El otro día nos íbamos a pasar el día en familia al campo. Íbamos cargados con neveras, sillas plegables y hasta una lona para montarla entre dos árboles y cobijarnos del sol. Porque pegaba el Lorenzo, pero bien. Era uno de esos días de primavera que, después de meses de mal tiempo y lluvia, de repente se despejó el cielo y había treinta grados.
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Pues ya en el coche me doy cuenta de que mi hijo mayor llevaba una gorra puesta, pero se me había olvidado coger un gorrito para el pequeño. Se lo comento a mi marido y me dice que no me preocupe, que sube él a casa en un momento.
Le digo “coge el gorrito rojo que está en el cajón de su cómoda”. A los dos minutos aparece mi marido, súper orgulloso de haber encontrado lo que buscaba en tiempo récord.
Pues resulta que traía en las manos el gorro rojo… pero ¡DE LANA! Perfecto para un día soleado.

Claro, cómo había estado haciendo frío hasta antes de ayer, pues tenía yo a mano los gorritos y las bufandas de lana. Y él lo vio en la entrada y ese cogió. Su excusa: que yo le había dicho el gorro rojo.
Otro día, de esos que hace mucho calor a medio día, pero luego refresca, se lleva al mayor a un cumpleaños. Cuando me doy cuenta, veo en casa la sudadera y la chaqueta. Se lo había llevado en manga corta a saltar y jugar en un parque de bolas, sin pensar que luego salen sudando y de camino a casa cogen frío. Así luego se me ponen los niños malos…
¿Son así todos los padres? ¿O estas cosas sólo las hace mi marido? Porque lo de llevarse a los niños al parque sin abrigo es más que habitual. O sin una botella de agua, o sin echarles crema cuando van a estar a pleno sol. Siempre tengo que estar yo pendiente de esas cosas.
La carga mental que soportamos las madres no va con ellos. Y por mucho que hagan, por muy padres comprometidos y entregados que sean, hay cosas que no piensan, que no están en su ADN.
¡Qué envidia me dan sus cerebros que no son sobrepensantes y no tienen problemas! En su cabeza debe sonar siempre de fondo la canción aquella de Don’t Worry, Be Happy. O un mono con dos platillos, como Homer Simpson.

Cuando viste él a los niños, tiemblo. Que ya no le pido que me los lleve conjuntados e impecables, pero tampoco que les pongas un pantalón de chándal con pelo por dentro cuando fuera hay veinticinco grados, que se me cuecen las criaturas.
Al mayor lo llevó un día a la escuela infantil en pijama. Y no, no fue que le diera pereza cambiarlo: lo vistió convencido de que aquello era un chándal. Un conjunto perfectamente “de calle”, según él. Lo dejó en el cole y no fue hasta las cuatro de la tarde, cuando lo recogí yo, que descubrí la realidad: el niño llevaba puesto un pijama.
Su defensa fue que “parecía un chándal”. Claro. Un pijama de ositos dormidos sobre lunas, el tejido descolorido de tantos lavados y lleno de pelotillas, puede parecer perfectamente un chándal.
Hace unos días vi a un nene que llevaba un pantalón de Spiderman, una camiseta de dinosaurios y una gorra de la patrulla canina. Pues pensé “a ese niño lo ha vestido el padre”.

Porque son combinaciones que haría mi marido. Me hace mucha gracia cuando piensa que vistiendo al niño de una misma temática, ya va bien. Dinosaurios con dinosaurios, por ejemplo. Pero es que le pone un pantalón azul estampado de dinosaurios, con una sudadera roja también con muchos, muchísimos dinosaurios. Que miras al niño y hace daño a la vista.
Y él tan tranquilo. Porque para ellos, si el niño va vestido, ya está. Objetivo cumplido.
¿Tanto cuesta ponerle al crío un pantalón liso con una sudadera estampada de lo que sea, de cualquier temática? O al contrario: pantalón estampado con sudadera lisa, y listo.
Eso si, luego convino yo Marvel con D.C. y a él le sangran los ojos. Que no se me ocurra ponerle al niño un pantalón con el logo de Batman, con una camiseta de Spiderman, que eso es un atentado contra la memoria de Stan Lee.
Yo tengo dos niños, pero es que no me quiero ni imaginar a los padres de niñas para vestirlas. Con tantos lazos, complementos, tutús… eso tiene que ser digno de ver.
Pero, pese a todo, hay algo entrañable en todo esto. Porque detrás de cada gorro de lana en pleno verano, de cada pijama confundido con chándal, de cada combinación imposible, hay un padre que está intentando hacerlo bien. A su manera, sí. Con errores que a veces te dan ganas de llorar, o de reír, o ambas cosas a la vez, pero con la mejor intención del mundo.
Y al final, de eso va un poco la crianza compartida: de aceptar que no todo se hará como tú quieres. Las madres también debemos de aprender a delegar y a no ser tan rígidas.
Que habrá días en los que tu hijo parezca sacado de un catálogo de El Corte Inglés… y otros en los que parezca que lo ha vestido un daltónico con prisa.