En el año 2019, después de muchos cambios y de un año de ensueño, me casé. Necesitaba hacer una fiesta en la que el amor fuera el protagonista.
Estaba tan orgullosa de la familia que estaba formando que me sentía eufórica por juntar a toda nuestra gente y bailar y gritar y reír hasta el día siguiente todos juntos. Mi marido y yo nos conocemos hace años, pero no llevábamos juntos ni seis meses cuando empezamos a organizar el evento. Queríamos darle la oportunidad a todas las personas importantes para nosotros, sobre todo aquellas que habían tenido un papel fundamental en nuestros inicios como pareja, de tener un lugar especial el día de nuestro enlace. Hacía un año que había ejercido de “oficiante” en la boda de mi mejor amiga y, teniendo en cuenta que además fue nuestro mayor apoyo siempre, queríamos devolverle el privilegio (o la putada, según se mire).
Solo un par de semanas después del compromiso vino a visitarnos Pablo, el mejor amigo de mi marido.
Él siempre fue bien recibido en casa, venía de otra ciudad a pasar algunos fines de semana a nuestro piso y pasábamos noches enteras de juegos y charlas hasta que se hacía de día. Ese día había mucho que celebrar. Emocionado, me dijo lo orgulloso que estaba de “su hermano” por el paso que iba a dar. Jamás nadie hubiera pensado que se casaría, y menos tan pronto, con una chica que, aun encima, tenía ya dos hijos de un matrimonio anterior.
Mi marido había pasado varios años dando tumbos sin un rumbo fijo y, de pronto, había decidido venirse conmigo a vivir una vida que ya estaba llena de responsabilidades antes de entrar; y aun así estábamos felices y enamorados, dispuestos a cualquier cosa con tal de estar juntos. Ese día bromeamos con todas las veces que yo, como amiga, había intentado presentarle a alguna amiga a ver si sentaba cabeza… Entonces Pablo se puso serio y nos pidió, de forma cómicamente, hablar en nuestra boda.

Entonces, achispados por las dos copitas que ya habíamos tomado (aprovechando que los niños estaban con su padre), le propusimos oficiar el evento con nuestra amiga, a medias, los dos juntos, las personas que mejor nos conocía y a las que más aprecio teníamos, hablando de nosotros y de nuestra relación. Sin normas, que se organizasen entre ellos. Él aceptó de inmediato y soltó un largo speech sobre su labia, su capacidad de emocionar con palabras y su talento para hablar en público.
A mi amiga le encantó el plan, teniendo ayuda sería más fácil organizar los tiempos y si fallaba tendría alguien al lado para salir del paso. Su felicidad se convirtió poco a poco en frustración cada vez que se juntaban para hablar de la ceremonia y él solamente decía que se le daría genial y que si hablaba él primero nadie la escucharía a ella de tan fuerte que estarían llorando.
Ella, con los ojos en blanco cansada de tanta soberbia, no nos contó nunca nada porque sabía del aprecio que le teníamos y no quería preocuparnos, pero le insistía en que, aunque tuviera esa capacidad magistral para la improvisación, llevase aunque fuera un pequeño guión y así poder calcular cuanto hablaba cada uno y cuando nos daban paso a nosotros. Quedaron en que él presentaría a mi marido y hablaría de las aventuras vividas juntos, ella haría lo mismo conmigo y ambos concluirán con lo mucho que nos queríamos y bla bla bla.
A un mes de la boda, él empezó a salir con una chica. Una amiga de la infancia (aunque mejor dicho de la infancia de ella, ya que le llevaba más de diez años y estaba empezando la universidad) que había aparecido ahora y con la que tenía muy buen feeling.
A la semana ya quería que la sentásemos en la mesa presidencial con nosotros. Encargué a mi marido que le hiciese entender que en esa mesa solamente estaríamos los novios, los padrinos y los oficiantes y que no tendría sentido sentar allí a una chica que ni habíamos visto y con la que llevaba apenas siete días saliendo.
Lo entendió sin problema y siguió contándonos la relación genial que tenían, la llamaba “mi mujer” y yo, que me vi en su piel, le advertí de que, siendo tan joven y empezando todavía su vida adulta, quizá se agobiaba con tanto compromiso de golpe. Él comenzó con ese discurso tan habitual en hombre que salen con mujeres más jóvenes de “es muy madura para su edad” etc.
Se acercaba la fecha y un día nos cuenta que, por insistencia de mi amiga, escribió lo que quería decir en la boda y que íbamos a flipar, que me pusieran un buen maquillaje porque se me iba a emborronar de tanto llorar.

El día anterior al evento lo fuimos a buscar, como de costumbre, a la estación de tren. Algo en sus ojos me decía que no estaba bien, pero él insistía en que estaba todo en orden, que era nuestro momento y que debíamos centrarnos en nuestro día. Pero pasaba el rato mientras repasábamos la lista de tareas pendientes y su gesto se apagaba cada vez más, así que me planté y le dije que no podía disfrutar si mi oficiante estaba así. Entonces nos contó que, como era predecible, “su mujer” lo había dejado antes de subir al tren, que ella no quería estropear el día de nervios y emoción pero, al igual que estaba haciendo yo, él veía que algo pasaba e insistió en que se lo dijese.
Efectivamente se había agobiado con tantos planes de futuro.
Cuando todavía no había empezado a acercarme para abrazarlo me paró y me dijo “Y es por eso por lo que mañana no pienso hablar en vuestra boda. Como comprenderéis no estoy ahora para hablar de amor”. No sé cual fue mi cara, sólo quería matarlo lento y dolorosamente. ¡¿Cómo nos iba a hacer eso a menos de un día de la boda?! Un año llevábamos con los preparativos y a un día se iba a ir toda la ceremonia a la basura.
Mientras mi marido intentaba consolarlo, yo llamé a mi amiga que, embarazada de 6 meses y con los nervios del día siguiente, no podía parar de llorar. Me decía todo el rato “Yo solo tengo preparada tu parte, ¡te casas sola!” La tranquilicé mientras amenazaba a mi marido de que, o lo convencía de que siguiese con la ceremonia o que lo avisase de que ni se pasara por allí.
Esa noche, como es tradición, dormimos separados. Yo con mi madre y él con Pablo. Poco después de cenar me envió un mensaje: “Todo en orden, metió los papeles en la maleta de mañana, no te preocupes, habrá que hacerlo callar en realidad.” Y con esa tranquilidad me fui a dormir.
Comenzó la ceremonia. Todo era perfecto. Los niños, nosotros, los invitados, nuestros amigos tras el atril… Entonces Pablo empezó a hablar sobre cuánto quería a mi marido, unos segundos después dijo algo como “Es tan grande nuestra amistad que, aunque traigo aquí un montón de cosas anotadas, no vale la pena leerlas porque se quedan cortas”. Y así, tras 80 segundos de reloj (de los cuales 20 fueron esperando a que mi hijo mayor se callase) le dio paso a mi amiga que, entre el calor, el susto y el agobio, no pudo parar de llorar el resto de la ceremonia, siendo consciente de que se había ido todo a la mierda.
Fue una ceremonia ciertamente emocionante, porque mi amiga es una maravilla de persona, pero sobre todo lo que fue es corta. Y para nosotros totalmente decepcionante.
Un año después traicionaría gravemente nuestra amistad, nuevamente por otra chica, y desde entonces no supimos más de él. Y, aunque después de todo, lo de la boda fue lo de menos, ya nos dejaba entrever cuál era nuestro puesto en su escala de prioridades.