Conocí a Oriol en un foro de viajes hace unos años. Al principio empezamos comentando experiencias, coincidiendo en post de otros aventureros que compartían fotos de mochilas enormes y hoteles sospechosamente baratos. 

Después de interactuar durante más de dos años, habiendo sentimientos claros por parte de ambos, Oriol me lanzó la bomba: “¿Te vienes conmigo a la India?”. Y dirás tú, “tía, cómo te metes en la India con la de videos que hay con la comida, la suciedad…”. Pero mira, tampoco me lo pensé mucho. Trabajo para viajar, y todo destino me parece bueno si se tienen en cuenta ciertas características del país y culturales.

Más testimonios reales en whatsapp, pincha aquí

Como en una película de Navidad, nos conocimos en persona en el mismo aeropuerto y nos abrazamos durante un largo tiempo. Nos pasamos casi 15 horas hablando y conociéndonos. Por fin podíamos tocarnos sin tener que usar emojis. Aterrizamos en Nueva Delhi de madrugada y nos dirigimos a nuestro hotel, a 20 km del aeropuerto pero muy bien conectado. 

Aunque seamos mochileros, siendo un país como la India, decidimos gastar un poco más e ir a un buen hotel con medidas higiénicas “europeas”. Al fin y al cabo, con el cambio de la moneda nos salía muy bien y nuestros estómagos lo agradecían anticipadamente. 

Por la mañana desayunamos y nos lanzamos al planning. 

Día 1: empezamos suave con la Mezquita Jama Masjid. Comimos y recorrimos Main Bazaar, un lugar tan colorido que me dolían los ojos, y acabamos cenando de callejeo… o más bien lo intentamos, porque acabamos en un supermercado. 

 

Día 2: cogimos el metro para acercarnos a la Tumba de Humayun. Comer por las cercanías fue toda una experiencia sensorial: aromas, pitidos de cláxones y la habilidad de los vendedores de aparecerse en cada esquina. Por la tarde acudimos a Chandni Chowk. Nunca he estado en un lugar tan absurdamente caótico. 

“Oriol el Valiente”, lo tengo guardado en WhatsApp desde la noche del segundo día, cuando me propuso “Antes de volver a un metro aprisionados con ese olor que arrastramos todo el día, mejor alquilamos un ciclomotor”. Yo pensé en mil formas de morir: empotrarnos, atropellar a alguien, explotar… Nada de eso pasó. En cambio, nos lanzamos a las calles, Oriol con cara de héroe y yo agarrada como si mi vida dependiese de ello (que en cierto modo así era). El ciclomotor sobrevivió y nosotros también. 

Día 3: nos subimos al ciclomotor y nos dirigimos a la zona centro, donde habíamos reservado varias actividades con guía. Una de ellas era un skate park. Fue una Oriolada, (nuevo término de burradas que se le ocurren). Me negué a tirarme por esa pendiente, pero el iluminado decidió que era un planazo y allá se fue… todo él menos su tobillo, que decidió que era demasiado y se esguinzó. ¿Un esguince? Menuda tontería. Sí, una tontería aquí, no en la India, por mucho seguro privado que tengas. 

Nos pasamos los siguientes cuatro días viendo cómo podíamos adelantar los vuelos (imposible), viabilidades de que nos llevasen al aeropuerto con un mínimo de seguridad (imposible), conseguir el contacto de previo aviso para medidas en el avión sin tener un certificado médico (imposible). Tuvo que ser mi madre la que consiguiera el contacto de la embajada española en la India… sin respuesta tampoco. Menos mal que yo llevaba un buen botiquín con paracetamol e ibuprofeno. 

Nos fuimos al aeropuerto a la aventura, con un palo a modo bastón para que le hiciese de contrapeso a Oriol. Hubo que tirarlo en el aeropuerto y nos dejaron de malas maneras una silla de ruedas. En el avión no le permitieron asientos prioritarios ni amplios por no haber aviso previo. Llegamos a España y quise besar el suelo… pero al final nos besamos nosotros.

Desde entonces, cada uno continúa viviendo en su casa, pero llevamos compartidos más de 40 viajes juntos en los últimos años. Eso sí, a la India no hemos vuelto ni juntos ni separados. 

 

envía tus movidas a [email protected]