Llevamos más de diez años juntos, una década completa creciendo de la mano, aprendiendo a convivir con nuestras manías, viviendo alegrías y superando baches. La gente siempre ha dicho de nosotros que somos una pareja ideal, que se nota a leguas lo mucho que nos queremos. Y es verdad. Nos queremos con locura y encajamos muy bien. Somos muy felices hoy por hoy, y cuando oigo esos comentarios sonrío y les resto importancia por modestia, pero la verdad es que estamos orgullosos de la pareja que formamos. No somos perfectos ninguno de los dos, ni de lejos, pero parece que sí somos perfectos el uno para el otro.

Cuando llevábamos cinco años, anunciamos que nos casábamos. Estábamos decididos a pasar nuestra vida juntos. El día de nuestra boda fue uno de los más felices de mi vida entera. Y para él también. Sin embargo, reconozco que dentro de mí siempre había habido creciendo un temor. Y es que todos pensaban que nos conocimos en un bar, por conocidos en común y tal, pero no era cierto. Nos conocimos a través de una app de citas, una noche cualquiera, a través de las pantallas de nuestros móviles. Tan simple como eso. Tan cotidiano. Y tan nuestro. Y solo lo sabía una persona: mi suegro. Mi chico se lo contó porque él también había conocido a su pareja actual en una app. Pero a mí no me hacía ninguna gracias que existiese ese fleco suelto en nuestra historia.

No es que nos avergonzásemos. Al menos no como tal. Era más bien miedo a la reacción y prejuicios que pudieran tener en nuestras familias. Tenían idealizada a nuestra pareja y nos daba cosa que le restasen valor o importancia, o incluso que dudasen de la autenticidad de nuestro vínculo, por ese absurdo detalle. Para nosotros era algo normal, pero muchos de ellos seguían viendo las apps para ligar como algo raro y peligroso, sin ser conscientes de que no es más que otra vía más para conocer a alguien. Que hay que tener precauciones, claro, pero también con cualquier persona que conozcas por otra vía. El riesgo siempre existe cuando empiezas a conocer a alguien nuevo y le abres la puerta de tu vida. Así que, antes de la ceremonia, mi pareja habló con su padre y le explicó todo esto, pidiéndole discreción. Y gracias a eso, pudimos disfrutar de nuestro día plenamente. Cuando le vi esperándome en el altar, con la sonrisa sincera y preciosa que siempre me ha enamorado, supe que cada paso hasta ahí había valido la pena. Y aún ahora, nos comentan que nunca han visto a dos personas mirarse con tanto amor como nosotros ese día. Mi suegro cumplió y mantuvo nuestra pequeña mentirijilla en secreto. Pero en el fondo, una parte de mí seguía teniendo remordimientos por no haber sido nunca capaz de decir la verdad.

Hace unos meses, en casa de mi abuela, estábamos las dos a solas viendo álbumes de fotos antiguas. Mi relación con ella siempre ha sido muy especial, como una segunda madre. Ella lo sabía todo de mí, o casi todo, ya sabéis por dónde voy. Conocía la misma historia que le habíamos contado a todos, una historia que había ido adquiriendo detalles con los años, para hacerla más creíble y auténtica.

Entonces vi una foto de ella y de mi abuelo de muy jóvenes. «Mira nena, ahí casi acabábamos de conocernos tu abuelo y yo», dijo con emoción contenida en la voz. Entonces me di cuenta de que no conocía su historia, la de su romance. Habían sido una pareja ejemplar hasta que mi abuelo murió dos años atrás. De hecho, me sentía orgullosa porque mi matrimonio me recordaba al de ellos: dulce, respetuoso y lleno de amor. Así que le pedí que me contase la historia.

Comenzó hablando de su trabajo en un taller de costura del pueblo al que la llevaron a trabajar desde los doce años, de los días largos saliendo con los dedos llenos de pinchazos por los alfileres y la espalda agarrotada de la postura. Cuando ya contaba diecisiete años, saliendo un día de allí tropezó y se cayó al suelo. Un mozo, que es como ella llama a los chicos jóvenes, pasaba por su lado en ese momento y la ayudó a levantarse. Toda colorada, le agradeció el gesto. Y al día siguiente, al salir del taller, el mismo muchacho la andaba esperando. Me contó, con los ojos perdidos en el pasado, cómo él se le acercó directo y decidido para invitarla a salir, y cómo ella, ya encandilada por él, le pidió que hablara con su padre si realmente quería cortejarla. Verla contarme su historia con los ojos brillantes de ilusión, como si aún pudiera vez a ese mozo plantado frente a la puerta de la casa de sus padres al día siguiente de su encuentro, trajeado y tembloroso, hizo que algo dentro de mí se removiera. Y decidí que si alguien merecía saber la verdad, era ella.

Se lo confesé todo, le conté la verdad de aquel primer contacto, de aquella primera cita, de cómo pasábamos horas pegados al móvil hablando sin parar, de lo que sentí por él y de cómo lo nuestro empezó a tomar forma. Le pedí perdón por haberla engañado y le juré que era mi único secreto, que me avergonzaba de no haberle sido sincera desde el principio.

Esperaba una regañina, un suave reproche o peor aún, una mirada de decepción. Pero ella me miró a la cara y me sonrió. Me tomó de la mano y se echó a reír. Me dijo que le parecía una tontería que hubiésemos ocultado nada de eso, que qué más daba como nos hubiéramos conocido a esas alturas. Y me dijo algo que no había sabido ver hasta entonces: «Nena, tu abuelo se presentó en el taller de costura para pedirme una cita porque me había visto el día anterior y le parecí una moza muy guapa. Y a mí me lo pareció él también. Por lo que dices, eso no es muy diferente de lo que hacéis en esa aplicación moderna del teléfono que me has contado. Os visteis guapos en una foto y comenzasteis a conoceros. Y ahora sois felices juntos, igual que lo fui yo con tu bendito abuelo».

Aquella conversación me abrió los ojos. Dejamos de mentir sobre nuestros comienzos. Fuimos contándoselo a las personas importantes de nuestra vida cuando iba surgiendo la ocasión y dejó de importarnos lo que pensasen sobre ello. Porque al final casi todas las historias de amor comienzan igual: alguien se siente atraído por otro y se lanza a intentar conocerlo, y si aquello cuaja y es mutuo, se convierte en amor. Porque los tiempos cambian y ahora tenemos mil formas nuevas para relacionarnos entre nosotros, pero al final y después de todo, las bases siguen siendo las mismas.

Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo.