Jess tenía una norma muy clara cuando miraba Tinder: «Nunca quedaré con alguien que tenga una foto con un pez o con su coche.»
Esa noche tumbada con una mantita en su sofá, mientras ignoraba la serie de Netflix mirando el móvil, y una copa de vino blanco, rompió su propia regla. Le dio like a un tal Dani, y la primera foto de Dani era él mismo sujetando una dorada con su caña de pescar (su caña, en el sentido más literal, que nos conocemos ). Pero la sonrisa era guay. Y los ojos, jodidamente bonitos verde mar.
Un minuto más tarde, match.
Primer mensaje de él:
—»Si te portas bien, te invito a una barbacoa. Si te portas mal, también.»
Jess:
—»¿Y si soy vegetariana?»
Dani:
—»Entonces te invito a la cama. Se cocina menos y hay más cardio.»
Se mordió los labios y soltó una carcajada. Este chico tenía la dosis justa de picardía y carisma que Jess iba buscando… como un sofá vintage de segunda mano con una manta de Guess. Intercambiaron mensajes durante días: emojis con intenciones, sin intenciones, hablaron de la vida, la muerte, el polvo y los polvos, confesiones algo subidas de tono, y hasta un “¿y tú cómo duermes, con pijama o sin nada?” que se convirtió en un debate calentito (Jess dormía bragas y camiseta de tirante finito, Dani sin nada).
Quedaron una tarde para tomar algo en una terraza. Él apareció en moto, casco en la mano y barba de dos días. Ella, con vestido negro y escote de «nos vamos a caer bien está noche…».
Las cervezas cayeron rápido. Luego gin-tonics. Después de muchas risas y un acercamiento de caras, se besaron como si no hubiera nadie más en la terraza (había uno y aplaudió). Decidieron irse a casa de él. Porque sí. Porque había química. Porque Tinder es así.
Subieron en la moto. Él le dio su casco y sacó otro del asiento como por arte de magia. Venía preparado el pillín… Iban riendo, gritando, cantando… ella bien abrazada pegando su pecho a la espalda, todo era adrenalina y feromonas.
Llegaron a su piso. Paredes blancas, sofá gris, una planta moribunda (ya tenían algo en comín… no saber cuidar plantas). Comenzaron a besarse otra vez pero sin público y con las manos en sitios que si lo hacían públicamente serian amonestados por alteraciín del orden público. La cosa se puso intensa. Ropa fuera. Perjuicios fuera. Y justo cuando estaban en pleno tikitiki de entusiasmo horizontal, vertical, arriba, abajo, entra y sal…, suena un ding-dong insistente en la puerta.
—»¿Esperas a alguien?» —pregunta Jess, con el pelo revuelto.
—»No… ni idea.»
Abre la puerta en calzoncillos de esos que no dejan nada a la imaginación. Y ahí, en el umbral… su exnovi… no, es broma, sería demasiado previsible.
Su madre.
Silencio.
Jess, desde el sofá, se asoma tapada con una manta:
—»Esto es una broma, ¿verdad?»
La mami, con cara de haber ensayado la escena o haberla repetido muchas veces:
—»Te he pedido que no uses de picadero el piso de tu hermano Dani mientras está trabajando, Marcos»
Jess se levanta. Se vuelve a vestir tan rápido que se pone el vestido del revés. Coge el bolso, se pone los zapatos…
Mira a Marcos y suelta:
—» Bueno Dani… o Marcos, yo que sé. Te dejo con tu madre. Yo me voy a ver si encuentro otro plan…el de Tinder, pero esta vez la versión Premium.»
Y así fue como Jess aprendió dos cosas:
La primera que nunca debe confiar en hombres con peces.
Y la segunda que siempre debe tener saldo para un Uber después de una cita. Por si acaso.
Pi.