El otro día estábamos en plena batalla campal. No por celos, no por dinero, no porque me haya olvidado de su cumpleaños. No.
Estábamos discutiendo sobre la manera correcta de limpiar el baño.
Que si yo no froto bien la ducha, que si él no seca los grifos, que si mis métodos “no son eficientes”, que si lo suyo es “limpiar a lo loco como si hubiera que desalojar la casa en cinco minutos”.
Y os juro que, en plena discusión sobre si la lejía es mejor que el vinagre blanco, me paré un segundo y pensé:
«Hostia, qué maravilla que este sea nuestro mayor problema.»
Yo no sé en qué momento mi relación pasó de discutir por cosas serias a discutir por si las migas en la encimera pueden considerarse «suciedad» o «evidencia de que alguien se ha comido la última galleta gourmet de El Corte Inglés».
Porque ahora nuestro mayor enfrentamiento no es por celos, ni por crisis existenciales, ni por diferencias de valores. No. Es por el puto mocho.
«Es que no friegas bien, dejas marcas.»
«Perdona, ¿pero tú has visto cómo dejas tú los cristales? Parece que les has pasado una patata por encima.»
«Al menos yo paso la aspiradora como Dios manda y no a lo loco como si estuvieras huyendo de un asesinato.»
Y así. Hasta que alguno se cansa y decide que el otro es un maniático de la limpieza y que esta batalla se gana con pasivo-agresividad y pruebas irrefutables.
«Ah, qué bien, así has dejado el espejo. No sé si es un espejo o un cuadro impresionista de Monet.»
Lo más bonito de todo esto, y esto lo digo en serio, es que hemos llegado a ese punto en la relación en el que no discutimos por absolutamente nada importante.
Ya no hay dramas, no hay desconfianzas, no hay crisis existenciales de pareja. Lo único que hay es una guerra fría por ver quién es más eficiente pasando el trapo del polvo.
Y claro, de vez en cuando pienso: joder, qué privilegio tan bonito es tener un amor así.

Un amor en el que mi mayor queja es que él no sabe doblar las toallas en modo hotel y su mayor queja es que yo no aclaro bien el estropajo.
Y ahí es cuando me doy cuenta de que si estas son nuestras peleas, tenemos una relación más sólida que el suelo del Mercadona.
Porque sí, habrá noches en las que nos tiremos media hora discutiendo sobre si los platos se lavan con agua caliente o con agua templada, pero al final siempre terminamos igual:
Riendo, haciendo las paces y durmiendo tranquilos porque, en el fondo, hemos ganado.
Ganado a todas esas mierdas de relaciones tóxicas donde el drama era el pan de cada día. Ganado a la ansiedad de discutir por cosas serias. Ganado a la mierda de los amores que restan en vez de sumar.
Así que sí, bienvenida sea la pelea del mocho, porque significa que estamos donde queremos estar.