Siempre he sido una persona a la que le ha costado un poco más de la cuenta socializar. De niño sentía más simpatía por profesores que compañeros. No fui ajeno al acoso escolar, y más tarde a la exclusión social. Las amistades que tenía solían ser personas fortuitas, fugaces y libres.

En la universidad tuve la suerte de conocer a un grupo de gente en el que encajaba genuinamente. Por primera vez, varias personas del mismo grupo me caían bien y lo mejor, era algo recíproco. Con el paso de esos años hicimos planes, vivimos experiencias y compartimos ideas. Como pasa en muchos grupos, hubo gente que se fue distanciando, pero en varios de ellos encontré mi tribu.

Sin que ya nos uniese ningún lazo formativo ni laboral, seguimos compartiendo tiempo juntos, divirtiéndonos y aportándonos. A pesar de haber momentos peores o mejores, mis amigos siempre fueron buenos y estuvieron ahí. 

Sin embargo, la parte que se preocupa de mi cerebro empezó a imaginar que igual no siempre sería así. Son las primeras personas fuera de mi familia que he sentido realmente que me ven, me aceptan y me valoran. A la vez se lo complicada que puede ser la vida, sobre todo la adulta, y que a veces querer y poder se separan más de lo que deberían.

Cada día somos menos jóvenes, cada uno tenemos nuestro propio camino y estamos felices de recorrerlo según nuestra visión a la vez que lo compartimos con los demás. Ahora con 30 años, veo con admiración y cariño la vida que llevamos cada uno y me ilusionan las personas que somos y los logros que vamos consiguiendo.

Ahora estamos en un punto de nuestras vidas en el que disfrutamos de algo de madurez sin llegar a ser serio y de libertad pero sin miedo a volar. No obstante, cada vez me pregunto más cómo seguirá evolucionando nuestra amistad. 

Hace pocos años pasábamos juntos todos los fines de semana, festivos, y cualquier otra excusa posible. A día de hoy, aunque sigamos compartiendo las mismas aficiones, la vida adulta ha restringido la asiduidad de nuestras reuniones. La mayoría hemos encontrado en nuestra pareja una intimidad y camaradería más allá de la amistad. Pronto vamos sustituyendo las tardes y noches en sofás mugrosos por veladas en locales donde nos llaman “señores”. Empiezan las temporadas de bodas y hasta van naciendo las nuevas generaciones. 

Seguimos siendo los que éramos, pero ahora somos también lo que nos toca. Aunque veo menos a menudo a mis amigos de lo que lo hacía hace unos años, me alegro todavía más que antes de cada vez que coincidimos. Celebramos cada encuentro valorando lo especial que es seguir juntándonos, guardando tiempo en una vida tan ajetreada para seguir compartiéndolo. 

Tengo la suerte de mantener unas amistades tan importantes para mí, aparte de lo geniales que son, también siendo consciente de lo difícil que puede ser hacer nuevas amistades en esta etapa. Nos acompañamos en victorias y en derrotas. Somos afortunados de poder seguir coincidiendo en tantos caminos y tratamos de mantenerlos. Sabemos que no siempre es fácil y por eso lo seguimos intentando. Amigos así me invitan a querer llegar a los 40, 50 o 60 sin miedo, y con mucha curiosidad por saber cómo las siguientes temporadas de nuestras vidas tratarán a cada uno de nuestros personajes.

Las dificultades para cuadrar agendas, los incontables “a ver cuándo nos vemos” y las disparidades de caminos u opiniones, siempre acaban fundiéndose en un encuentro que merece la pena. Aunque hayamos intercambiado algunas juergas épicas por “ponernos al día”, seguimos siendo auténticos y estando de verdad y de la mejor manera.

 

Tío Vivo