No conozco a nadie que no haya pisado alguna vez una caca de perro al ir caminando por la calle. Mi última vez fue hace muy poco, estrenando unas botas que, hasta el incidente, no había sido muy consciente de la cantidad de agujeritos tenían en la suela. ¡Qué asco!
Como iba enviando un mensaje y con mi niña de la mano, no podía prestar atención a más cosas a la vez, así que aquella enorme plasta no solo se metió por todos los huecos de la suela e mi bota, sino que me hizo resbalar dejándome muy cerca de caerme sobre ella de culo.
Enfadada envié un audio a la amiga a la que les estaba escribiendo. Ya sabéis, uno de esos desahogos que, en principio no valen para nada, pero te dan la sensación de haber hecho algo con tu malestar.
Mi amiga, muerta de risa, me estuvo dando consejos absurdos y recordando eso de “Si fue con la izquierda traerá buena suerte” (algo que alguien se habrá inventado una vez para animar a algún pariente malhumorado y que ha quedado como frase popular que no consuela a nadie).
Estando descalza al lado de un charco intentando quitar al menos lo más gordo antes de entrar en el coche, se acercó una chica con su hija, viéndome maniobrar a la pata coja mientras intentaba que mi hija no echase a correr hacia la carretera. Se ofreció a ayudarme y yo, entre la risa y el llanto, se lo agradecí.

Allí se sacó unos palitos de esos de hacer helados del bolso que había comprado para hacer una manualidad con su hija y me ofreció un par de ellos para quitar los tropezones, una botella de agua y un paquete de clínex. Entre eso y que se dio cuenta de que mi hija no podía estar sin supervisión y al momento le dio la mano y me dijo casi en silencio “tranquila, yo me ocupo” se convirtió en mi persona favorita del mundo.
Cuando acabé de sacar casi todo, ella me dijo que lo mejor era caminar sobre el campo un rato y allá nos fuimos las dos con las niñas, que se habían hecho amigas ya (por supuesto). Su hija era bastante más mayor y le hizo ilusión “cuidar” de la mía.
Y allí, caminando con una desconocida que me había librado de una buena, nos pusimos a hablar de lo primero que nos había juntado: la caca de perro.

Resulta que cuando su marido y ella se fueron a vivir juntos habían alquilado una casita en una urbanización de las afueras super chula. Era un lugar tranquilo y muy bonito, pero casi cada día se encontraban alguna nueva caca de perro cerca de su casa. Ellos, que eran nuevos en la zona, no sabían quien podría ser el culpable ni si era algo puntual. Pero un día un vecino los vio muy enfadados porque habían pasado por encima de una con la bicicleta y, al no darse cuenta al momento, la habían extendido por varias partes de la bici y por toda la entrada de baldosa a su casa. Este vecino se acercó más enfadado que ellos y les contó que un chico que se había mudado hacía un año sacaba cada día a su perro y jamás recogía sus deposiciones. Que se lo habían dicho amablemente al principio y directamente los había mandado a la mierda.
Tras muchos enfrentamientos con el muchacho en que él había dejado clara su postura, y es que le daba exactamente igual lo que les pasase a sus vecinos y cómo estuviese su vecindario, pues él solamente iba por la zona a pasear al perro, no hacía vida allí, así que las calles de su entorno eran para él el gran váter de su perro y punto.

Por eso el vecino les dijo que toda la comunidad se había puesto de acuerdo para darle una gran lección y les pidieron que colaborasen. Ellos, que eran nuevos allí y no conocían a aquel señor de nada, le dijeron que no querían meterse en problemas.
Solo que, unos días después, su marido se iba con prisa al trabajo y resbalando sobre una de aquellas heces, cayó de lleno sobre un enorme pastel oloroso. Ese día tenía una reunión importante y llevaba un traje bastante caro que no sabía con qué cara llevar a la tintorería.
Esa tarde, tras asistir a aquel evento laboral especial vestido de diario y haber recibido la reprobación de sus jefes, y de que dos tintorerías le rechazasen la limpieza del traje (porque él le había quitado los restos, pero apestaba) llegó a casa hecho una furia y se fue a buscara al señor con quien había hablado unos días atrás.
Llegó a casa muerto de risa con el plan de los vecinos. Le contaron que habían intentado denunciar, pero las autoridades pasan de algo como “las cacas de un perro en un barrio pijo”, la justicia pasaba de su problema… Así que se tomaron la justicia por su mano.
Cada vecino había comprado un cubo con cierre hermético y lo tenía en su garaje. Allí guardaron durante semanas todas las cacas que encontraron por su barrio. Alguno aportaba también las de sus propias mascotas. En cuando llegase el calor habían planeado vaciar cada día uno de aquellos cubos en la puerta de su vecino incívico.
Eran muchos vecinos, estaban muy cabreados y preferían convivir con un bote de mierda en casa por un tiempo que seguir viendo a aquel hombre salir impune de sus faltas de respeto.
Y así fue. El primer día esperaron en grupo desde algo lejos grabando el momento en que salía por la puerta y tenía que saltar para pasar por encima de semejante cantidad de caca.

Él los miró a lo lejos y dijo algo como “muy graciosos”. Sacó la manguera al volver, echó todo aquello hacia fuera dejándolo tirado y se metió en su casa.
Al día siguiente otro montón todavía más grande lo esperaba en la puerta. El olor de lo depositado el día anterior al sol, más esto nuevo era insoportable, pero los vecinos querían ir hasta el final. Él entró en su casa y salió con el coche por la puerta grande, así que al día siguiente extendieron bien el contenido de dos cubos por todos los accesos a la casa. Su lujoso coche se salpicó entero.

Tras casi una semana con su finca llena de insectos, un hedor horrible y su coche embarrado en heces, salió con una fundita con forma de hueso llena de bolsas para recoger cacas. Fue a casa de aquel señor que, claramente, era el cabecilla de aquella historia y le dijo que por favor parasen ya todo aquello, que había aprendido la lección.
Limpió la calle y la entrada de su casa con una máquina a presión y durante un tiempo recogió todas las deposiciones de su perro, además de dar los buenos días cuando se cruzaba con algún vecino.
Dos meses más tarde se mudó.
La verdad es que creo que hay muchas cosas en esta historia que se podrían haber denunciado por ambas partes, pero si a final les funcionó, todos contentos.
Yo me fui a casa con mi bota oliendo todavía horrible, pero con una buena historia que contaros y aprovechar para pediros que recojáis las cacas de vuestros perretes, por favor.
Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.
Si tienes una historia interesante y quieres que Luna Purple te la ponga bonita, mándala a [email protected] o a [email protected]