De adolescente me detectaron ovario poliquístico y me dijeron que era muy poco probable que, en un futuro, me quedara embarazada. Cuando tienes 15 años, que no puedas tener hijos no es un drama, sobre todo si estás en esa fase en la que disfrutar de la vida se resume en dormir, salir, comer y volver a iniciar el ciclo.
Con los años, después de acabar la universidad, encontré una pareja estable. Teníamos menos de 30 años, pero, desde el principio, le comenté que era muy probable que no pudiera tener hijos y que, en caso de hacerlo, fuera un proceso largo, tedioso y duro. No le importó porque no íbamos a casarnos: queríamos disfrutar del momento, de nuestros ahorros en sitios exóticos y de una vida sin ataduras.
Pero fueron llegando esas ataduras que, al principio, nos parecían muy lejanas. Decidimos irnos a vivir juntos y nuestras respectivas familias pasaron a formar parte de celebraciones y de la cotidianeidad de nuestro día a día.
Dejé de usar anticonceptivos: no quería hormonas y, la verdad, dadas las probabilidades de que me quedara embarazada, prescindimos de ellos.
Nos enfrascamos en la ruta del compromiso y un día decidimos casarnos como forma de asentar una situación frágil con respecto a nuestros derechos de solteros. No fue una decisión romántica, fue práctica, real y meditada. Obviamente, nos queríamos casar para toda la vida, pero sabiendo que el “toda la vida”, a veces, tiene fecha de caducidad anterior.
Hicimos una boda sencilla. Fuimos al juzgado, luego reservamos una comida para toda la familia en nuestro restaurante favorito y, por la noche, salimos a tomarnos unas copas con nuestros amigos.
La luna de miel sí que fue de ensueño: Costa Rica. Pura vida. Volvimos a España en una nube… Y, después del aterrizaje forzoso en la vida real, me surgió una nueva oportunidad laboral. No lo estaba buscando, pero me propusieron un puesto que no podía rechazar.
El cambio de trabajo vino cargado de mucho estrés: nuevos compañeros, transporte público durante 2 horas diarias, un puesto con más responsabilidad… Y a mí siempre me había dado por engordar. Durante los dos primeros meses de trabajo cogí 5 kilos. No se me notaban mucho porque soy tirando a delgada. Pero estaba agotada y era como si esos kilos fueran el triple: me costaba moverme, dormía fatal, estaba con sueño a todas horas, me sabía la boca súper extraña… La regla no me venía, pero era algo habitual.
A los cuatro meses de haber empezado en el trabajo (5 desde mi luna de miel) me empezó a salir una barriguilla tirando a cervecera y notaba unos gases extrañísimos. Como seguía con el cansancio, fui al médico de cabecera. Me preguntó si podía estar embarazada y me reí. Le dije que no, que tenía ovario poliquístico. Y él también se rio.
—“Hazte un test. De todas formas, te mando una analítica.”
Compré el test más barato de la farmacia. Le conté a mi novio lo que pasaba e hicimos el test. Negativo. Ya lo sabía.
Al día siguiente fui a hacerme la analítica. Una semana después, al ir a ver los resultados, el médico me dijo que, como él sospechaba, estaba embarazada.
—“¡Imposible! Me hice un test y es negativo.”
Y él:
—“La analítica dice que estás embarazada y, si no sale en el test, probablemente sea porque estás de más de tres meses. Te mando al ginecólogo. ¡Enhorabuena!”
¡¿Enhorabuena?! Jamás un bebé entró en mis planes.
Se lo dije a mi novio llorando según entró por la puerta de casa. Él se lo tomó mejor que yo, de hecho, le hacía ilusión. Fuimos juntos a la visita al ginecólogo. Me hizo una ecografía y, sí, estaba embarazada de 19 o 20 semanas. No lo podía asegurar porque no teníamos constancia de mi última regla. Era un bebé piña, de Costa Rica.
Os mentiría si dijera que me hizo ilusión. Yo nunca había querido hijos porque me había hecho a la idea de no tenerlos. Pero saber que estaba embarazada fue un revoltijo de emociones: negación, miedo, dudas… Incluso llegué a plantearme el aborto, porque, todavía, estaba al límite. Pero mi marido estaba feliz y, cuando se lo comenté a mi madre como mi mayor drama vital, se puso a llorar de la emoción. Verla fue revelador.
Y lo tuvimos, vaya si lo tuvimos: un precioso niño de 3,400 kilos y 52 centímetros. Precioso, que nos quita y nos da cada uno de los días de nuestra vida. Vida, pura vida.
