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Amor & Polvos

Relato erótico: pasiones a escondidas

El pasillo era interminable, o eso le parecía a ella. La cita estaba puesta para las cinco, y pensando que sabría llegar fácilmente hasta  su oficina, se había tomado su tiempo con el café, y ahora eran las cinco y diez y aun no la había encontrado.

Un poco sofocada, llegó por fin hasta su puerta, que estaba abierta.

  • ¡Hola! Perdón por llegar… – dijo, mientras entraba en la oficina.

No había nadie. En la puerta, un cartel que ponía que había tenido que salir a un recado urgente, y que estaría de vuelta en aproximadamente una hora.

Una hora era bastante tiempo para esperar sola en la oficina. Paula colgó el pañuelo que llevaba puesto en la puerta y comenzó a pasear por la oficina. Decidió cerrar la puerta, para poder cotillear a sus anchas.

La corriente de aire le llevó una oleada de su perfume, ese que la abrumaba tanto cada vez que se le acercaba en el laboratorio para explicarle algo que ella “no entendía”. Y si tenía una hora, igual podía aprovechar ese perfume para recordar alguno de sus pensamientos menos académicos sobre él…

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Se dirigió a la silla del escritorio, de esas que se hunden tanto que parece que te envuelven cuando te sientas. La silla era tan cómoda, que no podía ser tan malo que se sentase un rato, ¿no? De nuevo, una corriente de ese perfume tan embriagador. Su atención se comenzaba a desplazar del presente a sus recuerdos, tildados del deseo que se apoderaba de ella siempre que le veía.

Recordó cuando él se inclinó sobre la mesa de trabajo para poder arreglar una de las máquinas, cómo los pantalones se ajustaron contra su culo y los músculos se marcaron en sus brazos al volver a cerrar la compuerta. Como le hubiese gustado acercárse por detrás y apretarse contra él. ¿Y si hubiesen estado solos en el laboratorio?

Con esta imagen en mente, Paula se acomodó mejor en el asiento, y se imaginó que no era el sofá el que la abrazaba, sino él, y que ella estaba sentada encima. Imaginó también que sentía su aliento en su cuello mientras él se acercaba a besarla. Se le puso la piel de gallina solo con eso, mientras se acariciaba con el reverso de la mano la zona de su cuello dónde se imaginaba que sus labios se habían posado. Notaba sus pezones sensibles, rozando contra la tela de encaje de su bralette.

Abrió las piernas y se subió el vestido. Se acarició las piernas, acercándose hasta las ingles. Se imaginó a ella misma sentada en la poyata de trabajo del laboratorio mientras que él encajaba entre sus piernas, sus zonas íntimas tocándose, solo separadas por la ropa que les cubriría por poco tiempo. Sus labios mojados de saliva ajena, heridos por mordiscos placenteros. Enroscaba sus piernas alrededor de la cintura de él, sus tetas apretadas contra su pecho. Sin darse cuenta, había desplazado sus braguitas a un lado y ya tenía los dedos mojados. En su cabeza, sus dedos se habían convertido en los de él, que la acariciaban de adelante hacia atrás y con cuidado separaban sus labios. Las chispas que ella había notado en las clases se convertían en un fuego que nacía de su bajo vientre y ardía por todo su cuerpo.

Su fantasía la había vuelto sorda y ciega al exterior, así que cuando oyó las voces de su profesor por el pasillo, era demasiado tarde para disimular debidamente; solo le quedó meterse debajo de la mesa a toda prisa.

Oyó la puerta cuando él entró, y le escuchó también echar el pestillo una vez cerró. Mierda, ahora qué coño iba a hacer si este hombre se iba a poner a trabajar en serio. Se apretó más contra el interior de la parte delantera de la mesa, intentando ocupar el menor espacio posible. Las braguitas seguían fuera de sitio y el frío del suelo se había colado entre sus piernas para calmar las palpitaciones de sus zonas íntimas.

Al cabo de unos segundos, las piernas del profesor aparecieron delante de ella. Pero no se sentó en la silla en la que ella se había estado tocando hacía apenas algunos momentos. El ordenador no se encendió, ni se abrió ningún cajón. Tampoco se oyó ningún movimiento de papeles. En lugar de eso, sus pantalones cayeron al suelo.

Fue entonces cuando tomó asiento y comenzó a frotarse su miembro a través del calzoncillo. Ella vio como aquello iba creciendo, respondiendo al estímulo físico y quizá también a la imaginación de su dueño. Su mano se introdujo por los calzoncillos, y se asomó la punta. Toda la calma que el frío suelo le podía haber aportado se desvaneció. Sus labios comenzaron a humedecerse de nuevo e inevitablemente volvió a bajar sus dedos a aquella zona que tanto calor producía. Los dedos de él se apretaron alrededor de su silla, mientras con la otra mano claramente se masturbaba. Con la fricción, los calzoncillos se habían bajado del todo y Paula podía apreciar la polla en todo su esplendor.

Mordiéndose los labios para evitar ser escuchada se siguió tocando, con la visión en HD de ese miembro tan preparado justo en frente. Le estaba costando infinitamente contenerse y no alargar una mano para acompañarle en el masaje intensivo que se estaba dando. En el silencio que había en la habitación no le costó adivinar la respiración agitada del profesor, lo cual aceleró la suya aun más. Ya estaba tan cerca del clímax, que se le estaba haciendo realmente cuesta arriba no lanzar un gemido que hubiese sido bien audible en ese despacho. Justo cuando notaba que la tensión comenzaba a acumularse, algo cayó sobre el pene del profesor y lo ocultó a su vista. Y fue justo esto lo que la dejó fuera de control.

Lo que había caído no era otra cosa que el pañuelo que se había quitado antes de disponerse a dar rienda suelta a su imaginación.

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