Últimamente he tenido que explicar mi situación personal y familiar en varias ocasiones (por temas burocráticos) y me ha llamado mucho la atención la reacción de algunas personas. Después se han publicado varios artículos escritos por mí sobre este mismo tema y he visto una cantidad de comentarios interesante escritos con muy poco cariño.

Este artículo lo quise escribir ya varias veces desde enfoques muy diferentes… Y hoy por fin me pongo con él, a ver qué pasa.

Soy una mujer casada por segunda vez, tengo dos niños y una niña maravillosos a los que amo por encima de todo. Por una cuestión logística y económica llevo ya unos años sin trabajar, pues mis tres hijos tienen unas necesidades específicas que requieren que haya siempre alguien disponible para ellos, incluso en horario escolar (pero sobre todo después). Mi marido trabaja muchas horas fuera de casa y muy lejos.

Con su anterior trabajo me planteaba volver a trabajar contando con que en su descanso para comer solía recoger a los niños del cole y podría llevarlos a casa de mi madre para que mi margen de horario fuera más amplio, aunque no era mi pasión depender de otra persona a la que tener la vida atada a mis decisiones.

El caso es que al llegar la pequeña, a mi marido lo despidieron (si, por haberse cogido el permiso de paternidad, así son las cosas). No le costó mucho tener un nuevo trabajo similar, pues es un currante, y aunque sus condiciones en general mejoraron mucho y dejamos de tener miedo a dejar de cobrar como ocurría en la empresa anterior cada poco tiempo, ahora pasa el día lejos de casa. Esto hace que para una emergencia o una escapada rápida al cole sea imposible contar con él.

Si, nos planteamos que se quedase él en casa, y de hecho fue así un tiempo, pero ahora mismo los sueldos a los que opto yo no son comparables al suyo, así que lo más responsable y lógico era que yo me quedase en casa.

Durante los primeros años preparé unas oposiciones. Era muy difícil con la bebé en casa siempre, atendiendo a los mayores… Fue duro, pero fue una alegría ver que, a pesar de las dificultades, conseguí aprobar, aunque sin plaza.

No tardaron en llamarme para hacer sustituciones y comprobé que me había equivocado. Fueron 3 semanas horribles en medio del verano donde trabajaba toda la noche, llegaba a media hora de que mi marido se fuera y… Cuando la niña despertaba, se acababa mi tiempo de dormir. Mi madre, como siempre me ayudaba todo lo que podía, pero aun así no llegaba a dormir 5 horas al día y en varios tiempos.

Me di cuenta entonces de que había dejado de trabajar y que todo el esfuerzo que estaba haciendo por sacar una plaza en un trabajo que no me gustaba y que nos complicaría la vida muchísimo, ni siquiera podría reflejarlo en mi currículum. Así que cambié mi estrategia. Ahora estudio titulaciones oficiales (educación pública) a distancia por mi cuenta con el objetivo de volver al mundo laboral con mayor formación.

Tengo 37 años, mi pelo siempre está pintado de algún color llamativo. Llevo pendientes, tatuajes, un aro en la nariz y me preocupa poco ser extremadamente femenina. Todo esto, sumado a que diga que mis estudios y mi espacio personal es una prioridad para mí, al parecer, me han hecho una mala madre a ojos de la gente de fuera.

Sinceramente, no me preocupa. Sé quién soy y lo que hago. Sé todo lo que hago por mis peques, todo lo que lucho porque estén siempre lo mejor posible, porque no se vulnere ni uno solo de sus derechos y porque no les falte de nada. Pero me niego a justificarme más. Cuando escuchas mi situación con las discapacidades de los niños, con el nuevo diagnóstico de la niña, esperas ver a una mujer con un moño cuidadosamente recogido, vistiendo en colores sobrios, con zapatos bonitos y un pañuelo en la manga. Esperas ver a una mujer ojerosa que sonríe tiernamente y no se queja de nada… Pero esa no soy yo. Ni yo ni muchas de las madres de hoy.

Todo es válido. Esa mamá merece todo mi respeto. Pero creo que yo también lo merezco, aun cuando bostezo muerta de sueño y me brilla el piercing de la lengua. Aun cuando no encuentro tiempo de ir a la peluquería y llevo mi pelo desordenado al viento de cualquier manera. Cuando les digo a los niños “por favor, jugad un poco solos que necesito estudiar un poquito para no acostarme tan tarde”, cuando mi marido llega de trabajar y ve que ha sido un día difícil para mí y se los lleva a la cocina con él a preparar la cena y dejarme media hora de soledad.

No soy peor madre por seguir siendo yo. Cansada de que me dijeran “Hay que cuidar a quien cuida. Si tú no estás bien, ellos no lo estarán” decidí hacer caso y ahora soy una egoísta. Pues no, lo siento. No soy una madre abnegada. Y no lo siento.

Luna Purple.