Imagino que a estas alturas todas tenemos en nuestra biografía un GOLONDRINO que nos volvió locas.

Entiéndase ‘chico golondrino’ como el que va y viene pero siempre te deja seco el chumino.


El tipo de chico que jamás presentarías a tu familia y preferirías esconder de tus amigas, pero con el que te pasarías cuatro días seguidos sin salir de la cama. Y quien dice cuatro días dice una semana.

Pablo era el típico sinvergüenza irreverente que estaba cinco días sin dar señales de vida y luego te decía en la barra del bar que se moría por follarte y que por favor os fueseis a casa. Y os ibais. Porque casualmente tú, también te morías de ganas. El que te masturbaba en el taxi de camino y justo antes de metértela en el portal paraba un momento, te miraba fijamente sonriendo de lado y te decía “pídemelo”.

Creo que todas tendríamos que meter a un Pablo en nuestra cama al menos una vez en la vida. Durante poco tiempo a ser posible. Pero merece la pena. Buen amante y generoso contra cualquier superficie.

Alguien que te dé un morbo inexplicable y sólo con mirarlo te ponga cachonda. Alguien que sea capaz de follarte en cada descansillo hasta tu planta y te haga olvidar que en cualquier momento pueda salir de casa un vecino y pillaros. Alguien con el que puedas pasarte dos días sin salir de la cama excepto para ir al baño y abrir la puerta al repartidor de comida.


Nos veíamos cuando cuadraba y luego nos pasábamos días sin saber nada el uno del otro. Los mensajes de cortesía no existían. A parte de buen amante, Pablo era caprichoso, egocéntrico y egoísta en todo lo que no fuese el sexo. Obsesivo. Si un viernes a las doce de la noche le apetecía llamar, llamaba. Y si no se lo cogía, insistía hasta que lo hacía o desconectaba el teléfono. Muy loco todo.

Una de esas noches que no le cogí el teléfono, me lo encontré poco más tarde en un pub de la mano de otra chica.

A los cinco minutos un mensaje al móvil “siento que te hayas enterado así, es mi ex, volvemos a estar juntos, pero no folla ni la mitad de bien que tú; si quieres, la dejo en casa y te recojo”

Y así, Pablo, cayó del pedestal de Dios de Sexo al suelo embarrado de los mortales, pero igual que hay canciones que te devuelven a los diecisiete y estribillos que te sacarán una sonrisa siempre, también hay lugares y olores que te sacudirán de arriba abajo cada vez que los evoques.

Y al final de las escaleras de esa sidrería estará siempre el Golondrino apoyado en la barra mirándote con una sonrisa y agarrándote con fuerza el culo mientras te da un beso en el papo «porque él no morrea en público”

Y en el baño de aquella otra, te vas a morder el labio acordándote de la vez que se coló cuando tú estabas dentro y una señora mayor de las de peluquería y perlas, os pilló metiéndoos mano contra el lavabo y lo echó de allí amenazando con llamar a un camarero.

La calle aquella de Cimavilla, será siempre la calle en la que le dejabas en coche los sábados por la mañana, y en la que siempre le multaban por no poner el ticket de la hora. Te echaba invariablemente la culpa por liarlo y tú le tirabas un beso por el retrovisor.

El olor a porro de todas sus camisetas y las peticiones excéntricas después de follar. ¿El “cagondios tía cómo me dices eso?» con acento de Cuenca que te volvía loca…

 

La Vetusta bloguera