Tengo un serio problema con los pantalones. Concretamente, con los pantalones de pijama. Yo veo a las mujeres con unos pijamas monísimos de cuadros vichy y estampados preciosos, de telas suaves y dulces como el algodón, aterciopelados y calentitos, y me dan una envidia que me muero. ¿Por qué para mí ponerme un pantalón de pijama, aunque solo sea para estar por casa, es misión imposible?
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Yo lo intento, en serio, pero es que me pongo de una mala leche que no puedo aguantarlo. Me siento en el sofá con ese bellísimo pijama que me han traído los Reyes, tan calentito y adorable que me dan ganas de abrazarme a mí misma y darme mimos —porque, seamos sinceras, si una no se mima, aquí no viene nadie—, y una vez sentada ese pantalón aterciopelado y suave se convierte en una maldición.
Empieza a enroscarse en mis piernas, las costuras se me clavan en mi bella ostra, las gomas de los tobillos trepan por mis peludas piernas invernales y acabo hecha una especie de canelón desgreñado, enfadado y relleno de odio pijamil. No lo soporto.
Así que lo que hago es fácil: quitarme el pantalón. ¡Y eso solo por sentarme en el sofá! Así que ponerme en la cama con pantalón está descartadísimo: duermo con el culo al aire. Ventilación natural, que dirían en las casas bioclimáticas.
Entonces llega la segunda batalla: la camiseta. Suave, esponjosa, que huele a flores de lo limpita que está. Ella, tan bonita con su estampado de corazones, delicada como el culito de un bebé, que hasta el momento se había comportado y se había quedado quietecita en su sitio, se alía con el pantalón desahuciado. Traición textil.
Se me suben las mangas hasta los codos, se enrolla en mis michelines y aprieta mis tetas, que se quejan por no tener libertad de movimientos. Y mis tetas, amigas, cuando protestan, protestan con asamblea y pancartas.
Es aquí cuando pongo en práctica mi segundo round: me quito la camiseta. Y sí, acabo durmiendo como Dios me trajo al mundo, pero libre de movimientos, sin ser prisionera de una serpiente constrictora que me aprieta, se me clava y no me deja descansar en paz. Dormir desnuda no es una indecencia: es una necesidad biomecánica.
¿Pues vaya problema, chica?, diréis. A ver, realmente no es el problemón más enorme que sucede en el mundo, obviamente, pero sí es un problema cuando paso las noches fuera de casa con amigos y amigas, porque andar desnuda tampoco es que sea del agrado de todos. Hay gente que no está preparada para tanta libertad anatómica.
Así que me he declarado MUJER DE LA ÉPOCA VICTORIANA. ¡Lo que yo quiero es dormir en camisón! Esos camisones de algodón que están medio transparentes del uso que les das. Esos que te los pones y es como no llevar nada encima, pero que te tapan por debajo de las rodillas y dejan ver la pelambrera invernal que todas nos dejamos (¡no mintáis, bellacas!), pero que no te atacan ni se enrollan cual boa en tu cuerpo para que mueras estrangulada o, peor, que se te gangrene el pie por la presión de la tela. Una quiere dormir, no participar en una lucha cuerpo a cuerpo CONTRA tu pijama.
Quiero, no: ¡EXIJO! Camisones. Me da igual que parezca una abuela de principios de siglo. Quiero poder levantarme del sofá sin ir por casa enseñando el culo, porque en serio que no hace falta. Que en casa todos nos hemos visto los defectos, sí, pero que mamá se vaya a sentar a la mesa con el parrús al aire pues no es muy de mamá educada… aunque a veces el parrús también quiera opinar.
El tema que me joroba es que todos los camisones que veo o encuentro son de manga corta. ¡Que de manga corta ya tengo! Yo quiero unos camisones de manga larga para las largas noches de invierno, que sean fáciles de quitar cuando me dan las putillas menopáusicas (sofocos, los sofocos; en casa les llamamos putillas), esas que te suben desde abajo y gritas:
—¡Que viene! ¡Que viene!
Y tienes que desnudarte rápidamente mientras te abanicas con cualquier cosa que tengas al alcance de la mano, aunque sea el perro que duerme en el sofá, que ya está acostumbrado a ver más espectáculo del que esperaba cuando lo adoptamos.
Porque luego, cuando la putilla se ha ido y tú estás ya chorreando de sudor, te entra un frío que te cagas y vuelves a taparte. Eso, amigas, con un pijama NO LO PUEDES HACER. Es así. Un hecho comprobado científicamente en el laboratorio de mi dormitorio.
Así que dadme consejos para encontrar esos camisones de manga larga que hacen que parezcas Froilán María en Sonrisas y lágrimas, porque ya luego solo me faltará el candil para desplazarme por mi casa cual Jane Eyre en Thornfield Hall buscando a mi señor Rochester.
El recogido ya lo llevo, que con el pelo largo me hago una trenza para no tentar a la suerte y que mi pelo se posicione con el pijama y les ayude a matarme mientras duermo. Porque lo tengo clarísimo: si un día amanezco estrangulada, no habrá sido un crimen pasional. Habrá sido mi pijama.
Parvaty