir teniendo contacto. Pero entonces, cuando el niño tenía 8 años y ya había tenido algún juguete de los que su abuelo estaría tan orgulloso (tenía coches e incluso una pistola Nerf para jugar con sus amigos) su abuelo vio vía libre a hacer lo que quisiera.

Cada vez que le dejan llevar a l niño al parque, que pide recogerlo en el cole o cualquier cosa que implique que no estén sus padres delante, aparece con una pistola, un fusil o una escopeta para el niño. Que si escopeta de balines, que si pistola de petardos, que si réplicas de armas de guerra… Todo un despropósito para la edad del niño y para las normas y el tipo de educación que ellos le quieren dar.
Después de un tiempo, el propio crío le expresó a su abuelo que aquello no le gustaba. Que los petardos le dan miedo, que con los balines puede lastimar a alguien y que los juegos de guerras y peleas no le gustaban nada. Entonces el abuelo, convencido de que es todo cosa de su madre, le riñe y le dice que con esa actitud no va a llegar a ser un hombre de verdad nunca, que qué es eso de que le dan miedo los petardos…
El niño ahora evita pasar tiempo a solas con su abuelo y S no puede estar más contenta con la decisión de su hijo, pues su marido, aunque le riñe y le pone límites, también lo justifica con el clásico “es que es hijo de otro tiempo” y le pide que pasen más tiempo juntos a ver si así su padre se ablanda un poco.
Este tema será un problema siempre, pues el abuelo no piensa cambiar y ellos tienen claro cómo quieren educar a su hijo.
Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.
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