Está claro que cada grupo de amigos es diferente, cada uno con sus reglas no escritas, y que eso es lo que los hace especiales. Yo no cambiaría las mías por nada del mundo, con nuestras cositas, como en todas las casas, pero funcionamos bien. Sin embargo, llevo desde las navidades pasadas esta afirmación grabada en la cabeza: “poco se habla”.
Todos los años, mis amigas y yo nos autorregalamos un día en navidades; es nuestro amigo invisible. Buscamos un plan chulo, un poco especial, sin mirar el presupuesto, y no fallamos ninguna. El año pasado, fuimos a un curso de cocina con barra libre. Comimos y bebimos como cosacas y, después del llenazo, nos fuimos a una terraza a 2 grados bajo cero para pasar a los gintonics. Hicimos nuestro típico juego de regalos, acompañamos a una del grupo a echar la primera pota de la tarde y le dimos a otra su cesta de recién nacido porque estaba a días de parir.Ella, espectadora de toda la escena sin haber ingerido una gota de alcohol, debería ser la que contara la escena desde fuera, porque tenía que ser, cuando menos, llamativa.
Bien, yo siempre he presumido de que a mí, mis amigas, me han ahorrado muchos euros en terapia. Siempre nos hemos contado las cosas sin filtros, nos hemos desahogado y aconsejado, y aunque cada vez pienso más que ir al psicólogo es una gran inversión, me pasa como con el fisio, que sale caro, así que intento ir surfeando los vaivenes de la vida sustituyendo los masajes por mi marido frotándome Trombocid y las sesiones de terapia por cafés con mis amigas. Ese día surgió el tema de recuperar la vida después de la maternidad, muchas veces monotema, pero es que nos afecta a todas.
Recuperar la vida y la vida en pareja. Nosotras somos muy gráficas y muy exageradas, así que, en tono de chiste, empezamos a contarnos vivencias; una explicaba cómo tres años después de la segunda maternidad, había empezado a recuperar la chispa con su marido, otra, que si por ella fuera, gastaría el doble en condones, pero que su novio es bastante cómodo el muchacho, y yo me confesé contando cómo a veces prefería el orgasmo en solitario que el acompañado. «Ah, bueno, es que ese es otro melón.» sentenció una de mis amigas. No, queridas, otro melón no, que este melón ya lo hemos catado todas. Y aquí vino un momento crucial para mi.
Generalmente, después de estas dos situaciones, cuando, al desahogarme yo, he descubierto que mis amigas ya habían pasado por situaciones y emociones similares, cosa que, de haber conocido antes, me hubiera ahorrado algún que otro quebradero de cabeza. Como el día que tuve que ducharme, duchar a mi bebé y lavar toda la ropa porque olía a mi suegra. Yo, buscando el número de un terapeuta, lo escribo en un grupo de WhatsApp y me contestan que eso no es nada, que ellas han llegado a dormir con las ventanas abiertas para ventilar ese olor. ¡Coño, habérmelo contado! Que así si me pasa no hubiera creído que, más allá de las hormonas, se me había soltado algún cable en la cabeza. ¡El olor a suegra existe!
Y últimamente me he sentido así en numerosas ocasiones, custodiando y no dudando en abrir la tapa de la Caja de Pandora. Inicio conversaciones que destapan confesiones en amigas cercanas que cuentan haber sentido lo mismo. ¿Y entonces, por qué si eso pasó hace meses yo no conocía que se hubieran sentido así?
Otra amiga me llegó a explicar cómo temía y casi daba por hecho caer en depresión posparto porque lo había pasado muy mal durante su embarazo. Pero solo me lo contó cuando yo, embarazada de cuatro meses por segunda vez, le dije que esta vez todo estaba siendo muy diferente.
¿Entonces qué? ¿Es falta de confianza? ¿Vergüenza? ¿Miedo a sentirnos juzgadas? ¿Tan bobas somos que creemos que a nadie más le ha pasado eso? Y bueno, que aunque no le haya pasado, aquí todas tenemos nuestros traumitas, y creo que a estas alturas, nos conocemos bien y lo tenemos asumido.
Así que después de aquel “poco se habla”, me he autoencomendado otra misión en la vida. Intento siempre estar disponible, escuchar, no juzgar, ser las orejas que pueden escuchar cualquier cosa, porque los males hay que sacarlos, que si no se hacen bola. Os pido, amigas, que contéis lo que os pasa, que déis luz a lo que le pasa también a vuestra colegui de al lado. Os pido que no endulcéis ni quitéis importancia a lo que sentimos. Que no nos vayamos a creer que estamos majaras. Os pido que habléis, y que no sea poco.
