Por Marina

¡Buenas chicas! La historia de mi vida amorosa me causa vergüenza, pero lo cierto es que necesito contarla, por eso me paso por este foro. La vida que he compartido con mi novio, al cual amo muchísimo, está a punto de desmoronarse después de tres años y medio de relación. He sido yo la que he fallado, le he mentido.

Lo que pensé que sería una mentira pequeña piadosa puntual, se ha ido encadenando la una a la otra de tal forma que, hasta yo misma he llegado a creerme esta macro historia. La verdad es que oculté mi posición económica por amor, hice creer a mi pareja que soy una mujer hecha a sí misma “de clase obrera” cuando en realidad, vengo de una familia muy pudiente y adinerada. ¿Y cuál es el problema? – Pensaréis.

El problema es que mi pareja es anticapitalista, hippie, naturalista… es lo completamente opuesto a lo que simboliza mi familia. Todo por lo que hemos pasado estos últimos años, es en realidad, una mentira. Ahora, que está a punto de desenmascararme, me encuentro completamente rota y destrozada. Así empezó todo:

Cuando tenía veintiocho años creo que pasaba por una gran depresión. Mi vida no tenía demasiado sentido. Nunca me sentí cerca de mi familia, mi contacto se limitaba a los eventos imprescindibles que organizaban cada año. Ellos tampoco me demandan demasiado, solamente lo políticamente correcto. Siempre me he sentido muy sola. Mis relaciones habían sido horribles, mis amistades estaban movidas por el interés. ¡Lo tenía todo pero no tenía nada! 

Yo ya había sentido antes interés y curiosidad por los hombres “hippies”. Conocí a Román una tarde de verano, por casualidad. Él iba con su bicicleta, sus pantalones anchos y mochila de piel. Yo aquel día había salido a hacer deporte. Nos sentamos en el mismo banco en el parque y empezamos a hablar. Aquella noche me invitó a un local, en dónde había mucha publicidad de la protección contra los desahucios y los derechos sociales. Román es voluntario en diferentes ONGs, medio español y medio eslavo. Me atrajeron sus valores, su carácter decidido y su opinión política curiosamente opuesta a la de mi padre. Aquel mismo día nos enganchamos, nos liamos e hicimos el amor en una vivienda que ocupaba con grupo de jóvenes artistas serbios que habían venido a pasar el verano.

Román me volvía loca, sus ojos, su físico y su carácter. Nunca pensé que ese hombre se fijaría en mí, pensé que duraría una semana de verano, pero al final se quedó más tiempo. Le conté que mi familia vivía en un pueblo lejos y que tenían poco tiempo para venir a la ciudad. Le dije que había estudiado periodismo en la universidad pública, y que había conseguido becas para hacer prácticas en el extranjero cuando lo cierto es que mis padres se dejaron un dineral en las mejores universidades. Empecé un Instagram de cero.

Durante un tiempo vivimos con sus amigos serbios en un piso ocupado. Mientras tanto, mis padres ya me habían comprado un piso precioso en el centro de la ciudad, al cual solamente iba cuando estaba sola y quería “disfrutar un poco de la comodidad”. Al cabo de seis meses, a mí me costaba mucho vivir en aquellas condiciones, y le rogué que me dejara buscar un piso para compartir con otra gente. Así hicimos. Nos mudamos al extrarradio a un piso con una gente estupenda, un cuarto pequeño sin vistas y mucha felicidad. 

Con Román fui a manifestaciones, hice proyectos de voluntariado, viajé de mochilera, comí bocadillos de latas en conserva y empecé a llevar ropa de segunda mano. Yo misma llegué a creerme mis propias mentiras. Para sostener esto, tuve que… explicarle que llevaba alguna prenda cara porque me la regalaban de segunda mano, que mi prima hacía prácticas en una peluquería en el centro y me cortaba el pelo por diez euros. Que en mi trabajo me tenían puteada cuando en realidad tengo una posición muy cómoda.

Román llegó a ser repartidor algún mes que íbamos justos, lo cierto es que no es nada ambicioso y a él le gusta vivir en los valores del comunismo. Hemos llegado a deber algún mes de las facturas de la luz.

Por el otro lado, a mí nunca me gustó la idea de abandonar del todo los placeres de la vida acomodada. A veces, me escapo a mi piso, voy a casa de mis padres y disfruto cierta opulencia. He ido de vacaciones yo sola a un hotel de cinco estrellas o me he ido a la masajista y spa. Todo ello, a escondidas.

Durante este tiempo, yo misma me he creído mis mentiras, ni siquiera me frené un poco para meditar sobre el rumbo que estaba tomando mi vida. De alguna manera me consideré merecedora de que poder tener “algo bueno” que no estuviese movido por el interés o la falsedad habitual de las clases altas.

Y hace poco todo se destruyó. Resulta que Román recibió en nuestra casa a sus primas, las cuales tenían una situación económica en Serbia muy precaria y querían intentar hacer una vida en España. Durante unos meses, estuvieron en casa sin documentos y nosotros les ayudamos en absolutamente todo. Tengo que decir que con una de ellas me llevaba bien, pero la otra siempre sentí que desconfiaba de mí. Acabaron consiguiendo los documentos por una oferta de empleo de una empresa de limpieza. Aquel día lo celebramos.

Resulta que hace poco fui a ver a mis padres, los cuales viven en una casa enorme con jardín. A veces, estoy con ellos tres o cuatro días hasta que “regreso a mi vida”. Tenían un evento, y mi madre contrató una empresa de limpieza para hacer refuerzo de limpieza de cristales, jardín etc. ¡Yo ni me di cuenta de que su prima estaba allí! Llevaba un tiempo almorzando con mis padres cuando a la limpiadora se le cayó algo… y entonces, la vi. Ella me miró, mi madre me preguntó ¿hija que te pasa? Y supe que todo se había acabado.

Esa misma noche recibí un mensaje de su prima. Me decía que tenía unas semanas para decir la verdad, o si no lo haría ella misma.

Y es así como mi vida está a punto de derrumbarse y no sé qué hacer. Creo que Román nunca podrá perdonarme.