Nunca fui una de esas personas que tienen grandes amistades. Al menos hasta que la conocí a ella la universidad. Soy una persona bastante tímida y reservada, por eso pensé que mi paso por la Universidad sería exactamente igual que el paso por el colegio o el instituto: pocos amigos y ninguno especialmente íntimo. No quiero decir que sea una persona asocial ni mucho menos, es solo que hasta entonces no había tenido suerte.

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María y yo nos conocimos haciendo un trabajo por parejas para derecho civil, la carrera en la que coincidimos. Lo cierto es que éramos bastante parecidas y eso hizo que encajásemos muy bien. A partir de ahí fuimos conociéndonos más y acabamos entablando una amistad. Así fue como conocí por primera vez lo que era tener una mejor amiga de verdad, íntima, sincera y con la que me relacionaba de igual a igual. Aprendimos a estar ahí en las buenas, en las malas y en las regulares, a pasarlo bien, a llorar juntas y a consolarnos. Algo que siempre había querido tener es una hermana, pero fui hija única. Y de algún modo María ocupó ese hueco, éramos hermanas aunque no fuéramos de la misma familia.

Ambas nos casamos con un año de diferencia y por suerte nuestros maridos se llevaban genial. Entre ellos surgió también la amistad, aunque no tan cercana como la nuestra. Al fin y al cabo se unieron por nosotras y salió bien. Por eso, cuando me quedé embarazada, fue la primera persona a la que llamé para contárselo. Cuando vi el positivo en el predictor fui corriendo a por mi teléfono y marqué su número. Imaginad la cara que se me quedó cuando ella me confesó que también estaba embarazada y que para colmo lo había descubierto también esa misma mañana. Resultó que yo estaba de un mes y una semana y ella de tres semanas. Estábamos increíblemente felices, no solo nosotras, también nuestros maridos. No nos podíamos creer que aquella coincidencia se estuviera dando. Incluso hicimos una gran fiesta conjunta para celebrarlo.

Empezamos a planear las cosas juntos, pues al fin y al cabo nuestros hijos iban a ser de la misma edad e iban a nacer más o menos a la vez. Nos íbamos de tiendas a comprar cositas para los bebés, nos pasábamos artículos sobre maternidad y comprábamos los libros a medias. Incluso nos apuntamos a yoga pre-mama.

Yo estaba de casi cinco meses cuando una tarde comencé a sentirme rara. Unas horas más tarde fui al baño y vi la mancha de sangre. Fuimos corriendo al hospital. Tras la espera en la salita, que fue la más angustiante que he sufrido en toda mi vida, nos dieron la peor noticia posible: no había latido. El bebé, mi futuro hijo, había dejado este mundo antes de llegar a salir a él. Fue absolutamente devastador.

Mi amiga lloró junto a mí como si el bebé fuera el suyo, empatizando con mi dolor de la manera más sincera. Pero al fin y al cabo no era el suyo. Era yo quien había perdido a mi bebé. Y eso me hundió en una depresión que se llevó por delante nuestra amistad. Yo juro que intenté que no me afectase, pero fue imposible. Intenté seguir a su lado durante su embarazo, acompañarla cómo hacíamos antes, alegrarme a medida que veía crecer su barriga. Pero no fui capaz. Me dolía como si me atravesara un puñal candente. Ella lo entendía y me consolaba. Pero no me valía de nada. Llegó un momento en que cuando la veía se me encogía el estómago y me entraban unas ganas irrefrenables de llorar.

Quise morirme muchas veces. Más de las que reconocería ante mi marido, que estuvo al 100% a mi lado pese a que su propio dolor por la pérdida también le atormentaba. Al final, tuve que alejarme. Lo peor de todo es que ella lo entendió y eso me hizo sentir aún más culpable por no ser la amiga que ella merecía en esos momentos. Me dijo que tenía seguro que sería temporal, que yo me repondría y que allí estaría esperándome.

No fui al hospital cuando nació su hija. Lo intenté, me arreglé y mi marido tenía el coche en la puerta esperándome. Pero lo cancelé, no me sentía capaz. Fui a su casa a la semana siguiente y fue una de las peores experiencias que recuerdo. Sólo veía en ella y su familia el futuro que a mí se me negó. Su hija era la imagen viva del recuerdo de mi hijo no nato.

Nuestra amistad se fue diluyendo con mi ausencia. Acabé diciéndole que no podía seguir viéndola. Era como volver a revivir todo el trauma con cada café que tomábamos juntas, aunque no se trajese a la bebé con ella. Y dejar de verla me ayudó a pasar página, en la medida de lo posible, claro, porque no creo que sea algo que vaya a superar al 100% jamás en la vida.

Ha pasado año y medio desde que perdí a mi bebé y no he vuelto a intentar quedarme embarazada. Mi marido lo ha sugerido, pero aún me da miedo. Me moriría si volviese a ocurrirme lo mismo. No estoy preparada para arriesgarme por ahora. Aunque quiero pensar que, algún día, me sentiré lo suficientemente fuerte como para volver a intentarlo. Mientras tanto, aún me toca terminar de sanar.