Este verano pasamos nuestras primeras vacaciones de 5. No porque seamos 5 desde hace poco, sino porque no se dieron las circunstancias en ningún sentido para que esto pasase así hasta este verano.

Hace un par de años fuimos a casa de familiares, el año pasado unos días a casa de otros… Pero solos, nunca. Económicamente es casi prohibitivo viajar siendo 5 con sueldo de obrero. Pero este año conseguimos la manera de hacerlo. De hacer una maleta llena de ropa, otra de juegos y otra totalmente vacía de expectativas.

Nos fuimos a un pueblo que no nos llamaba la atención en absoluto (no que no nos gustase, si no que no sería el lugar en que pensaríamos sin más para visitar en julio). Conseguimos un alojamiento austero que nos pareció algo increíble. Los niños se enamoraron del lugar, de sus habitaciones, sus camas, su espacio donde jugar con mi marido por las noches a juegos de mesa, aunque fuera sobre una cama…

Por primera vez fuimos sin planes, sin listas, sin horarios (más que los estrictos horarios de comida). Las expectativas eran bajas, fáciles de cumplir, lo sé, pero os juro que fueron unas vacaciones increíbles.

El nivel de conexión entre todos nosotros, buscando siempre estar a gusto sin más pretensiones. Aprendimos a fluir, con lo que nos cuesta a todos (mentira, a mi marido no). Y de verdad que el resultado fue increíble.

Solamente hubo que ver con las gafas del realismo cuales eran las opciones, qué nos podía ofrecer ese viaje y exprimir al máximo todas las opciones.

Trasnochamos un poco, madrugamos poquito y disfrutamos a tope. Después de cenar se juntaban un montón de niños a jugar, había madres y padres en cada esquina, repartiéndonos la vigilancia sin que fuera necesario acordarlo. Tuvimos pequeños espacios personales todos nosotros. Cuando mi hijo mayor  (adolescente autista) necesitaba un poco de introspección, se apartaba un poco del grupo y volvía con las pilas cargadas. Cuando era yo la que necesitaba desconectar, mi marido inventaba algún plan para darme un pequeño espacio para mí.

Salimos de aquel pueblo conociéndonos mejor como familia, con un libro leído cada uno de nosotros (peques incluidos), con un montón de aventuras que contar, con pocas fotos pero muchos recuerdos bonitos.

Llegamos al coche de vuelta y yo miré a mi marido con un poquito de nostalgia. “Fueron las mejores vacaciones de mi vida” le dije en un susurro para que quedase como una confesión entre él y yo. Pero como mis mayores son unos cotillas estaban pegando la oreja y al momento los dos gritaron que las suyas también.

Últimamente pienso mucho en cómo veía yo a mi madre a su edad y me sorprende ser para ellos quien era ella para mí. Me paro mucho a pensar qué recuerdos guardarán de su infancia, qué cosas le traerán recuerdos felices, qué manías familiares contarán a sus amigos o a sus parejas cuando sean mayores.

Este viaje espero que sea uno de esos recuerdos que les queden grabados en la memoria. DE cuando mamá y su marido/papá los llevó a un pueblo que parecía no tener grandes cosas que ofrecer y les acabó regalando los mejores recuerdos de un verano cualquiera.

Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.

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