Este verano fue de los mejores que he vivido como madre porque he podido invertir en mis hijos y mi hija tiempo de calidad. No ha habido grandes viajes ni lujos, pero sí mucho tiempo de charlar y aprender juntos. La parte más oscura de esto es que no todos los aprendizajes vinieron de situaciones agradables.

Uno de los más desagradables, del que sacaron una gran lección, pero nos lo hizo pasar bastante mal, fue una anécdota que vivimos una tarde, justo antes de ir con mis niños mayores a un concierto en la ciudad en la que vivimos.

Como era época de mucho turismo y sabemos cómo se pone la zona vieja de la ciudad, bajamos hacia la zona del concierto con bastante tiempo de antelación. Aparcamos (pagando, por supuesto, porque ya hace mucho que el suelo público no existe) y nos fuimos a dar un paseo aprovechando lo poco que dura el buen tiempo aquí. Entonces nos encontramos con un amigo de mi hijo mayor que paseaba sin rumbo con su madre (que es amiga mía también). Como no tenían planes, decidieron unirse a los nuestros.

Paramos en una terraza de un bar bastante mítico de la zona y pedimos consumiciones para todos (3 niños y 3 adultos). El camarero, con muy mala cara, ni no nos miraba a la cara. La verdad es que el verano aquí es bastante duro para la hostelería y pensé que era un chico joven y que todavía no sabía la importancia de canalizar ese cansancio sin dar un mal servicio.

Nos dejó las consumiciones en medio de la mesa y al momento me dijo el importe de todo. No me importó, pues entiendo que en las terrazas es bastante habitual que, en un despiste, las personas se vayan sin pagar; además podría ser la política del local perfectamente. Le pagué y, mirándome de nuevo serio, cogió mi dinero y se fue. Empezó a atender a otras mesas. Me fijé que a las siguientes no les cobró al servirles.

Entonces, un matrimonio mayor que estaba en la mesa de al lado a la nuestra nos dijo “Nos vamos y no hemos tocado las aceitunas, por si queréis para los niños”. Estaban esperando a que el camarero les cobrase para irse.  Yo empecé a mirar a mi alrededor y vi cómo el camarero servía cuencos generosos de aceitunas con todas las consumiciones. El niño de mi amiga dijo que él si quería, así que , con la amabilidad que me caracteriza (no es ironía, pero siempre llevo al extremo mi educación cuando trato con personas que están trabajando) le pedí al camarero si a nosotros también podía ponernos las aceitunas que ponía al resto. No me contestó, se fue y las trajo de mala gana.

Uno de mis hijos terminó su zumo. Al mismo instante que apoyó el vaso vacío sobre la mesa, el camarero retiró su vaso, la botella y limpió su espacio de la mesa. Y así con cada consumición que se iba terminando. No llevábamos más de 10 minutos en la mesa y parecía que  nos estaban echando. Entonces mi marido apoyó una caja cerrada con comida que había encargado para llevar al concierto. El camarero sonrió por primera vez, pues había conseguido lo que quería (o eso creía él). Se acercó y nos dijo “Mira, os tenéis que ir, está prohibido comer comida de fuera del local aquí”.

La furia que sentí al confirmar lo que estaba pasando me hizo hervir la sangre. En la mesa de enfrente había dos chicas comiendo pizza de otro local, en la de su lado unas chicas con pasteles, y nosotros solamente teníamos una caja cerrada sobre la mesa. Me puse de pie apretando los puños para no gritar y dije de forma firme “No estamos comiendo, de hecho, no sabes qué hay dentro de esta caja. No nos vamos a ir.” Él agachó la cabeza, miró con odio a mi amiga y su hiyab y se fue. Pero mi rabia no paraba de crecer, así que entré corriendo a hablar con los responsables del local.

Al verme entrar, otro camarero mal encarado, me preguntó qué quería y le dije que su compañero nos había echado de nuestra mesa, entonces, con chulería, me dijo que hizo bien, era política del local. Y ahí si que elevé un poco el tono y dije “Pero es que nosotros no estamos comiendo y el resto de las mesas están llenas de comida de otros locales”. Al momento, salió la jefa corriendo de detrás de la barra a hablar conmigo.

Le expliqué los últimos acontecimientos y me empezó a contra los problemas que tienen con la pizzería de enfrente. Me pareció todo muy lógico y muy normal, pero yo sabía perfectamente por los gestos de desprecio hacia mi amiga que el problema de aquel camarero no era con la pizzería.

Me resultó curioso, cuanto menos, sufrir en mi ciudad un acto racista por parte de un chico mestizo con acento extranjero. No creo que yo, por haber nacido aquí, sea mejor ni deba tener más derechos que él, pero desde luego él, que estará cansado de escuchar a gente mandarlo a su país, no entiendo cómo es capaz de algo así.

Ese día mis hijos aprendieron que nosotros, desde el privilegio de ser una familia blanca europea, somos los que debemos alzar la voz ante una injusticia.

Mi amiga no había dado aprecio a nada de lo ocurrido, ella no se fija, pero sí sabe que pasan cosas a su alrededor.

Ese día contó a mis hijos cómo fue el día que comunicó a su familia que quería usar hiyab y por qué tomó esa decisión, a pesar de que su familia le recomendaba lo contrario. Ese día aprendieron mucho, pero yo me fui a mi casa triste y sintiendo una enorme impotencia. No es suficiente con que viva con la tensión de estar lejos de su familia, que además parte de ella se encuentre en riesgo por los ataques y el bloqueo de Israel, además aquí, donde paga impuestos, hacer labor solidaria y es una ciudadana más que ejemplar, van a tratarla mal porque valen más los prejuicios de 4 catetos que un ser humano.

Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.

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