Llevábamos 3 años juntos y, aparentemente, todo iba bien. Vivíamos juntos, íbamos de viaje, alternábamos fines de semana con familia, amigos y solos. Él tenía un buen trabajo como oficial en una empresa familiar de albañilería que iba viento en popa y yo era logopeda en un hospital público.
Sin embargo, un día se sentó conmigo porque me tenía que contar algo. Ese “algo” se transformó en alguien: una clienta y él habían tenido un rollo. “¿Un rollo? Explícame rollo”. Se habían acostado tres (o cuatro, no sabía especificarme) veces. Pero no había sido nada, pura atracción y se arrepentía tremendamente. Lo primero que pensé fue en dejarlo, pero se esforzó tanto en que lo perdonara, que lo hice.
Me iba a buscar a la salida del hospital con flores, me preparaba cenas románticas, me escribía notas… Y yo decidí que iba a perdonarlo. Pero no es muy fácil perdonar a alguien cuando eres una rencorosa y, cada vez que salía solo, estaba con “la mosca detrás de la oreja”, si miraba el móvil más de lo habitual, me preocupaba… Pasé a dejar de disfrutar de mi relación y jugar a la búsqueda de la infidelidad por todas partes. A todas luces, ni había logrado superarlo ni perdonarlo. Pero hacía como si nada.
Un día, investigando la vida de ella, la “otra”, me enteré de que tenía un hijo de 10 años y de que su marido llevaba un pequeño negocio de bicis. Ella era mayor que yo y no pude evitar compararnos y pensar en el daño que nos había hecho a su familia y a mí. Y fui tremendamente egoísta y le escribí un correo al marido. Le conté todo. Lo hice por despecho, por rabia y por puro venganza. Fue el martes de antes de las vacaciones de Navidad.
Ese jueves mi pareja llegó con mala cara a casa y le pregunté si estaba bien. Me contestó que “sí” y seguimos con nuestra tarde. Pero no paraban de llegarle WhatsApps y él no paraba de poner caras raras. Me coloqué delante, me crucé de brazos y le dije que qué pasaba.
No sé si me lo hubiera contado motu proprio o no, pero me explicó que el marido de “la mujer con la que había tenido el desliz” se había enterado y ahora ella no paraba de recriminarle que había roto su matrimonio y la vida de un niño. No había sido él, había sido yo y, en última instancia, la culpable era ella. Pero la desencadenante final yo y no me sentía mejor, nada mejor. Fue ahí cuando verbalicé lo que tenía que haber hecho meses atrás: no iba a ser capaz de perdonar a mi pareja.
No admití que fui yo, pero sí que yo no podía vivir sabiendo que, en un momento, aunque sólo fuera uno, había estado con otra mujer. Le había querido mucho y las cosas podrían haber sido muy distintas, pero la historia había tomado unos tintes que no dejaban lugar a un futuro juntos. Por mi parte era imposible pasar página.
Y me despedí, le dije que esas Navidades me iba al pueblo con mi familia y que, al volver, recogería todo. Así hice y creo que fue una buena decisión. No sé si me vengué por rabia, rencor o, simplemente, para coger las fuerzas necesarias para empezar una vida. Creo que, más bien, fue una mezcla de todo.
De esto hace un par de meses y estoy recomponiendo en puzle de mi vida. Sigo en el hospital, pero ahora vivo con una compañera que, como yo, se acaba de separar. Estamos en esa fase de los treinta y muchos en la que mentalmente somos veinteañeras y, ilusas de nosotras, creemos que físicamente también lo parecemos. Disfrutando y viendo qué derroteros nos tiene reservado el camino.
Envía tus movidas a [email protected]
