Hola  chicas. Vengo a soltar un lastre que me ha pesado más que una hipoteca a tipo fijo. La semana pasada, con 31 años recién cumplidos y una crisis existencial de regalo, dejé de ser virgen. Sí, a los 31. Ese número que parece que marca el límite para que la sociedad te considere una mujer funcional o una tía defectuosa.

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Durante años ser virgen a esta edad fue mi secreto más oscuro. Me sentía como si llevara un cartel luminoso en la frente que ponía: «Cuidado, mercancía caducada». Vivía con una presión interna asfixiante. Pensaba que, después de haber esperado tanto, el momento de «la entrega» (atención a los términos que nos meten en la cabeza, como si nos estuviéramos donando a una ONG) tenía que ser algo trascendental. Esperaba una revelación mística, un cambio en mi ADN, algo que me hiciera sentir que por fin pertenecía al mundo de las adultas.

Me imaginaba algo estilo Titanic: velas, música de cámara, sábanas de seda y un hombre mirándome como si fuera la octava maravilla del mundo. Me daba pánico que me doliera como un parto o que el tío saliera corriendo en plan «¿31 años? ¡Llamad a un exorcista!».

¿La realidad? Fue de lo más mundano, terrenal y… benditamente normal.

Estábamos en su salón. Cenamos una pizza que estaba ya un poco fría y pusimos una serie en Netflix que ni estábamos viendo. No hubo preámbulos de película, ni pétalos de rosa sobre el edredón de Ikea. Hubo muchas risas tontas porque no sabíamos cómo ponernos, algún rodillazo donde no debía y varias posturas torpes, pero es que ser torpe es algo que me caracteriza.

Y cuando pasó… me quedé mirando al techo y pensé: «¿Ya está? ¿Por esto he estado yo amargándome la vida quince años?».

No me salieron alas, ni mi cara cambió, ni de repente se me desbloqueó el conocimiento universal de la sexualidad. Seguía siendo yo, la misma de siempre, solo que un poco más sudada y con una sensación extraña de alivio. Lo que más me impactó fue darme cuenta de que el 90% del drama estaba solo en mi cabeza. Se lo conté a él antes de empezar, con el corazón que me iba a mil, y el tío me soltó un: «Ah, vale, pues vamos con calma y me vas diciendo si te gusta».

Mi consejo para las que estáis en la misma situación:

  • Dejad de mirar el reloj: El arroz no se pasa porque el sexo no es una fecha de caducidad, es un lenguaje. Y aprender a hablarlo a los 31 es igual de válido que hacerlo a los 18.

  • Bajad el listón de la trascendencia: No tiene por qué ser el día más importante de tu vida. De hecho, lo más probable es que sea el más torpe. Y no pasa nada. La primera vez es solo el trámite para llegar a las siguientes, que son las que de verdad molan. Ahora ya puedo decirlo jeje

  • No eres defectuosa: No te falta una pieza, ni eres menos mujer. Simplemente tu historia ha tenido otros tiempos. No le debes explicaciones a nadie, ni tu valor como persona reside en lo que has hecho o dejado de hacer entre las sábanas.

  • Busca a alguien que te trate como a una persona, no como a un trofeo o un bicho raro: Si le dices que eres virgen y reacciona de forma extraña, ahí tienes la señal para salir corriendo. El indicado será el que le quite importancia al hecho y se la dé a ti.

Al final la vida sigue exactamente igual al día siguiente. Desayunas lo mismo, vas al curro igual y tus amigas te ven igual. Lo único que cambia es que ese fantasma que te perseguía se ha esfumado. El sexo es maravilloso, sí, pero lo que de verdad me ha hecho «trascender» no ha sido el acto en sí, sino el perdonarme a mí misma por haber tardado tanto y darme cuenta de que nunca fue tarde.

Tardía pero segura

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