Llevaba más de tres años con Carlos y la verdad es que la relación hacía aguas desde el principio. Me costó mucho dejarlo porque los dos teníamos dependencia emocional, pero la verdad es que estábamos en una relación tóxica y debíamos hacerlo. Pese a que él tampoco quería, entendió, o eso pensaba, que debíamos cortar. Pasaron los días y parecía que cada día estaba un poco mejor sin dejar de echarlo de menos ni un minuto.

Era consciente de que solo el tiempo iba a ayudarme, pero necesitaba contacto cero y así se lo expresé. Él decía que podíamos ser amigos, yo no le negué la amistad, aunque sí que le dije que no podía darse de manera tan reciente y que debía aceptar mis necesidades que ahora eran precisamente no tener ningún tipo de contacto. Pareció no entenderlo, pero dijo aceptarlo.

A los días, estaba yo durmiendo cuando de repente escuché que alguien me llamaba. Pensé que estaba soñando, no entendía de dónde venían esos gritos aclamando mi nombre. Me levanté de la cama y fui hacia el comedor que daba a la calle. De repente, escuché a alguien cantar nuestra canción y a unos vecinos gritando que querían dormir, que por favor se fuera. Salí al balcón y lo vi ahí, borracho, cantando. Me decía que no se iría hasta que bajase a hablar con él, pero yo me negué a salir de casa. Le pedí que se fuera y finalmente lo hizo, no sin antes haberme hecho pasar uno de los momentos más vergonzosos que recuerdo.

Al día siguiente, sentía que mis vecinos me miraban más de lo normal y que cuchicheaban entre ellos. Me moría de vergüenza y sentía que mi intimidad estaba en boca de todo el barrio, ya que mis relaciones interpersonales forman parte de mi privacidad. 

Hablé con Carlos muy seriamente, ahora lo recuerdo como una anécdota más, pues ya han pasado años de todo aquello, pero en ese momento recuerdo haber pasado un mal trago. ¿Cuántas veces hemos romantizado estas historias como si fueran historias de amor bonitas? ¿En cuántas películas románticas habíamos visto algo parecido? Muchísimas veces lo habíamos percibido de esta forma, pero no era bonito, ni mucho menos romántico, se trataba de alguien desesperado que no aceptaba un no por respuesta y que no era capaz de poner por delante el respeto hacia la otra persona, el hecho de respetar el espacio que se le está pidiendo y no agobiar. Carlos, desde su egoísmo, había decidido recuperarme sin tener en cuenta lo que yo le había pedido, y en su desesperación pensó que venir a cantarme debajo de mi casa, cuál tunero, era una buena idea.

 

Mis amigas se rieron durante tiempo con esta historia, pero realmente a mí me hizo ver a Carlos de otra manera y rompió cualquier atisbo de arrepentimiento por haberlo dejado que aún me podía quedar. 

 

Después de esa noche y de la conversación que tuvimos al día siguiente, fue dejándome de escribir poco a poco. Supongo que él también sintió un poco esa vergüenza y fue superando el síndrome de abstinencia a base de negativas por mi parte.

A pesar de que recuerdo ese día con mucho bochorno, sé que aprendí algo muy importante, que los gestos de amor solo significan que realmente nos quieren cuando son bonitos para las dos personas. Si una persona pide espacio, el querer recuperarla de todas las maneras posibles no simboliza amor sino desesperación.

 

Anónimo

Envía tus movidas a [email protected]