Marcos y yo nos conocimos a través de Tinder. Yo estaba allí más por aburrimiento que por otra cosa. Es verdad que estaba hablando con varios chicos a la vez cuando me dio match, pero me gustó yo también a él y empezamos a hablar.

A partir de ahí, hablábamos a todas ahora, compartíamos pensamientos, visión de la vida, valores, etc. Y, cuando llevábamos un par de semanas hablando decidimos que era hora de conocernos en persona.

La cita fue superbien y, certificamos que, más allá de lo que habíamos conocido a través de la pantalla, en persona también había surgido esa química que no se puede describir con palabras, pero que se siente. Después de varias citas y muchos momentos compartidos, nos dimos cuenta de que había algo más. Estábamos tan cómodos que el simple hecho de pasar tiempo juntos era suficiente para hacernos felices y teníamos claro que estábamos hechos el uno para el otro.

A pesar de lo rápido que iba todo, no recuerdo haber sentido miedo, ni ansiedad, ni presión, solo las ganas de seguir y de ver a dónde nos llevaría todo aquello. En un par de semanas, estábamos pasando casi todo el tiempo juntos, sin querer separarnos. La química era bestial, y la atracción mutua no solo era física, sino también emocional y mental. Pasábamos horas hablando, tanto de nuestro pasado como de cómo nos imaginábamos el futuro y de nuestras experiencias y a veces nos daban las tantas de la mañana solo hablando de nosotros.

Marcos, por aquel entonces vivía solo, mientras que yo seguía viviendo con mis padres, así que en una de las madrugadas que pasábamos en su casa surgió la idea de irnos a vivir juntos. Al principio fue un poco en broma, pero analizándolo no nos pareció mala idea. Ambos teníamos ya experiencias previas viviendo con otras personas y teníamos muy claro tanto lo que queríamos como lo que no.

Además, la perspectiva de estar juntos todos los días y de ver si nuestra relación resistiría la prueba del día a día, me emocionaba más que me asustaba. Así que, sin pensarlo demasiado, decidimos dar el paso y a la semana siguiente ya estaba instalada en casa de Marcos.

Los primeros días de convivencia fueron, por supuesto, un torbellino. Nos conocíamos muy bien en cuanto a nuestras personalidades y gustos, pero vivir juntos significaba vernos las 24 horas del día, compartir los pequeños detalles, las manías y los hábitos cotidianos.

Desde la energía que cada uno tenía al levantarse, la organización de nuestros espacios, las necesidades de cada uno, etc. Todo fue una pequeña carrera de fondo y, aunque fueron días de muchas risas, también recuerdo momentos de tensión y de pensar si todo aquella había sido una locura. Incluso, uno de los días, estuve a punto de recoger mis cosas e irme, sobrepasada por la situación.

Sin embargo, Marcos fue capaz de reconducirlo todo y, aprendimos a resolver nuestras diferencias, a hablar, a explicarnos mejor y a construir una mejor comunicación entre nosotros.

Hubo, por supuesto, quien nos tildó de locos y nos auguró que íbamos a durar muy poco precipitándonos tanto. Mis padres y amigas cercanas no estaban de acuerdo con esta decisión y también tuvimos que luchar con estas reacciones, aunque, luego el tiempo nos dió la razón.

Es más, creo que nuestra relación se fortaleció cuando empezamos a vivir juntos. Aunque a primera vista podría parecer que estar juntos tan pronto podría haber acelerado las dificultades, lo que descubrimos fue que el convivir nos permitió conocer aún más aspectos de la otra persona. Había algo apasionante en vivir tan intensamente juntos, sin los filtros ni las expectativas que a veces surgen cuando se trata de una relación más «tradicional».

Nos permitió conocernos a fondo en tiempo récord, sin ese proceso largo habitual, siendo nosotros mismos con nuestros más y nuestros menos desde el primer momento y, al hacerlo, supimos teniendo claro quiénes éramos, si estábamos dispuestos a seguir apostando por aquello o si nos habíamos equivocado. Nos enseñó a trabajar en equipo, a respetarnos y a ceder y pronto nos dimos cuenta de que lo que había entre nosotros era más que suficiente para hacer que todo funcionara.

Hoy, ocho años después, puedo decir que salió mejor que bien y, el hecho de irnos a vivir juntos tan rápido, no solo no nos arruinó la relación si no que hizo que ésta se reforzara y que, desde el primer momento pudiéramos vivir tal y como nosotros queríamos, el uno con el otro, 24/7.

Angie Rigo