Llevaba unos meses viviendo con mi novio cuando él me propuso poner cámaras en casa para ver a los gatos. Teníamos dos gatos ya mayores, eran de mi novio, vivían con él y con sus padres, pero cuando alquilamos el piso se los quiso traer, y yo encantada.

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Al principio me pareció hasta bonito que quisiera tener vigilados a sus gatos puesto que eran mayores, uno tenía ya muchos problemas de movilidad, y le daba miedo que les pasara algo sin estar nosotros en casa.

Me enseñó la aplicación en el móvil, los ángulos, los puntos exactos donde iba a colocarlas. Una enfocando al sofá, otra hacia el pasillo donde siempre dormía Luna. Me parecía tierno que le preocupara tanto. Yo no quise bajarme la aplicación, no lo vi necesario porque sabía que él iba a estar muy pendiente.

Durante los primeros días todo fue normal. Me mandaba capturas mientras yo estaba fuera, comentando que uno de los gatos estaba en mi sitio o que el otro llevaba horas sin moverse.

Nunca pensé que aquellas cámaras sirvieran para algo más que vigilar a los gatos. Hasta que empezaron a ocurrir cosas extrañas.

Una tarde vinieron mis amigas a casa. Abrimos una botella de vino, nos sentamos en el sofá y empezamos a hablar, como siempre. En algún momento, entre risas, hice un comentario sobre él. Nada especialmente grave, nada que no forme parte de cualquier conversación normal entre amigas. Una queja, alguna broma, cosas normales.

Aquella noche, cuando llegó, venía súper enfadado. Sin dar muchos rodeos me echó en cara cosas. Temas de los que yo había hablado esa misma tarde con mis amigas. Yo me quedé descolocada, buscando una explicación lógica. Pensé que quizá alguna de mis amigas le había dicho algo, o que me había cotilleado el móvil. Se me ocurrieron mis situaciones, menos lo que realmente estaba pasando.

Me disculpé, sin saber muy bien por qué me estaba disculpando, y lo dejamos pasar.

A partir de ahí, comenzó a repetirse. Comentarios que yo había hecho por teléfono con mi madre aparecían en conversaciones con él días después. Detalles que solo había compartido en privado se convertían en argumentos en medio de una discusión.

Yo empecé a desconfiar de todo el mundo: de mis amigas, de mi madre, hasta de mí misma.

Las cosas entre nosotros cada vez estaban peor. Se volvió celoso y controlador. Yo no entendía nada. Habíamos estado juntos varios años y nunca se había mostrado así, pero fue empezar a vivir juntos y parecía que todo se había torcido.

Pero entonces ocurrió algo que me hizo darme cuenta de la clase de persona con la que estaba conviviendo.

Estaba en casa, sola, hablando por teléfono con mi amiga y me quejé de que últimamente él estaba más irritable, más pendiente de todo, más celoso. Me desahogué con mi amiga, porque la tensión que yo sentía ya en esa casa no era normal.

Colgué. Me hice un café. Me senté en el sofá. A los diez minutos, me escribió.

“Si tan mal estás conmigo, ya sabes dónde está la puerta.”

Me quedé mirando el móvil sin entender nada. Sentí esa sensación incómoda en el estómago. Se me revolvió hasta el café que me estaba tomando. Algo dentro de mi me decía que me estaba espiando, pero… ¿cómo?

Miré alrededor. El salón en silencio. La casa en calma. Los gatos dormidos. Y entonces levanté la vista y lo vi claro. La cámara.

Me estaba escuchando. No podía ser de otra forma. Por eso se enteraba de todo lo que hablaba con mis amigas y me estaba montando esos numeritos de celos.

Me levanté despacio. Fui hasta la cámara que había colocado en la estantería del salón. Me quedé mirándola de cerca. Debía tener un micro. Él me dijo que las ponía para ver a los gatos, pero a mí en ningún momento se me pasó por la cabeza que también pudiera escuchar con ellas. Ahora, no sabía si las puso de verdad para sus gatos o para mí.

—¿En serio? —dije en voz alta, sabiendo perfectamente que podía verme y oírme.

Cogí el móvil. Abrí su chat. Y, sin pensarlo demasiado, escribí: “Esto no es normal.”

Lo leyó al instante. No respondió y ese silencio para mí fue la respuesta más clara que podía darme.

No discutimos ese día. Ni al siguiente. Ni hubo una gran escena de ruptura. Lo que hubo fue algo mucho más incómodo. Distancia, decepción y mucha, mucha, vergüenza ajena. Por supuesto, quitó las cámaras y no mencionó jamás el tema.

A las dos semanas, me volví a casa de mis padres.

 

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