Nunca me han gustado los fantasmas. Solo una chirigota callejera del año 2000 me encantó a pesar del nombre. Recuerdo que cuando era pequeña había una película que se llamaba Mi amigo el fantasma y no me gustó nada. No sé si me creó un trauma, o qué sucedió exactamente, pero no me gustan los fantasmas. Ni los de la sábana y la cadena con la bola, ni los otros.

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Y de estos últimos es el rey de reyes un tío que conocí. Vamos a llamarle Pedro por aquello de que negó tres veces lo innegable. Te pongo en situación. Finales de los 90, el look marbellí en su apogeo, todos queríamos tener un yate, comer al lado del mar, fardar en un deportivo y salir con alguien que nos forjase una imagen internacional siguiendo la inercia de 1992. Él apareció en mi vida de casualidad. Yo era la encargada de la atención al cliente de un banco y él venía una vez a la semana a hacer gestiones. Nunca pregunté cuánto dinero tenía, pero su aspecto era como el de Mario Conde, aunque con una pincelada casposa que tuve que haber detectado mucho antes.

Uno de los días que vino al banco entró a tomar café donde yo desayunaba y me saludó. Ahí me contó que vivía en el barrio de lujo que estaba junto al mío. Aprovechó para decirme que se aburría mucho, que tenía todo tipo de lujos (una casa en la playa, un yate y un largo etcétera), pero que al no tener pareja pues no sabía qué hacer los fines de semana. Yo también estaba soltera y como me insistió tanto, le dije que sí a su invitación a comer ese mismo sábado.

Pues bien, me dijo «te voy a llevar a una marisquería impresionante. Traen a diario el marisco desde Galicia. Es un paraíso. Nos vemos allí a las dos». Me dio la dirección, fuimos al banco, él hizo sus gestiones, se despidió y yo seguí trabajando. El viernes me fui a la peluquería para lucir mi mejor versión porque he de reconocer que el tipo estaba buenísimo y me apetecía al menos echar un polvo con él. 

Llego a la puerta de la marisquería y a los dos minutos aparece al volante de un Ferrari. Se baja, me dice que estoy impresionante y entramos. El camarero nos lleva a una mesa, él se pone a pedir como para las bodas de Caná y a mí me empieza a mosquear que cómo era posible que alguien que va tanto a un sitio así, según él, no haya nadie que le salude, o que le llame por su nombre.

Terminado el festín, y con la bolsa con las sobras sobre su parte de la mesa, llama al camarero y le pide la cuenta. Mi bisectriz empieza a ponerse feliz, un polvo es un polvo, y cuando el tipo ve la cuenta se pone a buscarse la cartera por el pantalón. No hubo manera, se la había dejado en el club de pádel la noche antes. Yo me pongo a buscar mi tarjeta y tampoco la encuentro. Me voy a decirle al camarero que le dejo mi carné de identidad mientras voy a mi casa por mi tarjeta y cuando salgo veo al tipo acelerando con su Ferrari.  

El camarero me dice que soy una más y que va a terminar por avisar a las incautas de que el del Ferrari alquilado, la casa de fin de semana y la ropa de marca está más tieso que una regla. No volvió a aparecer por el banco y su cuenta, que tenía 1000 pesetas, se canceló por quedarse al descubierto. Lo dicho, no me gustan nada los fantasmas y, por suerte, no me he vuelto a encontrar con ninguno con una cara de cemento armado tan sólida como la del sujeto este.